La señora Weaver encontró a su nieta en la estancia, conversando con la cocinera mientras repasaban los últimos detalles de la cena.
—Evelin —dijo con voz firme—, necesito que vayas a la casa de la señora Harrington a entregar la maleta con los vestidos que tienen que ser arreglados; ya está todo dispuesto en el carruaje.
La joven asintió con respeto, recibiendo la indicación en silencio. Su abuela, sin embargo, añadió con un matiz de advertencia en la mirada:
—Haz lo que te pido y regresa sin demora. No te entretengas más de lo necesario en el camino.
Evelin volvió a asentir, mostrando obediencia y consideración. Sin embargo, cuando se dirigió a la puerta junto a la muchacha asignada, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.
“Quizá pueda aprovechar para pasear un poco…” pensó.
El carruaje comenzó a avanzar lentamente por las calles, mientras que sus ojos recorrían los edificios y los jardines impecablemente cuidados. Cada detalle del trayecto le transmitía una sensación de libertad, un respiro breve y preciado en contraste con su rutina.
Una vez cumplida con su tarea y las ruedas puestas nuevamente en marcha, una sutil sombra de desánimo cruzó su rostro: no hallaba a nadie que le ofreciera el pretexto de una parada. Hasta que, de pronto, sus ojos se posaron en una figura conocida que avanzaba por la calle con un porte seguro y audaz.
La sorpresa de ver a Gabriel Whitaker, seguida de una oleada de emoción, la recorrió de inmediato. Aquel encuentro fortuito le aceleró el corazón, transformando lo que hasta entonces había sido un simple recado en algo súbitamente más significativo.
Gabriel caminaba hacia el edificio de correos con una carta importante en mano. Sus pensamientos estaban tan centrados en su propósito que parecía abstraído del resto: del murmullo de la ciudad, del roce de la brisa y hasta de las miradas que, como la de Evelin, se detenían en su figura.
De pronto, una voz clara lo alertó:
—¡Señor Whitaker!
Al alzar la vista, distinguió un carruaje que se detenía cerca de él. En su interior, Evelin lo observaba con una sonrisa amplia que iluminaba su rostro. Al reconocerla, le devolvió el gesto y se aproximó.
—¿Qué hace caminando por aquí? —preguntó ella, con un matiz divertido y un brillo pícaro en los ojos.
—Buenas tardes, señorita. Voy al correo —él procuró disimular la sorpresa de encontrarla allí.
—¿Quiere que lo acerque? —ofreció Evelin con entusiasmo—. Podríamos ir juntos.
Gabriel negó con la cabeza, esbozando una ligera sonrisa:
—Prefiero caminar. Nada mejor que aprovechar una tarea para estirar las piernas y despejar la mente.
Evelin frunció ligeramente el ceño, entre divertida y pensativa, y luego se dirigió hacia el cochero:
—Muy bien, continúe hasta el correo y espéreme allí.
Luego le indico a la joven que la acompañaba:
—Tú quédate en el carruaje, ve con él.
La sirvienta asintió mientras que ella descendía con cuidado, guiada por la mano firme de Gabriel. Con paso ligero, se situó a su lado, y él, en un gesto caballeroso, le ofreció el brazo para comenzar a avanzar.
—No pensé que podría encontrarlo por aquí a esta hora —comentó, mirando hacia él de reojo—. ¿Siempre va caminando al correo, o es un día especial?
Gabriel esbozó una sonrisa ladeada.
—Depende del día. Hoy necesitaba despejar la mente antes de ocuparme de asuntos importantes. Caminar ayuda a ordenar las ideas.
Evelin rió suavemente, una melodía que hizo que Gabriel desviara apenas la mirada hacia ella.
—Bueno, supongo que puedo considerar este paseo como un favor entonces.
—¿Acaso hay alguna idea en tu mente que necesite ordenarse?
Ella quedó callada por unos segundos, sin saber qué responder. La pregunta la tomó por sorpresa; no podía confesarle que la idea que no lograba quitar era todo lo que él provocaba en su interior.
—Eh… —murmuró finalmente—, solo cosas cotidianas, supongo.
—A veces, incluso los pensamientos más sencillos tienen tanta importancia como los más complejos. Basta con prestarles atención; al fin y al cabo, todo influye en lo que somos y en lo que nos sucede.
Evelin sintió cómo su comentario la dejaba admirada y, al mismo tiempo, inquieta; un recordatorio sutil de que incluso lo que parecía trivial podía estar cargado de significado.
Luego de unos instantes de silencio, Gabriel volvió a hablar. Debía captar por completo la atención de aquella muchacha; entonces, se le ocurrió recurrir a un elogio, calculado y oportuno.
—Sabe, Evelin —susurró, rozando la intimidad del momento—, he notado que hay algo en usted. Algo que hace que todo a su alrededor se transforme con su sola presencia. Cada gesto suyo, cada movimiento, despierta en mí una sensación que no puedo ignorar.
Ella sintió un escalofrío recorrer su espalda, como un fuego sutil que se propagaba por su piel. Bajó la mirada, intentando mantener la compostura, aunque un rubor intenso teñía sus mejillas y su corazón latía con fuerza inesperada.
Alzó la vista con lentitud y se encontró con la intensidad de los ojos de Gabriel.
—Es encantador escuchar algo así —dijo, mientras esbozaba una sonrisa—. No esperaba que alguien notara tantas cosas, y menos que las dijera de manera tan… directa.
Él sonrió sabiendo que su comentario había logrado el efecto que deseaba.
—La verdad, es imposible no notarlas. Incluso hasta el aire se siente distinto.
—Bueno, supongo que tendré que acostumbrarme a ser tan observada. Y quizá debería aprender a devolver halagos de la misma manera.
—Oh, confío en que lo hará muy bien —dijo divertido—. Pero debo admitir que no hay nada más satisfactorio que ver a alguien sonreír sabiendo que lo que piensa es genuino.
—Sabiendo eso, podría mencionarle que también hay algo en usted que despierta interés, o más bien mucha intriga.
—¿Ah, sí? Entonces no soy el único que se deja influir por la presencia del otro.