Herencia de Sangre: El Trono del Caos

Epílogo: Saldo a favor

seis meses después.

Zúrich, Suiza.

​El viento helado de los Alpes suizos acariciaba el ventanal del pent-house con la misma frialdad que la nieve de Moscú, pero dentro de la estancia el ambiente era cálido, perfumado con maderas nobles y café recién colado. Frente a mí, sobre la mesa de cristal, descansaba la terminal donde el balance global del nuevo conglomerado mostraba una cifra limpia, ordenada y, sobre todo, intocable.

​Habíamos dejado atrás las sombras del FSB, las guerras de guerrillas en las calles moscovitas y los nombres que alguna vez nos ataron. Viktor Volkov pasaría el resto de sus días en una celda de máxima seguridad en Siberia, privado del dinero y la influencia que alguna vez creyó eternos. El imperio no había caído; simplemente había cambiado de dirección ejecutiva.

​Sentí unos brazos firmes rodear mi cintura desde atrás. Dante apoyó su mentón en mi hombro, dejando un beso suave en el nacimiento de mi cuello. Su piel olía a jabón neutro y al perfume costoso que le había regalado en Ginebra. La cicatriz de su costado aún era visible, pero sus movimientos ya no denotaban el dolor de las heridas de guerra.

​—¿El balance del trimestre da ganancias, jefa? —murmuró cerca de mi oído, su voz ronca produciendo ese cosquilleo familiar que me recorría la espina dorsal.

​—Números verdes en todas las rutas de distribución —respondí, girándome entre sus brazos para entrelazar mis manos en su nuca—. Sin interceptores, sin extorsiones y con un consejo de administración que responde únicamente a nuestras órdenes.

​—Parece que la contadora hizo milagros con los activos tóxicos —sonrió Dante, esa sonrisa escasa y peligrosa que solo me reservaba a mí—. Aunque debo admitir que me hace falta la adrenalina de los túneles del metro.

​—A mí no —dije riendo levemente, antes de ponerme seria y mirarlo fijamente a los ojos—. Nos costó demasiado llegar a este punto de equilibrio, Dante. No pienso arriesgar la liquidez por un poco de aburrimiento.

​—Nunca dije que estuviera aburrido —contestó él, bajando la mirada hacia mis labios con una intensidad depredadora que hacía tiempo no era de odio, sino de pura posesión—. Solo me aseguraba de que recordaras quién es tu socio principal en esta firma.

​—Un socio con una deuda permanente —le recordé, acariciando la línea de su mandíbula.

​—Y pienso pagarla todas las noches, Elena —sentenció antes de capturar mis labios en un beso profundo, lento y cargado de una promesa de lealtad absoluta.

​Ya no éramos los peones de Viktor Volkov ni los fugitivos de una noche sangrienta en el río Moscova. Éramos Elena y Dante: los únicos que lograron auditar el infierno de la mafia rusa y salir de él con el control absoluto de sus vidas.

​El saldo de nuestra historia estaba, finalmente, a nuestro favor.




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