Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 7

La señora Weaver encontró a su nieta en la estancia, conversando con la cocinera mientras repasaban los últimos detalles de la cena.

—Evelin —dijo con voz firme—, necesito que vayas a casa de la señora Harrington para entregar la maleta con los vestidos que deben ser arreglados; ya está todo dispuesto en el carruaje.

La joven asintió con respeto, recibiendo la indicación en silencio. Su abuela, sin embargo, añadió con un matiz de advertencia:
—Haz lo que te pido y regresa sin demora. No te entretengas más de lo necesario.

Evelin volvió a asentir, mostrando obediencia y consideración. Sin embargo, cuando se dirigió a la puerta junto a la muchacha asignada, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.

“Quizá pueda aprovechar para pasear un poco”.

El carruaje comenzó a avanzar lentamente por las calles, mientras sus ojos recorrían los edificios y los jardines impecablemente cuidados. Cada detalle del recorrido le transmitía una sensación de libertad, un respiro breve y preciado en contraste con su rutina.

Una vez cumplida su tarea y con las ruedas puestas nuevamente en marcha, una sombra de desánimo le cruzó el rostro: no hallaba a nadie que le ofreciera el pretexto de una parada. Hasta que, de pronto, su vista se posó en una figura conocida que avanzaba por la acera.

La sorpresa de ver a Gabriel Whitaker, seguida de una oleada de emoción, la recorrió de inmediato. Aquel encuentro fortuito le aceleró el corazón, transformando lo que hasta entonces había sido un simple recado en algo súbitamente más significativo.

Gabriel caminaba hacia la oficina de correos con una carta importante en mano. Sus pensamientos estaban tan centrados en su propósito que parecía abstraído del resto: del murmullo de la ciudad, del roce de la brisa y hasta de las miradas que, como la de Evelin, se detenían en su estampa.

De pronto, una voz clara lo alertó:
—¡Señor Whitaker!

Al alzar la vista, distinguió un carruaje que se detenía cerca de él. En su interior, Evelin lo observaba con una expresión amplia que iluminaba sus rasgos. Cuando la reconoció, le devolvió el gesto y se aproximó.

—¿Qué haces caminando por aquí? —preguntó ella, con un matiz divertido y un brillo pícaro en los ojos.

—Buenas tardes, señorita. Voy al correo —él procuró disimular la sorpresa de encontrarla allí.

—¿Quieres que te acerque? Podríamos ir juntos.

Gabriel negó con la cabeza, esbozando una ligera sonrisa:
—Prefiero caminar. Nada mejor que aprovechar una tarea para estirar las piernas.

Evelin frunció ligeramente el ceño, entre divertida y pensativa. Luego se dirigió hacia el cochero:
—Muy bien, continúe hasta el correo y espéreme allí —miró a la joven que la acompañaba—. Tú quédate aquí y ve con él.

La sirvienta asintió mientras que ella descendía con cuidado, guiada por la mano firme de Gabriel. Se situó a su lado y él, en un gesto caballeroso, le ofreció el brazo para comenzar a avanzar.

—No pensé que podría encontrarte por aquí a esta hora —comentó, mirándolo de reojo—. ¿Siempre vas caminando a entregar tu correspondencia, o es un día especial?

—Depende del día. Hoy necesitaba despejarme antes de ocuparme de asuntos importantes. Caminar ayuda a ordenar las ideas.

Evelin rió suavemente, una melodía que hizo que Gabriel desviara apenas la vista hacia ella.

—Bueno, supongo que puedo considerar este paseo como un favor entonces.

—¿Acaso hay algo en tu mente que necesite ordenarse?

Ella se quedó callada por unos segundos, sin saber qué responder. La pregunta la tomó por sorpresa; no podía confesarle que el pensamiento que no lograba apartar de sí era todo lo que él provocaba en su interior.
—Eh… solo cosas cotidianas, supongo.

—A veces, incluso los pensamientos más sencillos tienen tanta importancia como los más complejos. Basta con prestarles atención; al fin y al cabo, todo influye en lo que somos y en lo que nos sucede.

Evelin sintió cómo su comentario la dejaba admirada y, al mismo tiempo, inquieta; un recordatorio sutil de que incluso lo que parecía trivial podía estar cargado de un hondo significado.

Luego de unos instantes de silencio, Gabriel volvió a hablar. Debía captar por completo la atención de aquella muchacha, así que se le ocurrió recurrir a un elogio, calculado y oportuno.
—Sabes, Evelin —rozó la intimidad del encuentro—, estoy notado que hay algo en ti. Algo que hace que todo alrededor se transforme con tu sola presencia. Cada gesto tuyo, cada movimiento, despierta en mí una sensación que no puedo ignorar.

Ella sintió un escalofrío recorrer su espalda, como un fuego sutil que se propagaba por su piel. Bajó la mirada, intentando mantener la compostura, aunque un rubor intenso teñía sus mejillas y su corazón latía con fuerza.

Alzó la vista con lentitud y se encontró con la intensidad de las pupilas de Gabriel.
—Es encantador escuchar algo así —dijo, mientras esbozaba una sonrisa—. No esperaba que alguien notara tanto detalle, y menos que las dijera de manera tan… directa.

Él sonrió, sabiendo que su comentario había logrado el efecto que deseaba.
—La verdad, es imposible no percibirlo. Incluso hasta el aire se siente distinto.

—Bueno, supongo que tendré que acostumbrarme a ser tan observada. Y quizá debería aprender a devolver halagos de la misma manera.

—Oh, confío en que lo harás muy bien —replicó divertido.

—Entonces… podría mencionarte que también hay algo en ti que despierta interés, o más bien mucha intriga.

—¿Ah, sí? Mira nada más, no soy el único que se deja influir por la presencia del otro.

Evelin rió, sintiendo cómo cada frase compartida estrechaba un poco más la relación entre ambos.
—Quizá no sea tan fácil ignorar lo que nos atrae —soltó con un toque de picardía—. Y, sinceramente, no creo que quiera hacerlo.

Ahí fue cuando un pensamiento fugaz atravesó la mente de Gabriel: “La atrapé”.




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