Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 16

Marcos frunció el ceño, incómodo; algo frío le rozaba la cara. Con un gesto lento trató de apartarlo un par de veces, pero fue inútil. Refunfuñó, se revolvió sobre la almohada y, resignado, abrió los ojos.

La escena lo hizo parpadear varias veces. Gabriel estaba sentado en una silla junto a su cama, inclinado hacia él. Sostenía un cuenco entre sus manos y, con un brillo travieso en la mirada, mojaba la punta de los dedos dejando caer pequeñas gotas de agua sobre su rostro, disfrutando cada reacción.

La claridad que entraba a la habitación lo golpeó de lleno, obligándolo a entrecerrar los ojos. Entonces lo sintió: un dolor punzante y profundo se abrió camino en su sien. La resaca, inevitable.

Gabriel lo observó con una sonrisa descarada, deleitándose con cada parpadeo forzado.
—Creí que jamás despertarías. Ya me imaginaba aquí al menos un par de horas más.

Marcos se cubrió los ojos con la mano, buscando protección.
—Eres un tonto.

La risa baja de Gabriel llenó el silencio, vibrante. Volvió a mojar los dedos y dejó caer otra gota sobre su frente.
—Y eso que apenas estoy empezando.

El suspiro de Marcos fue largo, resignado. Su mano cayó a un costado de la cama y lo miró con ojos entornados.
—Si sigues así, terminaré devolviéndotelo… y no me refiero al saludo.

—No podía permitir que siguieras ahí tirado mientras el resto del mundo sufre madrugando —apoyó el cuenco en la mesa de noche—. ¿Te imaginas lo injusto que sería?

—¿Y qué? ¿No puedo tener un poco de paz en mi cama?

—Tranquilo, pronto la tendrás. Pero primero sopórtame. Ordené que te preparen un baño caliente; así estarás más presentable antes de que retomemos nuestra charla.

—Está bien —dijo él, resignado.

Gabriel sonrió y por un segundo dejó vagar la mirada por la habitación, hasta que reparó en un libro junto a la cama. Lo alzó con curiosidad.
—¿Y esto qué es? —hojeó apenas la primera página—. ¿Qué estás leyendo?

Antes de que pudiera examinarlo más a fondo, Marcos se lo arrebató con un movimiento rápido.
—¡No! —replicó, mientras lo colocaba bajo la almohada—. Eso es personal.

—¿Acaso no puedo ver?

Marcos se acomodó sobre la almohada, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Dije que es personal.

Gabriel curvó los labios en una sonrisa pícara:
—Bueno, está bien, lo respeto. No voy a insistir —mojó sus dedos por última vez y lo salpicó antes de ponerse de pie—. Nos vemos abajo.

Marcos esbozó una sonrisa fingida, secándose el rostro con ambas manos. Cuando la puerta se cerró detrás de Gabriel, sacó el libro con cuidado, lo abrió en la página que más le importaba y se aseguró de que la fotografía siguiera allí, intacta. Tras comprobarlo, cerró el volumen y lo deslizó dentro del cajón del velador.

Con pesadez, se sentó al borde de la cama. Su sien latía como si lo golpearan desde dentro, pero en sus labios se dibujó una leve sonrisa: Gabriel había estado ahí, esperándolo hasta que abriera los ojos. Sin embargo, esa mueca se desvaneció pronto, cuando su pensamiento se volvió más serio. Probablemente hoy sería otro día cargado de discusiones tras lo ocurrido ayer.

Tras el baño reparador y con el estómago rugiendo, bajó en busca de algo para calmar el hambre. Al llegar a la planta baja, se detuvo de golpe: recordó la botella de vino rota. De inmediato, vinieron a su mente las palabras de Gabriel sobre la limpieza del desastre. Hizo un gesto de fastidio y se dirigió hacia el salón; sin embargo, al entrar, se llevó una sorpresa. El lugar estaba impecable. Ni rastros de vino ni de vidrios. Frunció el ceño, intrigado, pero decidió no darle demasiada vuelta. El hambre lo empujaba, así que continuó hacia la cocina.

Saludó a los empleados, tomó un trozo de pan y, mientras mordía distraídamente, comenzó a charlar con la misma confianza de siempre. En medio de la conversación, se detuvo un instante y preguntó con una media sonrisa:
—Por cierto… ¿alguien sabe quién se adelantó a salvarme la vida limpiando el campo de batalla del salón? Porque créanme, yo estaba dispuesto a enfrentarme a esos vidrios en cuanto pudiera.

Los presentes rieron suavemente. El cocinero, que estaba en la mesa cortando verduras, levantó la vista un momento, sonriendo de lado.
—Fue el señor Gabriel. Pidió que le trajeran los elementos y se encargó él mismo. Dijo que no quería que alguien se lastimara recogiendo los vidrios.

Marcos se quedó un segundo inmóvil, el trozo de pan detenido a medio camino hacia su boca. Parpadeó, como si la respuesta no terminara de encajarle. Gabriel… limpiando. La imagen resultaba casi absurda.

—¿Gabriel? —repitió incrédulo.

El hombre asintió; entonces Marcos soltó una risa breve. La idea de verlo con su aire soberbio e impecable vestimenta, agachado recogiendo vidrios en silencio, tenía algo de irreal.

—Ese hombre cada día me sorprende más —murmuró, casi para sí mismo, con una sonrisa que no supo si era de burla o de genuina intriga.

Cuando terminó el trozo de pan, antes de salir, tomó una naranja del canasto sobre la mesa. La elevó en el aire con un movimiento ágil, atrapándola de nuevo con una sonrisa ladeada y, al hacerlo, miró a los empleados.

—Bueno… voy a ver al jefe —dijo, con un guiño cómplice.

….
Se detuvo frente a la puerta, respiró hondo y tocó suavemente. Al entrar, Gabriel estaba terminando de acomodar unos libros en el estante más alto.

Lo observó en silencio unos segundos. Luego, para romper la tensión, levantó la naranja que llevaba en la mano.
—Te traje una fruta —anunció, con media sonrisa, exagerando el gesto como si fuera a lanzársela.

Gabriel lo miró de reojo. Marcos arrojó la naranja y él la atrapó en el aire sin esfuerzo.
—Gracias —dijo apenas, mientras la hacía rodar entre sus dedos.

Luego, se apoyó en el borde del escritorio. En sus ojos brillaba esa mezcla inquietante de picardía y autoridad que Marcos conocía demasiado bien. Con un simple movimiento de cabeza, indicó:
—Siéntate.




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