En la entrada de la residencia Whitaker, Gabriel bajaba del coche con la camisa mal abrochada mientras Marcos lo seguía unos pasos por detrás.
Ambos se dirigían hacia la biblioteca y, una vez allí, Gabriel se dejó caer lentamente en uno de los sillones, con un leve suspiro de alivio. Marcos, en cambio, fue directo a la bolsa que había traído de la droguería; sacó un frasco pequeño con un líquido ambarino y sirvió un poco en un vaso de cristal.
—Tómalo. Es para el dolor —dijo, entregándoselo.
Gabriel lo bebió sin protestar, frunciendo apenas el ceño ante el sabor áspero. En eso, Marcos volvió a la bolsa y sacó un tarro de ungüento. Al destaparlo, un aroma fresco y mentolado impregnó el aire.
—También tengo esto. Hay que aplicarlo sobre el hombro; ayudará con la inflamación.
Gabriel, con el entrecejo marcado, habló con cierta dificultad:
—Hazme el favor, aplicalo tú.
Marcos asintió, aunque por dentro la oleada de nervios lo recorría otra vez. Se acercó e inclinó hacia él para ayudarlo a quitarse la camisa. Sus manos, que habían estado seguras al momento de manipular el frasco, empezaron a sentirse extrañas, cargadas de la tensión que nuevamente experimentaba; y al posar la yema de sus dedos impregnados de bálsamo, sintió mejor la calidez de la piel viva; entonces, tragó saliva.
Con movimientos suaves y circulares comenzó a frotar en la zona, cuidando de no presionar demasiado a medida que cada roce le provocaba un vértigo extraño. Sentía la ansiedad por un deseo que debía sofocar; el simple hecho de tocarlo le resultaba una prueba demasiado exigente, considerando que cada segundo se volvía eterno.
Gabriel, solamente mantenía los ojos entrecerrados con la mente fija en un único pensamiento: que el dolor desapareciera de una vez. El alivio era lento, casi imperceptible, pero la presión cuidadosa de Marcos lo ayudaba a soportar el malestar.
Dejó escapar un suspiro y habló.
—Lo que hice hoy fue por tu lealtad. Porque me has demostrado una y otra vez que estás a mi lado, sin importar nada. No te lo mencioné antes porque no había espacio para dudas ni discusiones: estaba decidido.
Marcos sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el contacto físico, sino con la magnitud de aquellas palabras. Alzó la vista, con el ungüento todavía entre los dedos.
—No esperaba que me dieras ese lugar. Nunca imaginé que me pondrías en ese papel.
Gabriel giró apenas el rostro hacia él.
—Hacerte benefactor en caso de contingencias ha sido una decisión importante. Confío más en ti que en nadie.
—Pero… ¿entiendes lo que has hecho? Toda tu parte podría recaer en mí. No es solo un contrato, Gabriel. Este negocio resultará, y pasará a ser parte de tu vida.
—Lo sé. Y justamente por eso lo hice. Porque jamás dudaría de que mantendrías las ganancias como si fuera yo.
El silencio los rodeó. Gabriel lo observó unos segundos y luego, con un gesto de la cabeza, indicó hacia el escritorio.
—Ve allí. Abre el cajón del medio. Al fondo encontrarás unos papeles con un lazo azul.
Marcos obedeció sin cuestionar, se limpió las manos con un pañuelo y abrió el cajón. Apartó algunos papeles y dio con el lazo. Extrajo el monto con cuidado y, al soltar la cinta, una pila de documentos se desplegó ante sus ojos.
Comenzó a hojearlos. Eran escrituras, contratos de propiedad, registros legales: casas, terrenos, negocios, extensiones de tierra. Todo lo que conformaba el legado de Gabriel. Y allí, estampado en cada hoja, aparecía su nombre junto al de él.
—Son… todas tus propiedades —dijo con voz apenas audible.
—Nuestras propiedades —lo corrigió Gabriel—. Todo está a tu nombre y al mío.
Marcos pasó más hojas, con la sorpresa reflejada en cada línea de su rostro.
—Aquí falta solo mi firma. Gabriel, esto es… esto es lo que levantó tu padre.
—Y sé que estuviste junto a él, ayudándolo a realizarlo. Y lo que hemos logrado después, lo hemos hecho juntos. No sería justo que todo quedara solo en mis manos. La mitad te corresponde a ti.
—Si él estuviera vivo, ¿qué diría de esto?
—Diría que hice lo correcto. Porque confiaba en ti tanto como yo.
El breve silencio que continuo fue roto solo por el crujir de las hojas entre las manos de Marcos.
—¿Por qué ahora? —preguntó él, finalmente—. ¿Por qué justo ahora decides darmelo?
Gabriel apoyó la espalda en el sillón.
—Porque sé que estoy jugando demasiado alto. Y si algo llegara a pasar, necesito estar seguro de que todo quedará en las manos correctas. No quiero que lo que hemos levantado termine bajo alguien ajeno. Ponerlo bajo tu nombre me da la seguridad que necesito.
El corazón de Marcos palpitaba con fuerza. Sentía la garganta seca, las palabras atascadas por la magnitud del gesto. Frente a él no estaba solo el hombre que había seguido y cuidado toda la vida, sino alguien que lo estaba colocando a la altura de su propia sangre.
—Esto es demasiado, Gabriel. No puedo aceptarlo así, no puedo quedarme con lo que es tuyo.
Gabriel se llevó una mano al hombro adolorido. Su gesto se crispó apenas, pero no le impidió hablar.
—Ya no es solo mío. Ni nunca lo fue, si lo piensas bien. —Inspiró con esfuerzo, disimulando el malestar—. Nada de esto habría sido posible sin ti, y te consta.
Marcos bajó la vista a los papeles y Gabriel soltó una risa breve.
—Como te dije la otra vez, nada es demasiado para ti.
Las palabras tocaron el corazón de Marcos. Dio un paso hacia él.
—No sabes lo que significa que digas eso. No sé si alguna vez podré devolverte siquiera la mitad de lo que me das.
Gabriel lo miró fijo, serio, con la determinación que siempre demostraba.
—No tienes que devolverme nada. Solo necesito saber que si mañana no estoy, todo quedará en manos de alguien que no traicionará lo que somos.
Marcos miró los documentos otra vez, con una mezcla de gratitud, vértigo y devoción. Luego asintió y volvió la vista hacia él.
—Está bien —dijo con voz firme, aunque la emoción le temblaba en el pecho—. Firmaré. Y te prometo que voy a cuidar de todo esto como si fuera mío, como si fuera parte de ti.