Herencia del Corazón

Capitulo 2

HACIENDA LOS ÁLAMOS – HABITACIÓN DE MORELIA

MORELIA permanece de pie frente al espejo, tocando con desesperación la rasgadura del vestido. Sus ojos están vidriosos, pero intenta contener las lágrimas. De pronto, la puerta se abre con brusquedad: MORGANA entra con su porte imponente, seguida por ENEIDA, que lleva en las manos una caja con adornos para la fiesta.

MORGANA (con voz autoritaria): ¿Qué demonios está pasando aquí? Escuché el escándalo desde el pasillo.

MORELIA (volteando con voz temblorosa): El vestido… ¡se rompió!

(señala a Briseida)

—Ella estaba ayudándome con la cremallera y… lo rasgó.

BRISEIDA (con un tono tranquilo, fingiendo inocencia): Fue un accidente, tía. Estos vestidos tan frágiles no soportan nada.

MORGANA (avanza con pasos firmes, fulminándola con la mirada): ¡Accidente, mis narices!

(señala la tela rasgada, examinándola)

—Esto no fue un descuido, Briseida. Esto es un arañazo hecho con saña.

(la encara, con la voz cargada de furia contenida)

—¿Hasta dónde piensas llegar para amargarle la vida a tu hermana?

BRISEIDA (sin retroceder, levantando el mentón): ¿Y acaso alguien se preocupa por amargar la mía? Todo aquí gira alrededor de Morelia. ¿Por qué habría de importarme su maldito vestido?

MORGANA (alzando la voz): ¡Porque es tu hermana, Briseida! Y porque en esta casa se respeta lo que yo ordeno. Hoy debía ser un día impecable y, como siempre, tú te empeñas en convertirlo en un circo.

ENEIDA, que hasta ahora se mantenía en silencio, deja la caja sobre la cama y da un paso al frente, interponiéndose entre Morgana y Briseida.

ENEIDA (con voz suave, pero firme): Basta, Morgana. No la humilles más.

MORGANA (girando hacia ella, molesta): ¿Humillarla? ¡Lo que esta niña necesita es mano dura!

(señala a Briseida)

—Desde que nació se ha empeñado en ser la piedra en el zapato de esta familia. Y tú, Eneida, siempre saliendo a defenderla como si fuera una pobre víctima.

ENEIDA (con una mirada que mezcla dolor y determinación): Porque detrás de toda esa rabia hay una niña herida, Morgana. ¿Acaso no lo ves? No todo en esta casa se arregla con gritos y castigos.

MORGANA (con desprecio): Tú hablas de heridas como si no supieras que esa actitud tuya solo la vuelve más débil. En esta familia se sobrevive siendo fuerte, no llorando por las esquinas.

ENEIDA (alzando la voz, algo inusual en ella): ¡No confundas fortaleza con crueldad!

(se acerca a Briseida y la toma suavemente del brazo)

—Briseida no necesita tu frialdad, Morgana. Necesita sentirse amada… aunque tú seas incapaz de darle eso.

MORELIA observa en silencio, con el vestido roto en las manos, sin saber si debe intervenir.

BRISEIDA, sorprendida por la defensa de Eneida, parpadea varias veces, como si no supiera cómo reaccionar. Finalmente, rompe el momento con una sonrisa amarga.

BRISEIDA (con voz quebrada, pero intentando sonar desafiante): Qué conmovedor, tía Eneida. Pero no se equivoquen. Yo no necesito amor de nadie.

(se suelta del agarre de Eneida y camina hacia la puerta)

—Sigan adorando a su princesa perfecta. Yo… ya encontraré mi propia forma de brillar.

BRISEIDA sale dando un portazo. El silencio que queda es espeso. MORELIA suelta finalmente unas lágrimas, y ENEIDA se acerca para abrazarla.

ENEIDA (susurrando, mientras acaricia el cabello de Morelia): No llores, mi niña. Este día sigue siendo tuyo, y yo me encargaré de que nada te lo arruine.

MORGANA (exhalando con frustración, pero recuperando su tono autoritario): Eneida, llévala a cambiarse. Yo mandaré a arreglar ese vestido… y a Briseida ya le llegará su momento.

(mirando por la ventana, con una mezcla de enojo y frialdad)

—En esta casa nadie juega con mi autoridad.

HACIENDA LOS ÁLAMOS – FUENTE CENTRAL (NOCHE)

La fiesta ya está en marcha dentro de la casa: risas, música y el tintinear de copas llenan el ambiente. Pero afuera, en el jardín iluminado por faroles antiguos, BRISEIDA se ha refugiado junto a la gran fuente de piedra que decora el centro de la hacienda. El agua cae en un murmullo constante, mezclándose con el sonido ahogado de sus sollozos.

BRISEIDA está sentada en el borde de la fuente, con el maquillaje ligeramente corrido por las lágrimas. Se abraza a sí misma, temblando entre rabia y dolor.

BRISEIDA (murmurando entre dientes, con voz rota): Siempre ella… siempre Morelia. Como si yo no existiera. Como si yo no tuviera derecho a nada.

(alza la mirada hacia el cielo, con furia).

—¡Maldita sea!

Se escucha el sonido de unos pasos firmes acercándose por el empedrado. Es LATRELL, un hombre de porte rudo pero elegante, vestido con traje oscuro. Es conocido en la hacienda como el hombre de confianza del padre de Briseida y Morelia, alguien respetado, pero siempre en segundo plano.

Latrell se detiene a unos metros, observando a Briseida con una mezcla de interés y cautela.

LATRELL (con voz grave, intentando sonar amable): No deberías estar aquí sola, señorita Briseida. Hace frío… y hoy deberías estar disfrutando de la fiesta.

BRISEIDA (sin mirarlo, secándose las lágrimas con brusquedad): ¿Y qué te importa a ti dónde estoy?

LATRELL (da un paso más cerca, con tono sereno): Me importa porque te ves… vulnerable. Y porque…

(hace una breve pausa, eligiendo bien sus palabras)

—Eres bonita. Muy bonita.

BRISEIDA se ríe de golpe, una risa cargada de ironía y desprecio. Finalmente gira el rostro hacia él, con los ojos todavía húmedos, pero ahora más fríos.

BRISEIDA (con burla): ¿Bonita? ¿Eso es lo mejor que se te ocurre decir?

(se levanta lentamente, acercándose a él con un aire desafiante)

—¿Crees que porque me lo diga el “gato” de mi papá voy a sentirme especial?

LATRELL (frunce ligeramente el ceño, manteniendo la compostura): No soy un gato, señorita. Soy alguien que vela por esta familia.




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