Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 8

La biblioteca se bañaba en el sol de media tarde. Los rayos atravesaban los ventanales y dibujaban rectángulos sobre la alfombra mientras Gabriel, concentrado en un informe, era observado por la sonrisa traviesa de Marcos, quien descansaba medio recostado en el sillón.

—Gabriel… —dijo de pronto—. ¿Alguna vez has pensado que si no fueras tan serio, tal vez los inversionistas te tendrían miedo igual, pero además se divertirían?

Él levantó la vista lentamente.
—¿Quieres decir que debería contar chistes mientras reviso balances?

—¡Exacto! Imagínalo: “Señores, ¿Saben que hacen nuestros vinos en un mal día? Se queda en la bodega a ‘madurar’ sus problemas”.

Gabriel no pudo evitar sonreír.
—Si yo empiezo con tus ocurrencias, nos arruinaríamos en dos semanas.

Marcos se inclinó hacia adelante.
—Bah, exageras. Dos semanas es mucho tiempo. Con mi talento, en cinco días ya estaríamos en la ruina.

Ambos rieron.

—Eres incorregible, Marcos —murmuró él, aún divertido.

—Y tú demasiado correcto —replicó el otro, señalándolo con el índice—. Pero por eso hacemos buen equipo: yo pongo las risas, tú las decisiones.

Gabriel negó con la cabeza, aunque en sus labios aún se conservaba la sonrisa. La tarde se estiraba tranquila, como si el tiempo les concediera un respiro en medio de los negocios. Marcos volvió a recostarse en el sillón, cruzando las piernas.

—Hablando en serio, Gabriel —dijo, recuperando un tono más firme—, este último negocio que nos llegó no es cualquier cosa. Si lo manejamos bien, podría consolidarnos de manera definitiva.

Él cerró el informe que evaluaba con cuidado.
—Lo sé. Hay riesgos, claro, pero también oportunidades. Si cada paso lo damos con precisión, esto puede ser decisivo.

Marcos asintió, animado.
—Exacto. Y sabes que no me entusiasma cualquier cosa sin sentido: veo el potencial, las aperturas que otros ni siquiera notarían. Con un par de movimientos bien pensados, podemos asegurarnos ventajas que nadie más anticipa.

Gabriel lo observó con una media sonrisa.
—Sí, lo sé. Tu instinto y facilidad para los negocios es impresionante. Pero aún necesitamos estrategia, disciplina…

—No te preocupes. La estrategia y la disciplina van de la mano con mi visión. Solo tienes que dejar que haga mi parte, y luego tú aplicas la tuya.

Ambos permanecieron en silencio por un instante, hasta que un suave golpeteo en la puerta los interrumpió. Gabriel alzó la vista y con voz firme ordenó:
—Adelante.

El mayordomo ingresó, erguido y respetuoso.
—Señor, han llegado visitas. Es la señorita Evelin Weaver y compañía.

Gabriel se quedó unos segundos en silencio, procesando la información.

…..
Esa mañana, Evelin se presentó ante sus abuelos con la serenidad de quien ya tiene un plan en mente.

—He estado pensando, y la verdad me gustaría visitar a Clara —comenzó a decir con voz suave pero decidida—. Quisiera aprovechar el día para conversar con ella, la extraño mucho. Les prometo regresar antes de que se oculte el sol.

El señor Weaver levantó la vista de su periódico, arqueando apenas una ceja, mientras la señora la observaba con cierta duda.

—¿Salir sola tan temprano? —preguntó la mujer, con un matiz de preocupación—. No es apropiado ni seguro que recorras el camino por tu cuenta.

—No iré sola —respondió Evelin enseguida, con calma—. El cochero puede llevarme hasta la casa de mi prima y recogerme antes del atardecer.

Su abuelo intervino.
—Déjala ir. La muchacha necesita ver a su prima, y no hay razón para negárselo.

La señora Weaver, sin embargo, permaneció pensativa unos segundos más, hasta que finalmente cedió con un leve suspiro.
—Está bien, querida. Pero recuerda tus palabras: regresa antes de que caiga el sol.

Ella sonrió, agradecida.
—Lo prometo, abuela —en sus ojos brillo un destello de entusiasmo contenido. Sabía que aquella visita sería más que una simple charla entre primas.

Tras darle un beso cariñoso a cada uno, Evelin subió a su habitación para decidir qué ponerse. No deseaba un atuendo demasiado ostentoso, pero tampoco quería algo simple; finalmente optó por un vestido en tono guinda, confeccionado en tela de terciopelo, con detalles de encaje en color beige sobre el escote y los bordes de las mangas. La prenda resaltaba la delicadeza de su figura sin atraer demasiada atención.

Una vez lista, en la entrada ya la esperaba el cochero preparado para el viaje. El carruaje partió lentamente, y Evelin apoyó sus manos sobre la falda. No podía negar que, más allá del deseo de ver a su prima, existía otro motivo que la impulsaba: necesitaba encontrar la manera de visitar a Gabriel. Clara era la única en quien confiaba lo suficiente como para pedir ayuda en aquel asunto.

Durante el trayecto, ensayó en silencio las palabras que diría. ¿Cómo le explicaría sin parecer demasiado ansiosa? ¿Cómo solicitaría su compañía sin presión? Apretó suavemente los labios, intentando ordenar la lista de ideas que iban apareciendo en su mente.

Cuando el coche se detuvo frente a la residencia de los Blythe, una casona de fachada sobria pero distinguida, Evelin descendió alisando con delicadeza los pliegues de su falda.

Al dirigirse a la puerta principal, una doncella acudió de inmediato inclinándose con respeto.
—Señorita Evelin, bienvenida. Pase, por favor.

La joven asintió con una sonrisa cordial y atravesó el umbral. El aroma a cera recién aplicada en los muebles impregnaba la estancia, otorgándole un aire cálido y pulcro. Apenas había dado unos pasos cuando la figura alegre de Clara apareció al pie de la escalera.

—¡Evelin! —bajo con gracia el último peldaño para abrazarla.

Aquel reencuentro apenas duró un instante antes de que los señores Blythe se acercaran con cortesía. La señora, con voz dulce y afable, dijo:
—Qué alegría tenerte aquí, querida. Es un honor recibirte en nuestra casa.




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