La luz cálida del atardecer bañaba las fachadas de las casas, proyectando sombras alargadas sobre la calle empedrada. El cochero, ya en su puesto, sujetaba firmemente las riendas mientras los caballos resoplaban, impacientes por iniciar la marcha.
Antes de subir al coche, Gabriel se volvió hacia su hogar. No era una despedida definitiva, pues la propiedad seguiría bajo el cuidado de una persona de confianza; además, allí continuaría almacenándose los vinos y licores que sostenían el negocio familiar. Aun así, no pudo evitar que lo invadiera cierta melancolía al pensar en los años vividos entre esos muros, en las tardes observando a su padre trabajar en el despacho y en la calidez de cada rincón. Sus labios se curvaron apenas en una mueca antes de girarse y subir al vehículo.
En el interior, Marcos ya estaba sentado, observándolo en silencio. No necesitaba preguntar qué le ocurría; bastaba con ver el gesto tranquilo pero serio de Gabriel para entender que su mente se había perdido en los recuerdos.
Con un leve crujido de ruedas y el golpeteo rítmico de los cascos sobre la piedra, el carruaje se puso en movimiento, dejando atrás los barrios conocidos para adentrarse en rutas más abiertas.
Al ir pasando las horas, el aire fresco del anochecer se comenzó a colar por las pequeñas rendijas de las ventanillas, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y a leña encendida proveniente de alguna casa lejana.
Gabriel mantenía la mirada fija en el paisaje, viendo cómo los campos se extendían a ambos lados del camino. De vez en cuando, alguna carreta pasaba en dirección contraria, tenuemente iluminada por el resplandor trémulo de un farol.
Marcos, por su parte, repasaba mentalmente la lista de asuntos que debían atender una vez que llegaran. Aunque no decía palabra, cada tanto echaba un vistazo a su compañero, notando en su expresión una calma contenida, como si estuviera midiendo cada paso de lo que vendría.
La quietud del viaje se rompió cuando Marcos, recostándose ligeramente contra el asiento, dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Con este silencio, el cochero va a creer que estamos tramando un asesinato y que él es la víctima —bromeó.
Gabriel lo miró de reojo, apenas esbozando un gesto que no llegaba a ser una sonrisa.
—Te noto raro —continuó Marcos, entornando los ojos—. Como si tu cabeza estuviera demasiado lejos de aquí.
Gabriel suspiró suavemente.
—No es nada que valga la pena explicar. Solo cosas que debo ordenar en mi mente —fijó la mirada en él—. Aunque, ¿alguna vez has pensado que quizá estés tomando una decisión incorrecta?
—La única cosa que pienso tener permitida es confiar que no me arrepentiré de la elección que tome. Creer con firmeza en mi camino, saber que hice lo mejor posible y aceptar las consecuencias sin remordimientos.
Gabriel permaneció en silencio unos segundos, como si aquellas palabras hubieran despertado un torbellino interno. Finalmente habló:
—Quizás tengas razón. Pero la verdad es que siento que las determinaciones más importantes son las que menos garantías nos ofrecen. Y, aun así, debemos tomarlas. Es como caminar en la oscuridad sin saber qué hay al final, solo con la esperanza de que valga la pena. Lo que me hace reflexionar no es tanto el error, sino el peso de lo que podría dejar atrás.
—Las decisiones difíciles no se enfrentan con certezas absolutas, sino con la valentía de avanzar a pesar de la duda —se inclinó un poco hacia adelante—. Sabes que cuentas conmigo para lo que sea necesario. Para recordarte quién eres, especialmente cuando sientas que estás dejando algo de ti atrás.
—Gracias, Marcos. Eso significa más de lo que puedo expresar ahora.
Él le sonrió con complicidad y, en un tono juguetón, dijo:
—Muy bien, ahora mantén esos hermosos ojos bien puestos en el camino, que si nos perdemos, alguno de nosotros tiene que recordar cómo volver.
Gabriel soltó una risa ligera, agradecido por ese alivio en medio de la tensión del trayecto.
Después de unos cuantos minutos más, el cochero anunció que era momento de detenerse para que los caballos pudieran descansar. Pararon frente a una pequeña taberna de madera, iluminada por faroles que lanzaban un resplandor cálido sobre la entrada y el sendero polvoriento.
El lugar, modesto pero acogedor, ofrecía un refugio perfecto para romper la monotonía del viaje. Y, sin necesidad de palabras, ambos intercambiaron una mirada cómplice decidiendo entrar.
Se acomodaron en una mesa cercana a la chimenea y pidieron algo para beber. Tras ser atendidos, Gabriel, tomando un sorbo de su copa, no pudo resistirse a mirar a Marcos con una pizca de picardía.
—Debo decirlo —empezó, inclinándose ligeramente hacia él—, algunas de esas mujeres en la barra no te quitan los ojos de encima.
Marcos, sorprendido, se sonrojó apenas. Al notarlo, Gabriel arqueó una ceja, continuando en tono burlón:
—Parece que incluso tú, el hombre con tantas habilidades y charlatán, tiene un punto débil… y se llama mujeres.
Entre divertido y resignado, Marcos suspiró. Gabriel disfrutaba del pequeño triunfo de haberlo pillado desprevenido; aún se burlaba cuando él se inclinó ligeramente, con una chispa traviesa en las pupilas.
—No te emociones demasiado. La diferencia entre nosotros dos es que yo puedo ser un amante entretenido.
Antes de que Gabriel pudiera reaccionar, se levantó de la silla y, con paso seguro, se dirigió hacia una de las jóvenes que lo observaba fijamente.
Gabriel lo siguió con la mirada, entre sorprendido y divertido, viendo cómo se aproximaba con total confianza; en pocos instantes, parecía manejar la conversación con tal soltura que dejaba en claro que la atención femenina no lo intimidaba en absoluto.
Luego de unos minutos, Marcos volvió a mirar a su socio, levantando su vaso con una sonrisa, como diciendo: “¿De qué hablabas?”. Gabriel, divertido y rendido ante la demostración, levantó su propia copa en respuesta, reconociendo su pequeña derrota en ese juego.