Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 12

Marcos, inclinado sobre el escritorio cubierto de libros y folios, levantó la vista al escuchar el golpe.
—Adelante.

La puerta se abrió y una de las sirvientas apareció en el umbral.
—Señor, antes de marcharse, el señor Gabriel dejó una indicación para usted. Ha pedido que revise los documentos adjuntos a la carta de Lord Whitcombe y que compare el contenido con el inventario. Dijo que los hallaría en su dormitorio, junto al mueble de la cama.

Marcos arqueó una ceja, sorprendido por la mención del nombre. Si Gabriel había solicitado aquello, era porque el acuerdo ya estaba en marcha. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Entiendo. Gracias.

La joven inclinó la cabeza y se retiró. Tras un momento, él se incorporó, salió y se dirigió hacia la habitación. Fue entonces cuando, al abrir la puerta y dar el primer paso dentro, lo envolvió un aroma inconfundible: la mezcla tenue de madera, cera de velas y algo más personal, casi imperceptible, que pertenecía únicamente a Gabriel. Era la primera vez que se detenía a percibirlo con tanta atención.

Varias veces había ingresado a su dormitorio, siempre con motivos prácticos. Sin embargo, ahora se sentía distinto, como si de pronto cruzar ese umbral significara traspasar un límite invisible.

Incómodo con la idea, avanzó hacia el mueble donde descansaban las cartas y sobres apilados, tomando todo sin detenerse a examinar qué era lo que agarraba; no quería dar a sus pensamientos la oportunidad de enredarse más de lo necesario, ni que los sentimientos, agazapados en su interior, terminaran por consumirlo al permanecer en ese cuarto.

De regreso en la biblioteca, se acomodó en la silla y comenzó a revisar, tratando de localizar lo que correspondía con Lord Whitcombe.

Entre los escritos, un conjunto de páginas llamó su atención por su aparente orden: información sobre el apellido Weaver. Marcos se detuvo en seco. “Weaver…” “Evelin…”, pensó; la sorpresa lo hizo enderezarse.

La curiosidad fue más fuerte que la cautela y comenzó a hojear con mayor detalle. Lo que descubrió a continuación lo dejó momentáneamente sin aliento: cada hoja contenía datos personales de cada miembro de la familia. Fechas de nacimiento, nombres de padres y madres, descendientes, negocios, cuentas bancarias y propiedades. Incluso había registros sobre los empleados, sus responsabilidades y relaciones.

Marcos sintió un leve escalofrío. No era lo que esperaba encontrar; cada página parecía revelar un mundo íntimo y minuciosamente registrado, un mapa de vida.

Se reclinó ligeramente en la silla, dejando que sus ojos recorrieran aquel expediente una vez más. La preocupación comenzó a asentarse en su pecho. Si Gabriel tenía todo eso, debía de ser por un motivo importante, algo que excedía lo rutinario o lo trivial.

Se cuestionó por un momento el propósito de los mismos: ¿acaso era para conocer a fondo a los parientes de Evelin antes de formalizar cualquier relación? La idea lo hizo fruncir el ceño.

Al observar mejor, notó que el papel estaba algo arrugado y gastado, como si hubiera sido revisado innumerables veces. Evidentemente, Gabriel los tenía desde hacía bastante tiempo. Ese detalle, que podría haber pasado desapercibido, hizo que sintiera un ligero peso en el estómago: la intención de su amigo no era improvisada; todo estaba medido, pensado y guardado con cuidado.

Entonces la molestia comenzó a ganar terreno. Se dio cuenta de que Gabriel le estaba ocultando algo, que no confiaba plenamente en él. Si realmente lo hubiera hecho, le habría pedido que buscara esa investigación de forma directa. Esa certeza silenciosa lo hizo tensarse.

—¿Qué estás haciendo, Gabriel?

El murmullo apenas colmó la biblioteca, pero era suficiente para reconocer el desconcierto que lo embargaba. Allí tomó una decisión rápida: le consultaría en cuanto regresara. Necesitaba respuestas; no podía dejarlo pasar como si nada, sobre todo tratándose de documentación que, sin duda, era sumamente complicada de conseguir.

Apartó aquellos legajos a un lado y volcó su atención en busca de la misiva de Whitcombe. Cuando la encontró, se dispuso a realizar su trabajo. Sin embargo, por más que lo intentara, su mirada se deslizaba de vez en cuando hacía las otras hojas, recordándole la discreción y el misterio con los que Gabriel manejaba ciertos asuntos.

….
Evelin se dirigió hacia donde sus abuelos se encontraban, deseando saber qué pensaban tras la presencia de Gabriel. Al abrir la puerta, ambos la recibieron con miradas que parecían evaluarla, como si intentaran leer sus pensamientos.

—Siéntate, querida —dijo su abuelo—. Tenemos que hablar contigo.

Ella obedeció, sintiendo cómo un ligero temblor le recorría las palmas.

—Evelin —comenzó el señor Weaver—, ha venido Gabriel Whitaker a solicitar permiso para cortejarte. Nosotros necesitamos saber si tú estás dispuesta a aceptarlo.

La vibración comenzó a subir. Sabía que su abuelo tenía una noción de sus sentimientos, pero comprendía la necesidad de aquel formalismo: su abuela debía estar enterada y asegurarse de que ella estuviera de acuerdo.

—Sí… estoy dispuesta —respondió, un tanto nerviosa.

La señora Weaver inclinó la cabeza.
—¿Y hace cuánto lo conoces?

—Hace no mucho tiempo —sonrió apenas—, pero me parece un caballero adecuado para mí.

—Por lo que puedo apreciar, es así —dictaminó su abuela—. Parece muy apto y bien posicionado. Sin duda, eso beneficiaría mucho a nuestra familia.

Su esposo le dirigió una mirada algo severa, dejando entrever un claro reproche:
—No todo en la vida se trata de dinero y apariencias. Tú, más que nadie, debería saberlo.

Ella lo miró fijamente, con una ligera molestia por aquel recordatorio; luego suavizó su expresión, volviendo su atención a Evelin.
—Estoy segura que ese caballero debe de estar encantado por tu belleza y tu gracia, querida.

En su mente, la mujer se regocijaba con la idea de que por fin un hombre acaudalado se interesaba en su nieta. Aquello le traía un inmenso alivio: con su hija no había tenido tanta fortuna, y no pretendía repetir los mismos errores del pasado. Así que, decidida, resolvió que procuraría hacer lo posible para que la relación prosperara. No solo por la felicidad de Evelin, sino también para asegurarse de que quedara bien posicionada, con un porvenir sólido y digno a su lado.




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