El cielo todavía arrastraba la oscuridad del día anterior. No llovía, pero en el aire flotaba esa frescura húmeda que impregnaba las piedras y las maderas, dejando notar que todo el pueblo había pasado la noche bajo un manto de agua.
Era temprano y el patio delantero de la casa estaba en penumbra cuando Marcos dio algunas instrucciones al cochero, indicándole que llevara a Ivy adonde ella señalara y que no se apartara de su lado hasta verla bien instalada.
Cuando todo estuvo dispuesto, se giró a mirarla.
—Bueno —dijo con una leve sonrisa—, creo que ya está todo listo. Ayer fue un día distinto gracias a ti. Me hizo bien tu visita, sobre todo que me escucharas.
—A mí también me agradó pasar el rato contigo. Eres una buena persona, Marcos. Lo digo en serio. No cualquiera se detendría a darme un lugar en su mesa ni me ofrecería su tiempo.
Él alzó una ceja, con un gesto juguetón.
—¿Buena persona? Eso es un elogio demasiado grande para mí. Ya me empiezas a preocupar.
Ivy soltó una risa ligera.
—Lo digo de verdad… y espero que pronto podamos volver a vernos.
—No lo dudes. Y ten en cuenta que siempre habrá un lugar aquí para ti.
Ella lo sostuvo con la mirada unos segundos más, como si quisiera grabar sus palabras antes de partir.
….
Nuevamente dentro, Marcos empezó a caminar por el pasillo con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, dirigiéndose a la habitación de Gabriel.
Sabía que no podían seguir como en los últimos días, llenos de roces y frases ásperas. Sentía el peso de esas discusiones como si algo se estuviera agrietando entre ellos, y la sola idea de que una distancia creciera le resultaba insoportable.
Se detuvo frente a la puerta y golpeó suavemente con los nudillos.
—¿Planeas quedarte enterrado ahí todo el día?
Del otro lado, sonó la voz grave de Gabriel:
—Pasa. Si vas a molestarme, al menos hazlo de frente.
Marcos abrió despacio y asomó la cabeza. Gabriel estaba recostado en la cama, cubierto hasta la cintura con las mantas, los cabellos revueltos y los ojos apenas entreabiertos, como si la madrugada todavía le pesara en los párpados. La escena, tan sencilla, le provocó una emoción íntima en el pecho.
Entonces entró.
—Ya decía yo que el mundo allá afuera parecía vacío. Aquí te ocultas, conspirando contra el deber.
—¿Y tú qué sabes? Tal vez mi gran conspiración sea dormir mientras tú haces todo el trabajo —contestó con ironía. Luego, corrió apenas un poco las mantas a su lado—. Anda, acuéstate. No voy a morderte.
El corazón de Marcos dio un salto desordenado. El gesto era inocente, pero para él se sentía como una invitación peligrosa. Se acercó fingiendo indiferencia hasta dejarse caer de espaldas junto a él. No era la primera vez que compartían un espacio tan cercano; aun así, ahora, cada ocasión lo desarmaba, arrastrándolo sin remedio hacia un abismo de deseo callado.
—¿Y bien? No viniste hasta aquí solo para criticar mis hábitos matutinos. ¿Qué quieres, Marcos?
El nombre en su voz, dicho con esa familiaridad de siempre, lo atravesó como un filo dulce. Sabía que había llegado el momento de hablar, aunque no de todo.
—Lo que quiero, Gabriel, es que charlemos. Últimamente estamos teniendo demasiados roces. —Giró apenas el rostro hacia él, aunque Gabriel seguía mirando el techo—. Y no me gusta.
Gabriel permaneció en silencio unos segundos.
—Tienes razón, nos estamos desgastando. —Su voz salió seca, cortante—. Y ahora, mi problema, es que estés interesado en una prostituta.
—¿Eso crees?
—¿Y qué otra cosa debería pensar? —replicó, ahora sí mirándolo de frente—. Pasaste una sola noche con ella y ya está aquí, sonriéndote como si fueras su salvador. Esas mujeres… solo no quiero verte arrastrado en algo que te va a lastimar.
—Te equivocas. Ya te lo dije, ella es solo una amiga. Alguien con quien puedo hablar sin que me juzguen.
Apenas dijo eso, notó cómo la expresión de Gabriel se endurecía. Sus ojos se entornaron, molestos.
—¿Y qué quieres decir con eso? ¿Que yo te juzgaría? ¿Que no confías en mí para hablar de esas cosas?
La ofensa vibraba en sus palabras. Marcos tragó saliva, mirando otra vez al techo. No podía decirle que sí confiaba, que lo único que no podía era confesarle lo esencial, ese amor que lo consumía.
—No es que no confíe en ti —dijo con voz baja—. Es solo que a veces me cuesta hablarte de ciertas cosas. Tú eres demasiado correcto, duro con todo. Con Ivy es distinto, ella no espera nada de mí, no me analiza, no me mide. Solo escucha.
Gabriel lo observó un instante, sopesando cada palabra, antes de soltar con brutal franqueza:
—Lo que pasa, Marcos, es que me da celos.
Él sintió que el corazón se le detenía. Un nerviosismo extraño lo recorrió entero y, antes de pensar demasiado, dejó escapar una sonrisa ladeada.
—¿Celos? —soltó en tono burlón—. Entonces quédate tranquilo, soy todo tuyo. No tienes que competir con nadie.
La frase sonaba ligera, como un chiste lanzado al aire, pero llevaba por dentro un filo de verdad.
—No le des tantas vueltas. Yo solo digo las cosas como son. —Luego añadió, con un dejo de ironía—: Y qué alivio… pensé que iba a tener que empezar a pagarte por tu lealtad.
Marcos soltó una risa baja.
—Ni con todo lo que tienes te alcanzaría para pagarme.
El silencio se estiró un instante, pero de pronto el rostro de Marcos se volvió serio. Giró otra vez la cabeza hacia él.
—Lo que sí me preocupa a mi es otra cosa. —Hizo una pausa—. Con Evelin, te vi demasiado cómodo. Parecía que estabas encantado de tenerla a tu lado.
Gabriel frunció el ceño, girándose apenas para enfrentarlo.
—No es así. No confundas una fachada con la realidad.
—¿Fachada? Pues lo hacías bastante bien, porque hasta parecía que te olvidabas de todo lo demás. —Apretó la mandíbula y siguió—: Y lo del depósito, ¿qué? La escuché igual que tú. Insinuó que yo te quitaba poder, que te debilitaba.