CANTINA DEL GAVILÁN DORADO – HABITACIÓN PRINCIPAL
La habitación principal de la cantina, decorada con cortinas rojas deslavadas y muebles antiguos, parece contener el peso de dos décadas de secretos. Afuera, la música de los mariachis y el bullicio de los clientes resuenan amortiguados, como si el mundo entero quedara suspendido al otro lado de esas paredes.
ZARELA, una mujer de mirada fuerte pero con el rostro marcado por los años y las decisiones, se pasea de un lado a otro. En su mano sostiene una copa de tequila a medio terminar.
ARMANDO, elegante y bien vestido, con esa postura altiva de quien siempre ha tenido el control, permanece sentado, observándola con frialdad. La tensión entre ambos es palpable.
ZARELA (con voz quebrada, pero decidida): Veinte años, Armando. ¡Veinte años escondiendo esta farsa! Me cansé de callar, me cansé de ser tu sombra... (lo mira directo a los ojos) Es hora de que hables. Es hora de que digas cuál de esas niñas que tanto presumes es la que yo parí.
ARMANDO (se reclina en la silla, cruzando los brazos, con un aire de superioridad): Baja la voz, Zarela. No olvides dónde estás. Esta cantina vive gracias a que yo cierro la boca, y tú también deberías hacerlo.
ZARELA (avanza hacia él, furiosa): ¡No me mandes a callar! ¿Sabes cuántas noches he pasado sola, con este secreto quemándome por dentro? ¿Sabes cuántas veces me pregunté si alguna de ellas me reconocería en la calle? ¡Si vería en mí algo más que a la cabaretera de su padre!
ARMANDO (con un dejo de burla): Ellas son señoritas de sociedad. ¡No tienen por qué cargar con tus pecados!
ZARELA (ríe con amargura): ¿Mis pecados? ¿O los tuyos, Armando? Porque fui yo la que pagó el precio de amarte en silencio, mientras tú jugabas a ser el hombre perfecto frente a tu esposa y frente a esas muchachitas. Pero te lo advierto: ya no pienso seguir callando. (se acerca aún más, casi tocando su rostro con el suyo)
—Dime la verdad... ¿Es Morelia? ¿O es Briseida? ¿Cuál de ellas es mi niña?
ARMANDO (se levanta de golpe, con un tono duro): ¡Ninguna! (la mira con desprecio)
—Ninguna de ellas puede ser hija de una mujer como tú.
¿Entiendes? ¡Una cabaretera jamás será digna de darles un apellido tan limpio como el mío!
ZARELA (sus ojos se llenan de lágrimas, pero su voz se vuelve más firme): No te atrevas a despreciarme, Armando. Porque sin mí, esta mentira que te construiste se desmorona. Yo sé la verdad, y puedo gritarla a los cuatro vientos si me lo propongo.
ARMANDO (da un paso hacia ella, amenazante): Si lo haces... te juro que vas a lamentarlo.
ZARELA (sin retroceder, con una sonrisa amarga): Ya lo lamenté veinte años, Armando. ¿Qué más me puedes quitar? ¿Mi dignidad? Esa me la robaste el día que me pediste que desapareciera de la vida de mi propia hija.
(se limpia una lágrima y lo mira con determinación)
—Así que escucha bien: esta noche... o lo dices tú, o lo digo yo.
HACIENDA LOS ÁLAMOS – SALÓN PRINCIPAL
El salón está adornado con candelabros antiguos, retratos familiares que parecen vigilar cada rincón y muebles de madera maciza que guardan el eco del pasado. Sobre una larga mesa de roble, MORGANA ordena flores y manteles con precisión militar, mientras ENEIDA coloca delicadamente unas plantas, temblando levemente con cada movimiento. Afuera, el viento mueve los árboles centenarios, como si el mismo paisaje supiera que algo se avecina.
MORGANA (sin mirarla, con voz firme): Enderézalas, Eneida. Esas flores están torcidas. ¿Acaso no puedes hacer nada bien?
ENEIDA (con una sonrisa tímida, tratando de no incomodarla): Perdón… pensé que así se veían más naturales.
MORGANA (girando bruscamente hacia ella, con mirada helada): La naturaleza no tiene cabida en esta casa. Todo debe ser perfecto para Morelia.
(se detiene un segundo, bajando el tono pero con un dejo de ironía)
—Al fin y al cabo, es la “joya” de esta familia.
ENEIDA (bajando la mirada, susurrando): Es su cumpleaños… merece un poco de alegría.
MORGANA (cruzando los brazos, observando la mesa con satisfacción): Alegría… Eso es lo único que nos queda por aparentar.
(se vuelve hacia su hermana y la examina con frialdad)
—Aunque tú nunca supiste aparentar nada, Eneida. Por eso cargas con ese pasado como una cadena.
ENEIDA (se estremece, pero intenta mantener la calma): No hables de lo que no entiendes.
MORGANA (sonríe con desdén): ¿No entender? Yo estuve aquí cuando todo se vino abajo. Yo vi cómo te convertiste en esta sombra temblorosa. Si hoy Morelia brilla, es porque yo me aseguré de que al menos una de nuestras sobrinas pareciera… perfecta.
La puerta se abre de golpe.
BRISEIDA, elegante pero con el rostro marcado por el resentimiento, entra sin disimular su disgusto. Camina con paso decidido, observando los preparativos con una mezcla de burla y amargura.
BRISEIDA (con voz cargada de veneno): Qué espectáculo tan conmovedor. Todo esto… ¿solo para celebrar a la “intocable” Morelia?
MORGANA (sin perder la compostura): Cierra la boca, Briseida. No voy a permitir que arruines este día.
BRISEIDA (acercándose a la mesa, jugando con una de las flores): ¿Arruinarlo? ¿Yo? No, tía. Yo solo vine a admirar cómo se vuelcan en complacer a la sobrina perfecta, mientras a mí me dan las sobras.
(la mira directo a los ojos)
—Porque claro… en esta familia siempre hay una reina… y una sombra.
ENEIDA (intentando calmarla): Briseida, por favor… no digas eso. Tú también eres importante para nosotras.
BRISEIDA (ríe con amargura): ¿Importante? No me hagan reír. Ni siquiera cuando respiro me miran igual que a ella. Morelia sonríe, y el mundo se detiene. Yo sonrío, y ustedes ni lo notan.
MORGANA (con voz cortante): Porque Morelia sabe comportarse como una verdadera Montes de Oca. Tú, en cambio, solo sabes envidiar.
BRISEIDA (da un golpe sobre la mesa, haciendo temblar las velas): ¡Porque nunca me dieron la oportunidad de ser otra cosa!