Marcos entró en la habitación con una sonrisa tranquila, dibujada a la fuerza en el rostro, como si quisiera borrar todo rastro de la charla que acababa de tener. Cerró la puerta y buscó de inmediato los ojos de Ivy.
Ella seguía sentada en la cama, con las manos entrelazadas sobre las piernas.
—¿Está todo en orden? —Temía la respuesta.
—Sí, sí. Tranquila.
Tomó una silla y la colocó frente a ella, sentándose como si fuera a confesarse. Ese gesto, tan simple, bastó para que Ivy sonriera.
—Vaya, parece que me espera una larga historia.
Marcos soltó una risa y se frotó la nuca, buscando las palabras.
—Más que larga… complicada.
Entonces empezó a hablar. Le contó más sobre Gabriel: su carácter rígido, su manera de ver la vida y sus contradicciones. Le habló también de Evelin y de la salida del día anterior, de cómo había dejado entrever lo que no era. Narró con detalle, pero cuidándose de omitir la verdad que movía a Gabriel; para Ivy, Evelin quedó retratada simplemente como un interés amoroso.
Ella escuchaba atenta, sin interrumpirlo, asintiendo de vez en cuando o torciendo el gesto en señal de desaprobación en las partes donde el relato se volvía turbio.
Cuando él terminó, Ivy soltó el aire en un suspiro.
—No sé por qué, pero esa tal Evelin no me agrada en lo más mínimo.
Marcos no pudo contener la risa.
—A mí tampoco —dijo divertido, inclinándose hacia adelante como si compartiera una conspiración.
Ella sonrió ante su risa.
—Aunque debo admitir algo. Ahora que vi mejor a Gabriel, entiendo en parte por qué está enamorada de él. Es atractivo, tiene una belleza difícil de ignorar.
—Sí, lo sé. Eso también me gusta de él, ¿sabes? Esa maldita belleza que lo hace más llamativo todavía, incluso cuando me lanza esa mirada de condena.
—Entonces lo tuyo es masoquismo.
—Puede ser —respondió con fingida gravedad—. Pero alguien tiene que resistirlo, ¿no?
Ambos rieron, y las confesiones siguieron tejiendo un lazo entre ellos. Incluso llegó un momento en que terminaron tendidos en la cama, uno junto al otro, con las piernas colgando. Ivy yacía boca arriba, con los brazos descansando sobre su vientre, mientras Marcos tenía los suyos cruzados sobre el pecho a medida que seguía relatando:
—Entonces me acerqué despacio, con el agua helada en la mano y ¡zas! —chasqueó los dedos, evocando la escena—, Gabriel saltó de la cama como si lo hubieran prendido fuego.
Ivy se dobló de la risa, cubriéndose el rostro con una mano.
—¡No! —jadeó entre carcajadas—, no puedo creerlo.
—¡Te juro que sí! Y otra vez, se me ocurrió despertarlo cantando a los gritos una canción que odiaba. Estaba tan furioso que ni siquiera me habló por horas.
—¡Eres terrible, Marcos! ¿Cómo sigues vivo después de eso?
—Porque en el fondo se que le agrada mi ingenio —dijo divertido.
Cuando las carcajadas se calmaron, él bajó un poco la voz:
—¿Sabes? También hubo un día en que Gabriel me dio un lirio.
—¿Un lirio?
—Es mi flor favorita... Después de una terrible broma, por cierto, la sacó de detrás de su espalda y me la tendió con todo el dramatismo del mundo. Dijo que era una flor digna de alguien como yo.
Un brillo curioso cruzó la mirada de Ivy. Se incorporó un poco apoyándose en un codo para mirarlo.
—Eso es muy romántico… Quizás… quizás él siente algo por ti.
Marcos soltó una carcajada, ladeando la cabeza.
—No, no. Gabriel hace esas cosas en broma, estoy seguro.
—Pero para ti fue otra cosa.
Bajó un poco la mirada, pero no pudo borrar la sonrisa.
—Sí, para mí fue especial. Lo sentí como un regalo.
Ivy lo miró con ternura y, tras un silencio breve, preguntó con picardía:
—¿Y nunca quisiste besarlo?
Él la miró por un segundo antes de volver la vista al techo, dejándose llevar por la sinceridad.
—Desde que logré poner en orden mis pensamientos, desde que supe, ya sin dudas, que estaba enamorado de Gabriel… la idea de besarlo me ha cruzado por la cabeza muchas veces. —Sonrió, con un dejo de timidez y anhelo—. Y sí, es lo que quisiera. Saber lo que se siente, aunque fuera solo una vez.
Ella comprendió la magnitud de aquella confesión.
—Pues si algún día lo haces, espero que no sea después de tirarle agua fría para despertarlo.
Marcos soltó una carcajada franca.
—Prometido.
Se quedaron un buen rato callados, recostados y mirando a la nada, escuchando cómo la lluvia repiqueteaba contra las ventanas. Todo había sido dicho.
De pronto, Ivy giró un poco la cabeza, con un gesto tímido.
—¿Puedo ser un poco atrevida?
Él arqueó una ceja, intrigado.
—Depende. ¿De qué clase de atrevimiento estamos hablando?
—De la bañera. Intenté usarla hoy en el burdel, pero siempre está ocupada por las otras muchachas. Me daba vergüenza insistir, pero ahora… —se mordió el labio con un dejo de pudor—. Me encantaría darme un buen baño. Hace tanto que no tengo uno como corresponde.
—¡Pero claro que sí! No hay problema con ello —se incorporó de la cama en un solo movimiento—. Deja que me encargue de pedir que calienten el agua ahora mismo.
Ivy lo miró con gratificación.
—De verdad, gracias. No sabes cuánto lo aprecio.
Marcos sonrió de lado, restándole importancia.
—Créeme, después de soportar mi voz toda la tarde, te lo mereces.
Ella volvió a sonreír y una atmósfera cálida, casi familiar, llenó el espacio entre los dos. Era una sensación de hogar que no sentía desde hacía una eternidad.
Mientras tanto, en su cuarto, Gabriel intentaba concentrarse en el libro abierto sobre sus rodillas, pero la lluvia no le daba tregua: golpeaba con fuerza los vidrios lo que, sumado a sus propios pensamientos, le impedía fijar los ojos en la lectura.
Terminó cerrándolo con un suspiro; se levantó y se acercó a la ventana, apartando la cortina apenas con los dedos. Afuera, la tormenta había arreciado; la oscuridad cayó más rápido de lo habitual, tragándose los contornos.