Un golpeteo insistente, casi furioso, retumbó en la puerta de la habitación.
—¡Gabriel! —la voz de Marcos sonó clara, enérgica y, para el gusto de Gabriel, insoportablemente despierta—. ¡Levántate de una vez!
Gabriel enterró la cara en la almohada, intentando ignorarlo. El sol apenas se colaba entre las cortinas, bañando la habitación con una luz tibia y perezosa.
—¡Es demasiado temprano! —gruñó, con la voz ronca del que todavía está en mitad de un sueño.
—Temprano para ti, tarde para el resto de Londres —replicó Marcos, golpeando de nuevo—. ¡Vamos, abre antes de que tire la puerta!
Gabriel se incorporó lentamente, despeinando aún más su cabello cobrizo, y arrastró los pies hasta la puerta. La abrió de golpe, dejándose caer contra el marco.
—Si vienes a anunciarme el fin del mundo, empieza por servirme café —dijo, medio serio, medio dormido.
Marcos sonrió con descaro.
—Casi… tenemos inventarios que revisar, una reunión con el proveedor, pasar de visita por la señora Ellington. Y todo eso antes del mediodía.
Gabriel arqueó una ceja.
—¿Y me despiertas gritando para anunciarme un día entero de inventarios y proveedores? Ya sabes que lo único que me interesa de la jornada es ir a ver a la mujer.
—No —Marcos lo empujó suavemente para entrar—. Te despierto porque si no, todavía estarías soñando con lo que sea que sueñan los perezosos de tu especie.
Gabriel soltó una carcajada y caminó hacia el perchero.
—Eres mi mejor amigo, Marcos, pero si algún día mueres, no será de viejo.
Él levantó las manos en señal de rendición, aunque no pudo evitar reír.
—Vamos, muévete. Te doy cinco minutos. Y si no, vuelvo con un balde de agua fría.
Gabriel lo miró de reojo, fingiendo indignación.
—Eso sería un ataque a mi integridad y a mi buena disposición matutina, la poca que tengo.
—Justamente.
Gabriel desapareció tras el biombo para vestirse mientras que Marcos, instalado en el sillón, jugueteaba con una cucharilla que había encontrado sobre la mesa.
—Por cierto, no olvides que también tenemos que hacer el encargo de compra para los muebles.
—Lo sé —respondió Gabriel, apareciendo frente a él abotonando su camisa, con una sonrisa—. Quiero que lleguen lo antes posible. Que todo esté listo en cuanto podamos mudarnos.
—Vaya… parece que alguien está ansioso por irse.
—Lo estoy. Y gracias, de verdad, por venir conmigo a todo esto.
Marcos, con un gesto exagerado, se apoyó una mano en el pecho y alzó la barbilla.
—Por ti haría lo que fuera… —dijo, con fingida solemnidad—. Seguirte a todas partes, aguantar horas eligiendo muebles, sonreírle a gente que no me interesa… vamos, como una buena esposa devota.
Gabriel rodó los ojos, reprimiendo una sonrisa.
—Dios nos libre de que me llames “querido” en público.
—No prometo nada —replicó él, con una sonrisa traviesa.
Luego añadió, cruzándose de brazos:
—Aunque aún no entiendo por qué tanta prisa ni por qué Kensington.
Gabriel, ya acomodándose el cuello frente al espejo, respondió con calma.
—Si llega el momento, te lo diré.
Marcos arqueó una ceja, divertido.
—Misterioso como siempre.
—Digamos que… es un cambio necesario.
—Bueno. En fin… —Marcos se puso de pie—. Le he pedido a Mary que prepare el almuerzo temprano. Primero revisaremos el inventario, después iremos con el proveedor, luego pasaremos por la señora Ellington para cerrar lo de la casa y por la tarde elegimos los muebles.
—En ese orden, perfecto.
Ambos rieron antes de salir de la habitación, con el día ya cargado de planes que, aunque parecían simples, tenían una importancia significativa.
Leandro, había trabajado incansablemente durante años para construir desde cero un próspero negocio de importación y distribución de vinos finos y licores exclusivos. Con esfuerzo y visión, logró posicionarse entre los vendedores más reconocidos de Londres, dejando un legado que Gabriel ahora continuaba con orgullo. Cada día implicaba revisar minuciosamente los inventarios, hacer negociaciones y garantizar que solo los mejores productos llegarán a las casas más selectas de la ciudad. Para Gabriel, ese mundo de detalles y precisión era más que un trabajo: era una forma de honrar el sacrificio de su padre y mantener viva una historia de trabajo y éxito.
Ambos se dirigieron al amplio salón donde el personal encargado ya había comenzado a organizar las cajas y barriles que aguardaban para ser contados.
—Aquí es donde la magia sucede —comentó Marcos, mientras observaba los cajones repletos de botellas—. Parece que todo está bajo control.
Gabriel asintió, pero no bajó la guardia.
—Cada botella cuenta. Un error en el inventario puede significar pérdidas importantes o problemas con los clientes.
Con la libreta en mano, comenzó a recorrer las filas junto a uno de los empleados más experimentados, verificando etiquetas, cantidades y fechas. Marcos lo seguía de cerca, evaluando, aunque sabía que su talento estaba en otro lado.
—¿Sabés? —dijo en un susurro burlón—. Si tu padre te viera tan meticuloso, estaría orgulloso.
Gabriel sonrió sin dejar de trabajar.
—Espero que sí. Por eso hago esto. No es solo negocio, es legado.
Luego de unas horas de revisión completa, el trabajo estaba hecho.
—Bien, todo va por buen camino —dijo finalmente—. Vamos con el proveedor antes de que se nos pase el tiempo.
Marcos lo miró, animado.
—Eso sí me gusta más. Después de todo, ¿quién se aburre con una buena copa de vino?
….
Al llegar a la bodega, un edificio de ladrillo rojo con grandes ventanas arqueadas, Gabriel sintió esa mezcla de respeto y exigencia que siempre lo acompañaba en estas visitas.
El encargado los recibió con una sonrisa amable, consciente de la importancia del pedido que tenían entre manos.
—Buenos días, señor Whitaker, señor Baker. Siempre es un placer recibirlos —dijo, estrechando sus manos con firmeza—. Tenemos algunas novedades en nuestra selección que creo podrían interesarles.