El eco de la voz de mi padre aún flotaba en el despacho de caoba cuando el ventanal que daba al jardín trasero saltó en mil pedazos. El aire helado de Rublyovka irrumpió en la habitación junto con el sonido ensordecedor de ráfagas automáticas.
Marco Moretti no había esperado a la frontera sur. Había estado agazapado en las sombras de la finca, esperando que hiciéramos el trabajo sucio de desactivar los servidores para cobrar su última venganza.
—¡Elena, al suelo! —gritó Dante, arrastrándome tras el pesado escritorio de madera mientras las balas destrozaban la estantería de libros de contabilidad y las pantallas que acabábamos de liberar.
De entre la niebla y el humo de los cristales rotos emergió la silueta de Marco. Venía armado con un fusil de asalto, su rostro desfigurado contraído en una mueca de locura absoluta. Tras él, tres mercenarios de la vieja guardia avanzaban disparando sin contemplaciones.
—¡Pensaban que se quedarían con los puertos y con la red! —rugió Marco por encima del estruendo—. ¡Tú me quitaste mi lugar en la familia, Dante! ¡Y tú, contadora, eres el trofeo que no te voy a dejar disfrutar!
Dante salió de la cobertura rodando sobre el suelo de mármol. Respondió al fuego con una precisión quirúrgica, abatiendo a los dos primeros mercenarios antes de que pudieran buscar refugio. La fuerza del impacto de los disparos de Marco lo obligó a parapetarse tras las columnas del balcón interior.
—¡Marco! —grité, saliendo por el flanco izquierdo con la Beretta en alto—. ¡La red Volkov ya no existe! ¡Si matas a Dante no te queda nada que cobrar, solo a las fuerzas del FSB que vienen en camino!
Marco giró el cañón hacia mí con una risa demencial.
—¡No me importa el dinero, Elena! ¡Solo quiero ver arder la herencia de los Volkov y a los Moretti juntos!
En el segundo en que Marco apretó el gatillo hacia mi posición, Dante se lanzó directamente sobre él, desviando el cañón hacia el techo. El disparo perdido hizo colapsar el candelabro de cristal sobre el centro de la sala.
Los dos hermanos se enredaron en un combate brutal entre los escombros. Marco, cegado por el odio, utilizaba su fuerza desmedida para golpear la herida del costado de Dante, mientras Dante luchaba por desarmar el detonador secundario que Marco llevaba amarrado al chaleco táctico.
—¡Dante, el chaleco tiene carga C4! —advertí, intentando buscar un ángulo limpio de disparo sin arriesgar la vida de Dante.
—¡No vas a salir de esta, hermano! —gritó Marco, buscando con la mano libre el percutor manual.
Dante me miró por una fracción de segundo. En sus ojos no había miedo, solo la fría determinación del hombre que había decidido dar la vida por nuestra sociedad.
—El saldo se cierra hoy, Marco —dijo Dante con la voz entrecortada.
Con un movimiento magistral de combate cuerpo a cuerpo, Dante logró meter la mano en el mecanismo del arma de Marco, bloqueando el percutor al tiempo que usaba su propia daga táctica para atravesar el espacio entre las placas del chaleco de su hermano.
Marco se congeló. El fusil cayó de sus manos y el detonador quedó inerte.
Dante empujó el cuerpo sin vida de su hermano a un lado y se apoyó contra la pared, respirando con dificultad mientras la sangre brotaba nuevamente de sus heridas.
Corrí hacia él, arrodillándome a su lado y presionando el vendaje con mis manos.
—Dante... quédate conmigo —le supliqué, sintiendo por primera vez en toda esta guerra que el control se me escapaba de las manos.
Dante me tomó la barbilla con sus dedos manchados de hollín y sangre, forzándome a mirarlo. Esbozó una pequeña sonrisa desgastada.
—Te dije... que no dejaría que te quitaran el imperio, jefa —susurró, acariciando mi mejilla con el pulgar—. La auditoría terminó. Los enemigos están liquidados.
A lo lejos, las sirenas de la policía federal y los helicópteros del FSB comenzaban a cercar la propiedad. Habíamos ganado la guerra interna, pero la ciudad entera reclamaba respuestas.
—Nos vamos de aquí —dije con firmeza, ayudándolo a ponerse de pie y apoyando su brazo sobre mis hombros—. El imperio Volkov renace hoy, pero esta vez nosotros escribimos los libros de contabilidad.
Salimos del despacho destruido hacia los pasajes subterráneos de la mansión, dejando atrás los cadáveres del pasado para tomar el vuelo privado que nos llevaría a la vida que habíamos conquistado con sangre.
Editado: 30.08.2026