La lluvia helada de Moscú caía en diagonal sobre el parabrisas del sedán negro que habíamos tomado tras huir del Teatro Bolshói. Las alarmas de las agencias de noticias internacionales ya estaban explotando con la noticia de la detención de Viktor Volkov, pero Dante y yo sabíamos que un depredador enjaulado sigue siendo peligroso si sus conexiones siguen operativas.
—Pavel no responderá por los canales habituales —dijo Dante mientras conducía con una sola mano por las avenidas casi desiertas del distrito industrial de Sokolniki. Su rostro estaba iluminado únicamente por la luz tenue del cuadro de mandos—. Sabe que tras el colapso en la gala, él es el siguiente en la lista de cabos sueltos.
—No intentará huir del país todavía —respondí, revisando la señal del rastreador que había insertado discretamente en el teléfono satelital que Pavel nos vendió en Izmaylovo—. Un hombre como él tiene su capital real escondido en un servidor físico. No dejará Moscú sin su respaldo de datos.
El rastreador nos llevó a una antigua estación de bombeo a orillas del río Yauza. El edificio de ladrillo rojo parecía abandonado desde los años noventa, pero las líneas de fibra óptica clandestinas que entraban por el tejado delataban el verdadero uso del lugar.
Dante apagó las luces del coche a cien metros de la entrada. La adrenalina de la noche anterior había mutado en una concentración fría y precisa.
—Entramos, aseguramos la clave de cancelación del servidor de la mansión y cerramos la cuenta con Pavel —dijo Dante, desenfundando su pistola y comprobando el silenciador.
—Sin prisa, Dante —murmuré, tomando su mano un segundo antes de abrir la puerta—. Pavel nos vendió por diez millones de rublos. Hoy sabrá lo que cuesta traicionar a la familia.
Forzamos la entrada lateral de la estación de bombeo. El interior retumbaba con el zumbido constante de los sistemas de refrigeración de varios servidores apilados entre estructuras metálicas oxidadas.
En el centro de la sala, frente a tres monitores táctiles, Pavel armaba apresuradamente una maleta blindada con discos duros. Tenía un abrigo pesado puesto y un arma sobre la mesa.
—Llegas tarde para la liquidación, Pavel —dijo la voz de Dante, emergiendo de la penumbra con el arma apuntando directamente a la cabeza del corredor de información.
Pavel se congeló en el sitio. Lentamente, levantó las manos, dejando caer el disco duro que sostenía. Su único ojo sano se movió entre Dante y yo con pánico contenido.
—Dante... Elena... —dijo Pavel con la voz carrasposa, intentando esbozar una sonrisa conciliadora—. Lo de Izmaylovo fue solo negocios. Viktor me ofreció una cifra que no podía rechazar. Saben cómo funciona este mundo.
—En este mundo la lealtad se paga con lealtad, Pavel —dije, caminando hacia el escritorio y tomando el disco duro maestro—. Y la traición se liquida con pérdidas absolutas.
—¡Les puedo dar la clave de anulación de la mansión! —exclamó Pavel, dando un paso atrás hasta chocar contra la pila de servidores—. Viktor activó el protocolo de autodestrucción de archivos en la sede central tan pronto como lo arrestaron. Si no ingresan el código manual en los próximos cuarenta minutos, la base de datos completa de la red Volkov se borrará y no tendrán pruebas para quedarse con el control de las empresas.
—Danos el código —exigió Dante, acortando la distancia hasta quedar a un metro de él.
Pavel tecleó una secuencia de doce dígitos en la pantalla principal. Un indicador verde confirmó la transferencia del acceso de seguridad a mi teléfono satelital.
—Ahí lo tienen —dijo Pavel, respirando con dificultad—. Ahora déjenme ir. Tengo un vuelo a Dubái en dos horas.
Mire a Dante. El mensaje tácito entre nosotros no necesitaba palabras. Un traidor que vendió a Viktor volvería a vender a quien estuviera dispuesto a pagar mañana.
—Tu vuelo acaba de ser cancelado, Pavel —dijo Dante con frialdad.
Un único disparo con silenciador resonó en la estructura de concreto. Pavel cayó al suelo sin emitir un solo sonido más.
Tomé el teléfono con la clave de anulación y miré a Dante. El temporizador corría: nos quedaban menos de cuarenta minutos para llegar a la mansión Volkov en Rublyovka, desactivar el borrado del servidor central y reclamar el control definitivo del imperio antes de que los leales a mi padre destruyeran todo desde adentro.
—La casa de mi infancia nos espera, Dante —dije, guardando el dispositivo.
—Terminemos esto de una vez por todas —respondió él, abriéndome la puerta hacia la noche moscovita.
Editado: 30.08.2026