Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 6

Eran ya pasadas las horas del mediodía cuando la puerta principal se abrió con un leve crujido. La luz intensa del sol entró brevemente en el vestíbulo antes de que la figura de Marcos cruzara el umbral.

Gabriel, sentado en la mesa del comedor, terminaba su almuerzo en silencio. El tintinear de los cubiertos se interrumpió en cuanto escuchó el sonido. Con un gesto pausado, se inclinó levemente hacia atrás para observar mejor.

Sus ojos se encontraron con la silueta de Marcos: la ropa arrugada, el andar algo cansado y la expresión en su rostro delataban el desvelo.

Arqueó una ceja, dejando los cubiertos sobre el plato.
—Vaya. Al fin decidiste regresar.

Marcos cerró la puerta tras de sí con un golpe suave, se pasó una mano por el cabello revuelto y dio unos pasos hacia donde estaba Gabriel.
—Pasé la noche en casa de Eduardo Pembrok —su tono arrastraba el cansancio—. La reunión se alargó más de lo previsto y me ofreció un lugar donde dormir.

Gabriel entrecerró los ojos, observándolo con detenimiento. Había en su mirada un rastro de juicio contenido.
—¿Y fue esa reunión lo que te retuvo… o la compañía de alguna dama? —preguntó, mientras alzaba la copa de vino y daba un sorbo lento.

Marcos soltó una risa breve, intentando restarle peso a la insinuación.
—¿Desde cuándo me interrogas como si fueras mi padre?

Gabriel dejó la copa sobre la mesa con un leve golpe.
—No soy tu padre, pero si vas a perderte durante toda la noche y la mañana siguiente, al menos quiero saber en qué clase de asuntos andas metido.

Marcos lo miró fijamente un instante.
—En asuntos que no te incumben, Gabriel. Créeme, fue solo una noche larga.

—“Solo una noche larga”, ¿eh? —sus ojos empezaban a mostrar la molestia—Me sorprende tu audacia, Marcos… casi como si pensaras que puedes hablarme así sin consecuencias. Créeme, tu desprecio disfrazado de indiferencia no pasa desapercibido.

Se inclinó un poco hacia adelante, manteniendo la mirada fija en él.
—No es cuestión de curiosidad, sino de respeto. Algo que parece se te escapó esta mañana.

Marcos esbozó una sonrisa ladeada.
—Vaya, veo que tu paciencia es más corta de lo que creía. No era mi intención faltarte el respeto, al menos no demasiado —cruzó ligeramente los brazos, adoptando un aire de desafío—. Solo intentaba distraerme un poco, nada más. Todos necesitamos liberar tensiones de vez en cuando, ¿no?

Gabriel lo observó con la mandíbula ligeramente tensa y con voz firme prosiguió:
—No me molesta que te hayas divertido. Lo que me preocupa es no saber exactamente en qué estabas metido. Si tu noche rozó lo inapropiado, algo que pueda poner en juego tu reputación, recuerda que la mía también está ligada a la tuya. Trabajamos juntos, y cualquier desliz que tengas se refleja directamente en mí.

Hizo una pausa y añadió.
—Llegaste pasada la hora del mediodía, no puedo evitar preguntarme si tu noche fue simplemente en la casa de Pembrok o si hubo algo más.

Marcos asintió con una sonrisa que mezclaba picardía y respeto. Entendiendo que Gabriel estaba molesto por la posibilidad de que cualquier descuido comprometiera su honor o el de ambos.
—Te aseguro —dijo con voz tranquila—, solo fue una noche larga entre caballeros. Nada que deba preocuparte.

Gabriel lo observó un instante más, evaluando cada detalle, cada tic que pudiera delatar alguna verdad. Luego suspiró, recogiendo suavemente la copa de la mesa para terminar la bebida que contenía.
—Muy bien —respondió con firmeza—. Confío en que así sea.

Se levantó elegantemente, ajustando su chaleco.
—Procura mantener el control, Marcos. No quiero tener que reprenderte otra vez por algo que podría haberse evitado —dijo, con un dejo de seriedad que dejaba en claro su autoridad. Y sin esperar respuesta, salió.

Mientras observaba cómo se retiraba, Marcos sonrió por lo bajo, sabiendo que había esquivado la inspección sin revelar su pequeño secreto.

A continuación, se dejó caer en una silla cercana mientras soltaba un suspiro. Se inclinó ligeramente hacia atrás, sintiendo cómo el peso de la noche comenzaba a disiparse, aunque la confusión no se marchaba del todo. Pensó en Gabriel, en la intensidad de su mirada, en la forma en que lo había observado durante el intercambio de palabras que acababan de tener.

“No fue tan complicado verlo de nuevo” murmuró para sí, con una mezcla de alivio y extrañeza. Recordó la sensación que lo había sacudido la noche anterior: los celos inesperados, el torbellino de emociones que no lograba comprender del todo. Aun así, ver a Gabriel otra vez le había traído cierta calma, una extraña seguridad en medio de la confusión, como si, a pesar de todo, aquello pudiera mantenerse bajo control… por ahora.

En la biblioteca, una vez entre los altos estantes y el silencio solemne del lugar, Gabriel se permitió cerrar los ojos por un instante, dejando que la penumbra y el olor a libros lo envolvieran. Ahora que había logrado iniciar un contacto con Evelin Weaver, comprendía que debía mantener todo bajo control. Sabía que cualquier error podía arruinar la oportunidad de acercarse a la familia Weaver, y no podía permitir que las actitudes imprevisibles de Marcos interfirieran en sus planes. Tener buena letra, comportarse de manera irreprochable y mostrar la imagen de caballero intachable eran piezas clave en su estrategia.

Se dejó caer en uno de los sillones, mientras su mirada se perdía entre los lomos de los libros, y reflexionó sobre Marcos: confiable, sí, pero nunca del todo predecible. Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en ello. Esa imprevisibilidad, esa ocurrencia constante, era algo que en parte admiraba; la forma en que siempre encontraba la manera de hacerlo divertir, aun en los momentos más tensos, le daba una seguridad extraña, como si supiera que podía confiar en él sin importar qué.

Al mismo tiempo, comprendía que esa misma imprevisibilidad podía interferir en sus planes. Por eso había decidido mantenerlo cerca pero ajeno a sus verdaderos objetivos.




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