Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 14

El interior estaba cargado de bullicio: risas desbordadas, conversaciones superpuestas y hasta el sonido desafinado de un músico que intentaba hacerse oír desde un rincón. Él apenas había dado unos pasos dentro cuando escuchó que lo llamaban:

—¡Baker! —una voz masculina se alzó entre el gentío.

Giró la cabeza y distinguió a Eduardo. El hombre, de expresión vivaz y sonrisa fácil, agitaba la mano en señal de saludo desde una de las mesas del fondo, donde la luz de las velas temblaba sobre el barniz gastado.

—Vaya, esto sí que es una sorpresa —dijo Eduardo al verlo acercarse—. Nunca pensé que te cruzaría por estos rumbos.

Marcos, tratando de calmarse, esbozó una sonrisa.
—Digamos que esta noche necesitaba despejar la mente.

—¿Despejar la mente en una taberna? —Eduardo arqueó una ceja, divertido—. Eso suena más a querer nublarla.

—Pues esperemos entonces que el licor haga bien su trabajo.

Ambos rieron. Eduardo le señaló la silla frente a él y Marcos se sentó, mientras alzaba la mano para llamar al tabernero.

—Tráigame algo fuerte para beber.

El hombre llegó enseguida con una jarra espumosa y la dejó frente a él. Marcos la tomó entre las manos y bebió un largo trago.

Eduardo lo observaba con una sonrisa torcida.
—Por cómo bebiste eso, cualquiera diría que llevabas tres días en el desierto.

Marcos dejó la jarra sobre la mesa mientras sonreía de lado.
—¿Y acaso no es esta ciudad un desierto? Solo que en vez de arena está llena de gente entrometida.

—¡Eso sí que es verdad! Aunque algunos dirían que tú no te quedas atrás con lo entrometido.

—Yo no soy entrometido —replicó él, fingiendo ofenderse—. Soy un observador atento.

—Observador —repitió Eduardo, negando con la cabeza—. Si miraras un poco más, seguro descubrirías que hasta yo tengo secretos.

Marcos entrecerró los ojos, divertido.
—Si tus secretos son tan aburridos como tus chistes, no me perdería de nada.

La jarra se vació rápido y Marcos volvió a hacer una seña.
—Tráigame una botella de vino por favor —dijo, con un tono ya más relajado, como si el lugar empezara a arrancarle el peso que traía encima.

Eduardo silbó en broma.
—Vino, ¿eh? Así que esta noche no viniste a charlar, viniste a filosofar.

—Si tú supieras filosofar con una copa en la mano, me quedarías debiendo media biblioteca.

—¡Mira quién habla! Si cada vez que te invito a beber terminas dando sermones de viejo amargado.

—Pues esta vez prometo hablar menos y beber más.

La botella llegó junto con dos copas que el hombre sirvió generosamente antes de retirarse. Eduardo levantó la suya con gesto solemne.
—Por la noche, que siempre tiene la decencia de escucharnos aunque no entendamos nada.

—Y porque no anda repitiendo lo que oye —añadió Marcos, chocando suavemente el cristal en un brindis.

El vino fue corriendo y las risas se fueron sumando a la mesa. Hablaron de cosas sin importancia: de lo mal que cocinaban en la taberna de la esquina, de un cliente borracho que había confundido a Eduardo con un prestamista, incluso de lo torpe que había sido Marcos en su primera salida de caza meses atrás, cuando casi termina cayendo al río persiguiendo a un ciervo.

Entre anécdotas y bromas, las copas se vaciaban y volvían a llenarse. No era un beber descontrolado, pero sí lo suficiente para soltar las lenguas y aligerar los pensamientos. La risa de Eduardo resonaba franca y la de Marcos, aunque al principio sonara forzada, poco a poco fue ganando naturalidad. La furia con la que había llegado se deshacía en carcajadas compartidas, como si por un instante pudiera engañarse y creer que los problemas de su cabeza quedaban al otro lado de la puerta. Hasta que, tras un silencio breve, giró lentamente la copa entre sus dedos y su sonrisa se volvió más tenue.

Eduardo lo observó un instante, inclinando la cabeza con perspicacia.
—Veo que no estás del todo relajado. ¿Qué es lo que te ronda la mente?

Marcos dejó escapar un suspiro.
—Dos cosas. El trabajo y el corazón.

—Entonces siéntete en confianza. Empecemos por el más fácil: el trabajo.

Él soltó una risa baja y bebió un trago largo de vino. Al posar la copa, lo miró con una mezcla de seriedad y cierta ironía.
—El problema… Gabriel.

Eduardo rió de inmediato.
—Créeme, no me sorprende. Ese hombre tiene la mirada de quien podría arrancarte la piel con solo parpadear. ¡Cualquiera diría que trabajar para él es un deporte extremo! Parece que un paso en falso podría costarte la vida.

Marcos soltó una carcajada, inclinándose hacia atrás en la silla.
—Sí, mi “terrible jefe”. Casi parece que quisiera matarme, aunque creo que si me apuntara con un cuchillo sería más claro.

Eduardo rió golpeando la mesa suavemente con la palma de la mano.
—¡Eso sí que sería un alivio! Menos indirectas y más acción.

La risa de ambos se prolongó un instante atrayendo la mirada curiosa de un par de mesas cercanas. Luego, aún sonriente, Eduardo se inclinó hacia adelante apoyando los codos sobre la mesa.

—Si no es molestia —dijo con tono relajado—, me gustaría saber ¿cómo es que terminaste trabajando para Gabriel? Él me parece un hombre… digamos… peculiar.

Marcos sonrió al escuchar aquella palabra.
—Peculiar… No podrías describirlo mejor. Pero si quieres, puedo contarte cómo nos conocimos.

Tomó un sorbo de vino antes de continuar.
—Verás, yo nací en una familia bastante pobre, con padres que no sabían muy bien cómo amar —hizo una pausa—. Eran adultos descuidados que se la pasaban borrachos o durmiendo. Cuando tuve edad suficiente para darme cuenta de que no podía esperar nada de ellos, aprendí a cuidarme solo.

Rió suavemente, como quien recuerda algo duro pero elige darle un matiz ligero.
—Entre los ocho y nueve años ya sabía cómo buscarme la vida. Salía a la calle a conseguir comida, a hacer trueques con lo que encontraba. Unos clavos, cuerdas, botones… lo que fuera. Lo cambiaba por pan o unas pocas monedas. Y tengo que admitirlo —alzó la copa en un gesto de falsa vanidad— era bastante bueno en eso.




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