Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 5

Marcos permanecía de pie, con las manos relajadas tras la espalda. Frente a él, una joven de cabello castaño claro y ojos vivaces intentaba mantener una charla animada.

Aunque la muchacha hablaba con entusiasmo sobre los últimos arreglos florales de su hogar y lo difícil que había sido para su madre encontrar un buen modista, él apenas intervenía con respuestas corteses, más por educación que por interés real. En su interior se sentía atrapado en un diálogo banal, carente de sustancia, y no podía evitar notar que la joven parecía estar haciendo su primer intento de socializar con un caballero.

Mientras ella continuaba relatando, ahora con lujo de detalles, la decoración y lo hermoso que se veía el jardín, él, con disimulo, recorría el lugar buscando algún rostro familiar que pudiera rescatarlo de aquella conversación interminable.

A pocos metros, entre los invitados que paseaban con copas en mano, divisó a un conocido de los primeros días tras su mudanza.

—¡Pembrok! —lo llamó, levantando ligeramente la mano con una sonrisa—. Necesitamos saber tu opinión sobre los jardines de esta noche.

El hombre, curioso, aceleró el paso hacia ellos, mientras Marcos ya maquinaba cómo excusarse para desaparecer en cuanto tuviera oportunidad.

Eduardo llegó con una leve inclinación de cabeza en señal de saludo.
—Baker, qué grata coincidencia encontrarte aquí.

—Lo mismo digo. —Se giró hacia la muchacha—. No nos vendría mal la opinión de alguien más para este tema tan interesante.

La joven sonrió complacida, mientras Eduardo, apenas un instante después, soltó una sonrisa ladeada. Conocía a Marcos lo suficiente como para saber que rara vez empleaba la palabra “interesante” de forma literal. Aquello era, sin duda, una ironía velada.

—Vaya —replicó Eduardo, siguiendo el juego—. Entonces no querría interrumpir una tertulia tan enriquecedora con mi ignorancia.

Marcos alzó una ceja al comprender que había captado su mensaje oculto; de inmediato, se valió de ello.
—En realidad, señorita —dijo, mirándola con una sonrisa educada—, acabo de recordar que tengo un asunto pendiente a tratar con mi buen amigo aquí presente.

—Por supuesto, no tiene que preocuparse. Ha sido un placer.

Los tres se inclinaron levemente a modo de despedida y, en cuanto ellos estuvieron a unos pasos de distancia, Marcos murmuró lo bastante bajo para que solo Eduardo lo escuchara:
—Me acabas de salvar la vida.

Su salvador rió, divertido, mientras se alejaban hacia un rincón más tranquilo en el exterior, donde las luces y el bullicio llegaban apenas como un murmullo lejano. Allí, Marcos se apoyó contra la baranda de piedra, cruzándose de brazos con gesto teatral.

—¿Sabes? Por un momento creí que, si escuchaba un minuto más sobre el gato de su tía, me iba a arrojar al estanque.

Eduardo soltó una carcajada.
—¿El del lazo rosa?

—¡Ese mismo! —respondió, llevándose la mano a la frente como si aún intentara superar la experiencia—. Y no es que tenga nada contra los gatos, pero si me lo volvía a mencionar, iba a empezar a maullar.

—Te entiendo —asintió Eduardo, divertido—. Estas fiestas son perfectas para eso: escuchar anécdotas sobre mascotas, recetas imposibles y, cómo no, rumores mal disimulados.

—Ah, sí, los rumores. El combustible oficial de esta clase de reuniones.

Ambos rieron, sabiendo que ninguno de los dos estaba allí por amor al ambiente de la alta sociedad.

—Al menos —continuó Marcos, mirando de reojo hacia los ventanales—, siempre me queda la esperanza de encontrar algo o a alguien que valga la pena.

—O una mesa con buen vino —añadió Eduardo, guiñandole un ojo. Luego se inclinó ligeramente hacia él—: Mira, unos caballeros y yo hemos pensado en reunirnos en mi casa después de la velada. Tener una buena conversación, beber algo mejor…

—¿Y crees que pueda unirme?

—¡Por supuesto! Será mucho más entretenido que esto.

Marcos esbozó una sonrisa.
—Perfecto, me apunto si prometes que no hablarán sobre la temperatura del té.

Eduardo rió por lo bajo.
—Te lo juro. Conversaciones reales… y quizás algo más fuerte que té.

Luego de un instante, Marcos comentó:
—Ya te digo que aquí adentro solo se compite por ver quién dice el comentario más inútil.

—Y lo peor —añadió Eduardo con tono burlón— es que todos creen estar diciendo algo brillante.

Ambos soltaron una carcajada. Y Marcos, más relajado, dejó escapar un suspiro.
—Te juro que si no fuera por Gabriel, ni siquiera habría aceptado la invitación.

—¿Negarte no era una opción?

—Claro que lo era, pero entonces me habría arrastrado igual. Preferí ahorrarme la escena.

—Ustedes casi siempre andan juntos, ¿no es así? —dijo Eduardo con curiosidad.

—Supongo que sí… Siempre hemos sabido cuidarnos las espaldas para no meternos en problemas—su tono se volvió más serio—. Se lo debo a su padre.

Eduardo lo miró atentamente; era la primera vez que lo escuchaba aludir sutilmente a su pasado. Aquella revelación hizo que empezara a comprender que, detrás de la alegría y las bromas, Marcos llevaba consigo vivencias que contrastaban con su carácter actual. Esa combinación de vivacidad y prudencia le despertó una mezcla de respeto y admiración.

…..
Gabriel y Evelin se acomodaron en un sillón donde el resplandor de los candelabros iluminaba suavemente sus rostros. Allí comenzaron a conversar, intercambiando detalles sobre sus gustos, ocupaciones y los lugares que habían visitado. El diálogo fluyó con naturalidad, aunque con un aire de cautela en ambos, midiendo cada palabra.

Mientras ella hablaba, Gabriel no pudo evitar pensar que el destino le había favorecido: la muchacha se le había acercado por voluntad propia, sin necesidad de buscarla. Por un instante se permitió imaginar que aquello era una señal de que avanzaba por el camino correcto. La oportunidad estaba frente a él y debía aprovecharla; debía conquistarla.




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