Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 27

Gabriel, sentado tras el escritorio, repasaba una y otra vez los balances, moviendo la pluma sobre las hojas. Frente a él, Marcos, con la chaqueta algo desordenada y el cansancio dibujado en el rostro, revisaba otros documentos que él le había pasado.

—Aquí las cifras cuadran —murmuró Marcos, pasando la yema de los dedos por una columna de números—. No hay fuga ni error.

Gabriel asintió sin levantar la vista, concentrado en sus anotaciones.

El silencio se prolongó hasta que Marcos carraspeó suavemente.
—Y… ¿no piensas indagar sobre lo que ocurrió con Evelin en el coche?

—No —contestó, sin apartar los ojos del papel.

—¿No?

—Ya sé lo que pasó. Evelin me comentó algo.

Eso captó del todo la atención de Marcos. Se inclinó hacia adelante.
—¿Y qué fue lo que te dijo?

—Que intercambiaron palabras —respondió Gabriel, seco, mientras hacía una anotación al margen.

Marcos soltó una risa amarga.
—¿Palabras? Eso es una forma muy elegante de decirlo. Fue más que eso, Gabriel. Ella piensa que me aprovecho de ti.

Él alzó la vista apenas un segundo y volvió a los números.
—Lo sé… ni me importa demasiado. Solo son los delirios de una chiquilla.

—¿Delirios, dices? Ojalá fueran solo eso. Ella me odia, y no pierde ocasión de dejarlo claro.

Gabriel soltó un resoplido.
—Entonces procura no darle motivos. Y si van a pelear, háganlo discretamente. No soy el padre de ambos para tener que corregir sus comportamientos cada vez que se cruzan.

Marcos sonrió con ironía y dejó la pluma sobre la mesa.
—Bueno, si fueras mi padre, al menos me habrías regalado un reloj más barato.

Divertido por aquel comentario, Gabriel negó con la cabeza, pero la chispa de humor desapareció rápido cuando Marcos, más serio, añadió:
—Aunque tú dijiste que te encargarías de esa situación.

Él levantó por fin la mirada, esta vez con un tono más duro en los ojos.
—Lo recuerdo. Y lo estoy manejando a mi manera. No necesito que me lo repitas ni que intentes apresurarme.

Marcos lo sostuvo con la mirada, buscando si había algo más detrás de esas palabras. Pero Gabriel ya había bajado los ojos de nuevo, dejando claro que el tema, al menos por esa noche, estaba cerrado.

….
Era casi mediodía; ambos estaban de pie frente a la entrada de la casa, intercambiando un par de comentarios mientras Gabriel ajustaba bajo el brazo la carpeta con los documentos contables.

El ruido de una carreta acercándose los hizo girar. El vehículo se detuvo justo frente a ellos y, de un salto ágil, apareció Eduardo con la misma sonrisa de siempre.

—¡Por fin los encuentro! —levantó las manos en señal de triunfo—. Pensé que se habían olvidado de mí, o que se habían vuelto hombres más respetables, que es casi lo mismo.

Gabriel se mantuvo serio y Marcos, con tono burlón, respondió:
—Más respetable, tal vez Gabriel. Y olvidarse de ti… créeme, a veces es tentador.

Eduardo soltó una carcajada sonora.
—Sabía que no iba a recibir flores de tu boca.

—¿Flores? Más bien un ramo de ortigas, que es lo único que se te merece.

—¡Vaya amistad! —rió Eduardo, mirando a Gabriel—. ¿Ves lo que tengo que aguantar?

Gabriel hizo apenas una mueca, aunque estaba divertido en silencio.

—En fin, no vengo a discutir mi encanto —continuó, extendiendo la mano con un sobre—, sino a invitarlos a una fiesta social que organizo en unos días.

—¿Tú? —se burló Marcos, tomando la carta—. ¿El mismo que decía que esas fiestas eran puro teatro y gente desesperada por aparentar?

—El mismo —admitió con una sonrisa torcida—. Y precisamente por eso la organizo: me divierte verlos actuar. Además, necesito caras conocidas para que no sea un entierro elegante.

Gabriel asintió, sobrio:
—Estaremos allí.

—Claro, cuéntanos —añadió Marcos con sorna—. Alguien tiene que animar tu velorio de vanidades.

Eduardo, con una mirada traviesa, agregó:
—Y, por supuesto, pueden traer compañía femenina si lo desean. Ya saben… las fiestas siempre se disfrutan más con una dama al lado.

Les guiñó un ojo exageradamente antes de subir nuevamente a su coche. Con un gesto amplio de despedida, partió entre risas.

—Debo marchar —Gabriel se empezó a aproximar al carruaje.

—Suerte con eso —dijo Marcos, dándole una palmada ligera en el hombro antes de regresarse al interior.

Gabriel se encaminó entonces solo hacia la residencia de los Weaver, llevando consigo los números que sellarían aquella posible sociedad. Al llegar, fue la señora quien lo recibió.

—Mi esposo ha salido a resolver unos asuntos —explicó la dama, tomando los papeles—. Pero no se preocupe, yo misma se los entregaré apenas regrese.

—Le agradezco, señora. Son cifras importantes y quería que las viera cuanto antes.

En ese instante apareció Evelin; su sonrisa brilló apenas sus ojos se posaron en él. Su abuela la miró y ella, como si lo hubiera planeado, dijo con espontaneidad:
—Abuela, ¿puedo pedirle algo? Gabriel ya cumplió con su visita y el día está tan agradable… Pensaba que quizá podríamos dar un paseo.

La mujer la observó un instante, luego dirigió la mirada a Gabriel y, finalmente, sonrió.
—Muy bien. Es sano que pasen tiempo juntos. Pero confío en que la traerá de vuelta antes de que caiga la noche.

—Por supuesto que sí, no dudé de ello.

Unos minutos después, ambos ya subían al carruaje. Gabriel la miró mientras se acomodaba en el interior.
—Dime, ¿a dónde quieres ir?

Ella lo observó con una sonrisa.
—A tu casa. Allí estaremos más cómodos y será más íntimo.

Gabriel reprimió una risa y dio la orden al cochero. Al llegar, Evelin recorrió el lugar con curiosidad; era su segunda vez allí y quería conocer cada rincón. Finalmente se acomodaron en la sala y él llevó la charla hacia lo que en verdad le interesaba.

—Dime, Evelin, ¿tu abuelo comentó algo de lo que vio ayer?




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