Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 28

La cocina era un hervidero. Marcos, apoyado en la mesa de madera, observaba cómo los empleados cortaban, revolvían y acomodaban las bandejas, sin resistirse a la tentación: cada tanto estiraba la mano y probaba un trozo de pan, una salsa o un pedazo de carne.

—¡Señor Marcos! —bramó Durant—. Si sigue metiendo mano en mis ollas, juro que le cocino los dedos y los sirvo de guarnición.

Las risas sonaron y él, con una mueca pícara, se llevó otro bocado a la boca.

—Pues te advierto que me tienes que cocinar bien, porque soy difícil de digerir.

En medio de aquella distensión, la puerta se abrió de golpe. Gabriel apareció en el umbral y el silencio se hizo inmediato; no era común verlo en la cocina.

—Marcos —dijo simplemente, mientras le hacía un gesto seco para que lo siguiera.

Éste arqueó una ceja, tragó lo que tenía en la boca y dejó el pedazo de pan que había robado.

Ya en el salón, lejos de las miradas de los sirvientes, Gabriel se volvió hacia él con una sonrisa radiante.
—Aceptó. Weaver firmará la asociación.

Su entusiasmo era tan evidente que parecía rejuvenecido. Sin embargo, Marcos permaneció serio, asintiendo apenas.

—Es una buena noticia.

Gabriel lo miró con desconcierto.
—No seas aguafiestas. Es más que “bueno”. Es el inicio de todo. Hasta Evelin se emocionó cuando lo supo.

El comentario endureció aún más el gesto de Marcos. Gabriel, notándolo, dejó escapar una pequeña carcajada.

—Vamos, no pongas esa cara. Si sigues así, vas a espantar a todos con tu humor lúgubre.

Marcos lo observó, intentando mantener el gesto serio, pero al final cedió con una sonrisa.

—Maravilloso —dijo Gabriel, señalándolo con un leve movimiento de la mano—. Eso es lo que quería ver. Esta noche vamos a brindar como corresponde.

Para la hora de la cena, entre bocado y bocado, ambos mantuvieron una conversación tranquila hasta que Gabriel pareció recordar algo. Dejó su copa sobre la mesa y lo miró.

—Necesito un favor.

Marcos frunció el ceño.
—Eso suena peligroso.

—No tanto —sonrió apenas—. Solo quiero que en la fiesta de Pembrok, lleves y acompañes a la señorita Clara Blythe.

—¿Es en serio? ¿¡Otra vez!?

Gabriel alzó una ceja, divertido por su reacción.
—Es la prima de Evelin, ya la conoces. La pasaste bien la otra vez conversando con ella.

—¿Bien? —bufó Marcos—. Solo fue tolerable… Gabriel, es la fiesta de mi amigo. No quiero ir de niñero.

—La necesito contenta. Yo iré con Evelin y ella quiere llevarla, tú sabes que no puedo encargarme de las dos.

—¿Y por qué quieres llevar a Evelin? No lo hagas y el problema está resuelto.

—Porque quiero que todos la vean a mi lado. —Dejó una pausa lo bastante larga para subrayar sus palabras—. Esto se trata de mostrar alianzas, de marcar presencia. Que me vean acompañado por la nieta de los Weaver es un mensaje.

—Claro, todo suena a estrategia para ti, ¿no? Mientras tanto, yo hago de peón para entretener.

—No es tan terrible, Marcos. Quiero que lo hagas.

Él suspiró, apoyando los codos en la mesa.
—Lo dices como si yo no tuviera elección.

Gabriel dejó escapar una sonrisa, como quien sabe que ya ha ganado antes de continuar.

….
Cuando la primera claridad despuntó en el cielo, Gabriel apenas había conciliado el sueño. Su mente iba y venía, repasando cada palabra que usaría para asegurarse de que ese contrato quedara sellado de una vez si surgía alguna duda. Sabía que era más temprano de lo habitual; aun así, se levantó, incapaz de quedarse allí sin hacer nada.

Cruzó el pasillo y se detuvo frente a la habitación de Marcos. Sonrió de medio lado, divertido por la idea que acababa de tener, y empujó la puerta con sigilo.

Dentro, Marcos dormía boca arriba y relajado. Gabriel avanzó de puntillas, se inclinó de golpe junto al lecho y dijo con voz grave, casi gutural:

—¡Marcos despierta, hay alguien en la casa!

Ante el ruido repentino, Marcos abrió los ojos de par en par, incorporándose con un reflejo instintivo, y lanzó un golpe directo contra la sombra que tenía encima. Su puño se estrelló contra el hombro de Gabriel, arrancándole un quejido entrecortado.

—¡Ah! —Gabriel retrocedió, llevándose la mano al hombro—. ¡Maldita sea!, ¿tan fuerte ibas a pegar?

—¡¿Pero qué demonios te pasa, Gabriel?! ¡Podrías haber salido peor!

Él negó con la cabeza.
—Creo que me lo busqué. Tienes un brazo peligroso, ¿eh?

Marcos se pasó una mano por la cara, entre frustrado y preocupado, luego observó su hombro con seriedad.
—¿No te hice daño?

Gabriel lo miró divertido, frotándose todavía el golpe.
—Me indigna que me creas tan frágil. Vamos, levántate, que hoy no podemos perder el tiempo.

La pequeña sonrisa de Marcos terminó aflojando la tensión mientras Gabriel se apartaba hacia la puerta. El golpe había sido más fuerte de lo que quería admitir.

Una vez en el comedor y con la mesa ya servida, Gabriel se dejó caer en una de las sillas cuando Marcos salió de la cocina con un trapo que envolvía hielo.

—Toma, imprudente —dijo, tendiéndoselo con un gesto entre reproche y cuidado.

Gabriel lo tomó, suspiró y comenzó a desabotonarse el chaleco. Siguió con la camisa, deslizándola por los hombros de forma torpe hasta quedar con el torso al descubierto. Su piel clara se tensó al contacto con el aire fresco y se estremeció apenas al aplicar el trapo frío sobre la zona golpeada.

Ya sentado frente a él, Marcos había intentado distraerse con un trozo de pan, pero ahora no podía evitar mirarlo de reojo. Sus ojos se posaban en los músculos definidos, en el movimiento de su respiración, en la manera con la que sostenía el hielo contra su piel. Una mezcla de deseo y frustración lo atravesaba, obligándose a desviar la mirada cada vez que notaba el calor subiendo a sus mejillas.

Gabriel, ajeno a esa tormenta, comentó mientras untaba manteca:
—Iremos a buscar al escribano. Quiero que me acompañes a la casa de los Weaver, que estés ahí cuando firmemos.




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