Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 19

La noche seguía despierta y Marcos aún conversaba con Ivy; se encontraba tan cómodo que incluso olvidó dónde estaba hasta que la voz de Gabriel, firme y animada, atravesó la madera:
—¡Marcos! —Tocó la puerta con firmeza.

Él permaneció inmóvil, como si aquel llamado lo hubiera clavado al asiento. Una oleada incómoda lo recorrió. Conociéndolo, estaba seguro de que descubriría en un instante que no había hecho nada con aquella mujer; entonces vendrían las burlas, y no quería pasar por eso.

Giró la vista hacia Ivy, que lo observaba divertida, como si toda la situación fuese un pequeño juego. Con un gesto rápido de la mano, ella le indicó que respondiera algo para ganar tiempo.

—¡Ya voy! —gritó, forzando un tono despreocupado.

Con una chispa de picardía, Ivy se acercó a Marcos sin perder la sonrisa y, en un movimiento travieso, le desordenó el cabello con los dedos. Luego lo ayudó a quitarse las prendas de arriba hasta dejarlo solo con la camisa, de la cual tiró los botones para dejarla medio abierta, como si recién hubiera terminado de vestirse a toda prisa. Marcos arqueó las cejas, sorprendido, pero no se atrevió a detenerla.

Con aire teatral, ella se dejó caer sobre la cama. Se deslizó bajo las sábanas con gracia, bajándose el vestido hasta exponer la piel de sus hombros y el escote; también desordenó su cabello, como si acabara de salir de un juego de pasión.

Marcos no pudo evitar reír, entre nervioso y divertido. La escena era absurda pero ingeniosa. Ella le devolvió la sonrisa logrando que en ese cruce naciera una complicidad ligera, traviesa, casi infantil.

Respirando hondo, él se acomodó lo justo para no parecer demasiado evidente y, resignado, giró el picaporte.

Al abrir, encontró a Gabriel en el pasillo, con esa expresión satisfecha que lo delataba sin esfuerzo. Sus ojos se pasearon con rapidez sobre el aspecto desordenado de Marcos —el cabello revuelto, la camisa mal abrochada— y después se desviaron hacia la cama, donde Ivy lo observaba desde las sábanas.

Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Bueno, veo que alguien se divirtió más que yo.

Marcos sintió el calor subirle al rostro, pero se obligó a responder con descaro.
—Ya sabes, algunos tenemos talento natural. No es culpa mía.

Gabriel soltó una carcajada y le dio un golpe amistoso en el hombro.
—¡Bribón! —exclamó entre risas—. Anda, vámonos. Estaba pensando en pasar por una taberna y estirar un poco la noche. ¿Qué dices?

—Perfecto, dame un minuto y salgo —estaba agradecido por la idea de marcharse.

—Te espero afuera —Gabriel se alejó aún divertido.

Cuando la puerta se cerró, Marcos dejó escapar un suspiro largo.
—Gracias —le dijo a Ivy, acercándose—. De verdad me salvaste.

Ella sonrió, disfrutando tanto del engaño como él de haber salido airoso.
—No tienes que agradecerme. Fue entretenido hacerte pasar por libertino.

Marcos rio de verdad esta vez, mientras intentaba peinarse frente al espejo y se vestía de nuevo. Luego se acercó a la cama, tomó con suavidad su mano y le dejó un beso en el dorso.
—Me encantaría que pudiéramos volver a hablar.

Ivy lo miró sorprendida por el gesto, con una dulzura distinta brillando en los ojos. Marcos sacó un pedazo de papel, escribió su dirección a toda prisa y se lo tendió.
—Cuando quieras, puedes visitarme. No importa la hora.

Ella lo tomó con cuidado y lo guardó entre los dedos.
—Lo haré. No lo dudes.

Se sonrieron en silencio, como viejos conocidos, aunque apenas se hubieran encontrado esa noche.

Marcos respiró hondo, se acomodó la ropa una última vez y, con una media sonrisa todavía en los labios, se dirigió a la puerta.

El aire de afuera le pareció más fresco, más respirable, como si al dejar atrás las paredes del burdel también se hubiera alejado de un ambiente intoxicante. Al subir al coche se dejó caer en el asiento, cerrando los ojos un instante, agradecido de poner distancia sobre aquel lugar que lo había hecho sentir tan incómodo.

A medida que avanzaban, frente a él, Gabriel se acomodaba con el cuerpo distendido y el rostro relajado, como quien ha descargado una tensión. Tenía el destello de alguien que se había complacido sin reservas.

Observandolo de reojo, un cosquilleo extraño se agitó en el estómago de Marcos: una mezcla de ternura y celos que trató de sofocar. Pero Gabriel, siempre perspicaz, no tardó en notarlo.

—¿Qué pasa?

Marcos se sobresaltó, atrapado en plena contemplación. Forzó una sonrisa rascándose la nuca con un gesto torpe.
—Nada, solo que…—busco un tono burlón—. Se te escuchaba por toda la casa, ¿sabes?
Los labios de Gabriel se curvaron lentamente en una sonrisa ladina, de esas que solía tener cuando no se dejaba intimidar por nada.
—¿Ah, sí? Entonces ahora todos saben lo bien que la pasé.

Marcos rió, aunque con un filo nervioso. Gabriel, en cambio, se recostó en el asiento con un aire pícaro y dejó que el silencio los envolviera de nuevo.

A los minutos, el carruaje se detuvo frente a una taberna de madera robusta, de la que emanaba un olor a mezcla de humo y cerveza.

Gabriel descendió primero e hizo una reverencia exagerada, tendiéndole la mano a Marcos.
—Con cuidado, caballero —dijo en tono solemne.

Él lo miró divertido y terminó aceptando la mano solo para seguirle el juego. Apenas puso pie en el suelo, ambos rompieron en carcajadas.

—Eres un idiota.

—Pero un idiota con modales —replicó Gabriel, guiñándole un ojo.

Dentro, el lugar estaba decorado con mesas gastadas por el tiempo; había parroquianos en la barra, un grupo de hombres lanzando dados en un rincón y el fuego de la chimenea llenando el ambiente.

Eligieron una mesa junto a la ventana. El tabernero, un hombre robusto de bigote espeso, se acercó.
—¿Qué les sirvo, caballeros?

—Una botella de su mejor vino —ordenó Gabriel.

El hombre se retiró y Marcos arqueó una ceja.
—¿El mejor? ¿Y no sería más sabio pedir el menos sospechoso? —dijo, fingiendo desconfianza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.