HACIENDA LOS ÁLAMOS – DESPACHO DE ARMANDO (DESPUÉS DE LA FIESTA)
La música y las risas han desaparecido. En la casa solo queda el eco del escándalo. El despacho de ARMANDO está iluminado tenuemente por una lámpara de escritorio, proyectando sombras alargadas sobre las paredes forradas de libros. MORGANA se mantiene de pie, con los brazos cruzados, fría como el mármol. ARMANDO camina de un lado a otro, furioso, mientras BRISEIDA se sienta en un sillón, con el rostro todavía marcado por la cachetada de Morgana pero con el mismo fuego en los ojos.
ARMANDO (con voz contenida, casi un rugido): ¿Sabes lo que hiciste esta noche? ¡Deshonraste nuestro nombre frente a toda la sociedad!
(se detiene frente a ella)
—¡Si yo no hubiera intervenido, habrías destruido lo que tanto me ha costado levantar!
BRISEIDA (alzando el mentón, desafiante): ¿Y qué más da? Al final todo esto es una farsa. Una familia perfecta… una heredera perfecta… ¡y yo condenada a vivir a su sombra!
MORGANA (con tono helado): Tú no vives a la sombra de nadie. Tú misma te hundes con tu envidia. Morelia no es tu enemiga, Briseida. ¡Tú misma eres tu peor enemiga!
BRISEIDA (rompiendo en un grito cargado de dolor): ¡Porque no entienden nada!
(se levanta de golpe, temblando de rabia)
—¿Saben por qué no soporto verla? ¿Por qué cada vez que sonríe me dan ganas de arrancarle esa sonrisa del rostro?
ARMANDO y MORGANA se quedan en silencio. Briseida respira hondo y, con voz quebrada, finalmente lo suelta:
BRISEIDA: Porque estoy enamorada de Leoncio.
MORGANA abre los ojos con sorpresa, mientras ARMANDO se queda petrificado, sus manos apretadas en puños.
ARMANDO (con voz grave, peligrosa): ¿Qué dijiste?
BRISEIDA (mirándolo directo, con lágrimas contenidas): Que lo amo. Que desde que tengo memoria lo amo. Y esta noche… cuando lo vi mirarla a ella como nunca me ha mirado a mí… sentí que me moría por dentro.
MORGANA (dando un paso hacia ella, con voz fría pero cargada de algo más profundo): Briseida… eso es imposible. Leoncio… no es para ti.
BRISEIDA (con una risa amarga): ¿Y por qué no? ¿Porque Morelia es la princesa y yo… qué? ¿Qué soy yo para ustedes?
ARMANDO baja la mirada por un instante, como si una verdad demasiado pesada lo golpeara. Luego, levanta la cabeza con dureza y decide decirlo.
ARMANDO (con voz cortante): Porque no eres como ella.
BRISEIDA (frunce el ceño): ¿Qué demonios significa eso?
MORGANA (con un suspiro, casi en un murmullo): Significa que Morelia es hija de esta casa… y tú… no.
El rostro de BRISEIDA se desencaja.
BRISEIDA (con voz quebrada): ¿Qué…?
ARMANDO (la mira directo a los ojos, sin rodeos): Eres hija de Zarela.
(da una pausa que parece eterna)
—La cabaretera de la cantina El Gavilán Dorado.
El silencio cae como un trueno. BRISEIDA retrocede un paso, como si las palabras la hubieran golpeado físicamente.
BRISEIDA (susurrando, incrédula): ¿Zarela…? No… no, eso no puede ser. ¡Ustedes mienten!
MORGANA (con una mezcla de frialdad y compasión): Es la verdad. Hace veinte años Armando cometió un error, y tú… naciste de ese error.
BRISEIDA (rompiendo en un grito desesperado): ¡Cállate! ¡Cállate!
(se lleva las manos a la cabeza, temblando)
—¿Todo este tiempo… he vivido en una casa que nunca fue mía? ¿He amado a un hombre que jamás podría amarme porque… porque soy… la hija de una cabaretera?
ARMANDO da un paso hacia ella, intentando controlarla con su autoridad habitual.
ARMANDO: Escúchame bien, Briseida. Puedes llevar el apellido Montes de Oca, pero tu sangre… tu sangre siempre te recordará quién eres.
(la señala con el dedo, implacable)
—Y Leoncio… jamás será para ti. No te atrevas a mancillar su nombre.
BRISEIDA lo mira con un odio que arde como fuego puro. Sus lágrimas ya no son de dolor, sino de furia.
BRISEIDA (con voz baja, peligrosa): Si me arrebatan lo único que amo… entonces haré que todos paguen.
(se vuelve hacia Morgana, con los ojos encendidos)
—Y tú… tú te arrepentirás de haberme cacheteado.
CAMPO ABIERTO – ALREDEDORES DE LA HACIENDA LOS ÁLAMOS (DÍA SIGUIENTE)
El cielo está despejado, y el sol ilumina los campos verdes que rodean la hacienda. MORELIA, vestida con un elegante traje de montar, cabalga a toda velocidad sobre su caballo blanco. Su expresión refleja la necesidad de escapar del peso de la noche anterior: las humillaciones, el escándalo, la tensión familiar.
MORELIA (pensando mientras avanza): Solo quiero olvidar todo… aunque sea por un momento.
El viento golpea su rostro mientras atraviesa un sendero flanqueado por árboles. De pronto, el caballo se inquieta y relincha, obligándola a frenar. A unos metros, en medio del camino, ve a un hombre tirado, inconsciente, con la ropa manchada de sangre y el rostro cubierto parcialmente por el polvo del camino.
MORELIA (bajando rápidamente del caballo): ¡Dios mío!
(se arrodilla junto a él, tocando suavemente su hombro)
—Señor… ¿me escucha?
El hombre abre los ojos con esfuerzo. Su mirada es intensa, de un azul profundo, y pese a su evidente dolor, se percibe en él una fuerza latente. Es AUSTIN PEREIRA, un forastero con un aire enigmático.
AUSTIN (con voz ronca): ¿Dónde… estoy?
MORELIA: Cerca de la Hacienda Los Álamos. Está herido… necesita ayuda.
(mira a su alrededor, desesperada)
—¿Qué le pasó?
AUSTIN (con dificultad, intentando incorporarse):Me… emboscaron. Pero estaré bien…
Intenta levantarse, pero se tambalea y casi vuelve a caer. MORELIA lo sostiene con ambas manos, impresionada por el peso de su cuerpo y la firmeza de sus músculos a pesar de su debilidad.
MORELIA (con voz decidida): No, no va a ninguna parte así. Voy a llevarlo a la hacienda para que lo atiendan.
AUSTIN (mirándola con una media sonrisa, pese al dolor): No acostumbro a aceptar ayuda… pero parece que hoy no tengo opción.