El carruaje avanzaba bajo la penumbra y Gabriel se sentía animado: el día fue todo lo que esperaba. En contraste, Marcos guardaba un silencio más elocuente que cualquier palabra; no había olvidado lo que ella insinuó sobre su lugar junto a él.
Evelin, por su parte, sintió durante todo el trayecto las miradas duras de Marcos sobre su piel pero, aunque le incomodaba, no se permitió bajar la vista.
Al llegar a la casa Weaver, ella comprendió que, en cuanto cruzaran esa puerta, el contacto con Gabriel tendría que quedar reducido a lo correcto. Movida por el impulso, se giró hacia él y pidió:
—Bésame fuerte antes de bajar.
Gabriel quedó sorprendido. Sus labios se entreabrieron un instante y, de reojo, buscó la reacción de Marcos.
Este arqueó una ceja, con una sonrisa torcida. —¿Quieren que me vaya a otro lado mientras se devoran? —dijo con un tono irónico.
—¿Podrías? —respondió Evelin con descaro.
Gabriel soltó una risa divertida. Marcos, en cambio, clavó la mirada en ella, endurecido, y esbozó una sonrisa falsa, helada.
—Claro, por qué no.
Abrió la portezuela y descendió en un movimiento brusco, cerrando con un golpe seco. Tras quedar solos, Gabriel giró hacia ella, aún con el eco de aquella risa en su rostro.
—Eso ha sido bastante reprochable.
—Puede ser —replicó, acercándose más—, pero es tu culpa que yo me ponga así.
Él la miró un instante y la besó, al principio con cierta contención, pero pronto se quebró la barrera. Sus labios se deslizaron hacia la comisura de su boca, luego a su mejilla, hasta descender a su cuello. Allí, su autocontrol se volvió frágil. El sabor cálido de su piel lo envolvió y, cuando Evelin dejó escapar un gemido bajo, Gabriel sintió un golpe de deseo que casi lo dominó. Sonrió contra su cuello, atrapado en el impulso de besarla más, de seguir hundiéndose en ella. Pero entonces, se obligó a detenerse, apartándose para mirarla.
—No debo. No quiero faltarte el respeto.
Evelin sonrió suavemente.
—No te preocupes. Me encantó.
Gabriel cerró los ojos un instante para recobrar por completo la compostura. Luego tomó su mano, la besó y, con un gesto suave, la ayudó a descender del carruaje.
Para cuando se cerró la portezuela tras dejarla, Marcos y Gabriel quedaron frente a frente en el interior del coche, en una penumbra apenas marcada por la luz de un farol exterior.
Marcos entrecerró los ojos.
—¿Sabes? —dijo con voz lenta, casi burlona—. Todavía me pregunto por qué demonios permitiste que me hiciera bajar del carruaje.
Gabriel giró la mirada hacia la ventana, serio, como si el comentario no lo rozara.
—Porque necesitaba privacidad. Y porque no es asunto tuyo, Marcos
—Oh, claro que lo es. Porque después de todo, yo también estoy metido en este plan tuyo. Y lo curioso es que hoy parecías bastante… divertido. Te veías contento, Gabriel. Casi como si hubieras olvidado por qué te acercaste a ella en primer lugar.
Gabriel giró lentamente la mirada hacia él, con una sombra de molestia en sus ojos.
—No olvidé nada.
—¿Seguro? —Marcos se inclinó, buscando provocarlo—. Porque desde este lado, lo que vi fue a un hombre disfrutando. No al calculador que me arrastró.
—Confundes disfrute con estrategia. Lo que yo haga, lo que muestre o no muestre, está evaluado. Siempre.
—Entonces debo admitirlo, son curiosos tus juegos perversos.
—Y tú deberías agradecer que seas parte de ellos, en lugar de cuestionarlos.
Marcos abrió la boca para replicar, pero Gabriel lo interrumpió antes de que pronunciara palabra.
—Porque si un día decides ponerte en mi contra, Marcos… créeme que no saldrás bien parado.
Él se quedó callado. La sonrisa torcida se le borró del rostro y la oscuridad del carruaje pareció cerrarse sobre sí.
“¿De verdad Gabriel piensa eso? ¿Que podría traicionarlo?”
Desvió la mirada hacia la ventana, fingiendo interés en la negrura de la calle, pero en el fondo lo único que quería era ocultar el dolor que acababa de sentir. Había sido él quien empezó a provocar, sí, lo sabía. Pero jamás se le hubiera ocurrido que Gabriel, conociéndolo como lo conocía, pudiera siquiera insinuar algo así.
Traicionarlo… ni en sueños.
El carruaje siguió avanzando, y Marcos permaneció apretando los dientes con la mirada perdida.
Al principio, Gabriel no notó la tensión hasta que se giró apenas para observarlo. La manera en que evitaba mirarlo, la rigidez en sus hombros, el silencio cargado… entonces lo comprendió. Sintió el peso de sus propias palabras hundirse en él como una losa.
Se había excedido. No había razón para decirle eso. Porque si había una persona en la que podía confiar ciegamente, era Marcos. Él nunca lo traicionaría. Lo sabía mejor que nadie.
—Marcos… —dijo, con un tono distinto, más humano—. No debí decirlo. Me dejé llevar por el enojo. Lo lamento.
Marcos no lo miró. Ni siquiera parpadeó. Solo respondió con un murmullo áspero, casi frío:
—Claro.
Una sola palabra, pero lo suficientemente dura como para hacerle entender que una disculpa no alcanzaba.
Gabriel lo sostuvo con la mirada unos segundos, notando que el daño ya estaba hecho. Su pecho se contrajo con una punzada: había cruzado un límite que jamás debería haber tocado.
El resto del trayecto lo hicieron en un silencio asfixiante, hasta que se detuvieron frente a la casa. Marcos bajó sin mirarlo y entró con paso rápido para perderse en su cuarto. Cuando Gabriel ingresó, sus pensamientos lo empujaban en una sola dirección: hablar con él, aclarar todo antes de que la herida se abriera más.
Se detuvo frente a su puerta y levantó la mano, dispuesto a tocar. Pero entonces, el silencio al otro lado lo detuvo. Tal vez lo mejor era dejarlo respirar.
Suspiró, bajó lentamente el brazo y se quedó unos segundos mirando aquella puerta cerrada. Luego, resignado, se dio la vuelta y caminó hasta su propia habitación.