La mañana apenas despuntaba cuando un golpeteo insistente en la puerta interrumpió su sueño. Se revolvió entre las sábanas, frunciendo el ceño, fastidiado.
—¿Quién? —preguntó Gabriel, con voz áspera.
—Soy yo, señor —respondió una de las sirvientas desde el otro lado.
Él suspiró con visible desgano.
—Un momento.
Se levantó lentamente, se vistió con pulcritud y, tras alisar un poco su cabello, abrió. Sus ojos se posaron en la joven con una mezcla de molestia y desconcierto.
—¿Qué sucede?
La muchacha, nerviosa, sostenía entre las manos un pequeño fajo de sobres.
—El señor Marcos me ha enviado con la correspondencia del día. Ordenó que fuera insistente hasta que usted abriera, dijo que eran instrucciones suyas.
Por un instante él la observó en silencio. Luego, la seriedad de su gesto se quebró en una sonrisa: comprendió de inmediato el juego. Aquello no era más que una manera de Marcos para arrancarlo de la cama y obligarlo a empezar el día.
Tomó las cartas y dijo con fingida seriedad:
—Muy bien. Ahora, harás algo más por mí. Ve a la cocina, prepara un vaso de agua fría con sal, bien cargado, y llévaselo al señor Marcos ¿entendido?, son instrucciones de él.
La sirvienta lo miró con un destello de duda en los ojos, pero acabó asintiendo.
—Como usted diga, señor.
—Excelente.
La muchacha hizo una reverencia y se marchó. Gabriel cerró la puerta y dejó escapar una pequeña risa. Luego, se dirigió hacia la silla aún sosteniendo la correspondencia entre las manos.
Rompió con cuidado el primer sobre, reconociendo de inmediato el sello de Lord Whitcombe. Sus ojos recorrieron las líneas con creciente interés y, al llegar al final, una sonrisa plena se dibujó en su rostro.
El caballero aceptaba sus términos de compra-venta, mostrándose dispuesto a iniciar de inmediato las operaciones. Además, adosaba a la carta varios documentos donde detallaba la mercancía y la cantidad exacta que requería.
Se recostó contra el respaldo complacido. Aquel trato, al fin cerrado, era una confirmación de que las gestiones comenzaban a rendir frutos. Tras revisar el resto de las cartas, dejo todo amontonado sobre el escritorio.
No había pasado un instante cuando un grito resonó desde el pasillo:
—¡Gabriel! —La voz de Marcos estaba cargada de un fastidio evidente.
….
Cerca del mediodía ambos compartían el almuerzo, cada uno ocupado en su plato hasta que Gabriel, tras un sorbo de vino, rompió el silencio:
—En unas horas saldré a la casa de los Weaver para informarles sobre mis intenciones. Es momento de hacerlo más formal.
Marcos lo miró por encima de la copa.
—Está bien… Te deseo suerte. Seguro los dejaras muy sorprendidos con tu porte y riquezas —el tono burlón era inconfundible.
—Claro, porque no hay nada más convincente que el brillo de mi oro y la rigidez de mi postura, ¿verdad?
Marcos rió, mientras Gabriel volvía a tomar su tenedor.
—Bueno, no subestimes el poder de una chaqueta bien cortada y un gesto altanero —replicó Marcos—. Podrías dejarlos boquiabiertos antes de pronunciar palabra.
—Me temo que mi altivez no siempre es suficiente. Algunos prefieren la modestia, aunque no se cómo alguien podría confundirme con eso.
—Ah, modestia y tú no encajan ni de lejos —rió él—. Pero te entiendo. Confío en que sabrás darles un buen espectáculo. Y si no, siempre se puede inventar alguna anécdota extra para impresionar un poco más.
—Gracias, realmente valoro tu ayuda estratégica —replicó Gabriel, con un toque de sarcasmo—. Aunque sospecho que si estuvieras ahí, tu plan secreto incluiría hacerme tropezar antes de cruzar la puerta.
Marcos ladeo la sonrisa, con aire malicioso.
—Tal vez, pero te prometo que sería un tropezón elegante, digno de tu fama.
Ambos rieron, y Marcos continuó:
—¿Sabes qué creo? Que deberías llevar un pequeño abanico para dramatizar tu entrada. Eso te daría un aire mucho más elegante.
—Tus consejos sobre cómo impresionar a los demás son bastante peculiares —contestó Gabriel, mientras cortaba un trozo de carne y lo llevaba con calma a la boca.
—Peculiares, sí, pero efectivos. Después de todo, ¿quién más te lo podría sugerir?
—Claro, y todos sabemos que mi porte se vería completamente arruinado si no incluyera gestos grandilocuentes con un abanico inexistente.
—Exactamente —asintió Marcos, inclinándose en una reverencia exagerada—. La elegancia es un arte.
Gabriel lo miró de reojo.
—¿Sabes? Creo que a veces tus consejos no buscan mi beneficio, sino más bien divertirte a mi costa.
—¿Yo? —Marcos fingió ofensa—. Jamás. Solo procuró que tu imagen no sea tan intimidante como tu carácter.
—¿Intimidante dices? ¿Tú crees que eso es algo malo?
—Solo digo que incluso la perfección puede ser demasiado para algunos. Por fortuna, yo disfruto de ver cómo reaccionan los demás.
—Ah, entonces mi reputación es tu entretenimiento.
Marcos ladeó la cabeza con picardía.
—La verdad es que todo es cuestión de perspectiva; por ejemplo tú inspiras respeto, yo inspiro suspenso.
—Hmm sí, debo reconocerlo —dijo Gabriel, divertido—. Tu inspiración es tan sutil como punzante. A veces me pregunto si me estás entrenando o simplemente burlándote.
—Ambas cosas, querido. La vida sería demasiado aburrida de otra manera, ¿no crees? —luego añadió—. Además, solo busco mantenerte alerta.
—¿Cómo está mañana?
—Precisamente. Una obra maestra de la estrategia: tú despiertas, yo me divierto y, al final, todos ganamos.
Gabriel dejó escapar una risa:
—Ah sí, todos ganamos; como cuando tuve la genialidad de enviarte aquel vaso de agua.
—Pequeños sacrificios para mantener el equilibrio. No creas que no te aprecio; alguien debe recordarte que incluso la perfección necesita un poco de caos.
—Vaya, qué considerado de tu parte. ¿Y cuánto de esto es pura malicia?