Gabriel caminaba de un lado a otro por la habitación, las manos enlazadas tras la espalda y sus pasos haciendo crujir levemente la alfombra; cada vuelta sobre sí mismo le ayudaba a acomodar las ideas. Marcos, recostado en una silla y con la cabeza ladeada hacia atrás, seguía atento sus movimientos, como si temiera que el menor detalle se les escapara.
Habían repasado ya varias veces los puntos esenciales, pero ambos sabían que en un plan como aquel no había margen para la improvisación.
—Bien —comenzó Gabriel, al detenerse frente a él—. Lo primero es preparar los poderes de los testaferros, nuestros “proveedores”.
Marcos se acomodó un poco hacia adelante.
—El escribano redacta que te delegan la gestión de sus cuentas, bajo el argumento de que te contrataron para manejar las operaciones de la sociedad y que todo se ejecute sin retrasos.
—Correcto. Así tendré control legal sobre el dinero.
—Y podrás transferir parte del capital a las cuentas que abrí.
—Exacto —replicó Gabriel, reanudando la marcha—. Luego viene el primer pagaré de Weaver.
—Con eso documentamos su inversión inicial.
Gabriel esbozó una leve sonrisa.
—Y a continuación, el libro negro.
—El balance falso. —Marcos se pasó la mano por el cabello—. Elaboro compras ficticias, transportes que no existirán, bodegas alquiladas solo en el papel… hasta honorarios de consultores que nadie verá.
—Cada gasto justificará el desvío de dinero. Tú y yo revisaremos que todo encaje. Nada puede fallar.
Marcos le sostuvo la mirada.
—Después vienen las facturas y los recibos falsos.
—Así es: contratos de transporte, comprobantes de bodegas, pagos de supuestos servicios. Todo armado para que parezca actividad real. Los proveedores también tendrán que mostrar movimiento en sus cuentas, aunque sea inventado.
—Seguiría mover el dinero de Weaver.
—Una parte pequeña a la comandita y el resto a los testaferros. De ahí pasa a mis cuentas. Todo amparado en contratos de servicios, préstamos e inversiones iniciales que yo mismo les “financié”. Weaver creerá que todo gira pero el dinero será mío.
Marcos lo miró con preocupación.
—Tenemos que asegurarnos de que cada movimiento en el libro coincida con lo que pase en las cuentas. Si algo se descuadra, todo se viene abajo.
Gabriel se detuvo al fin, plantándose frente a él.
—Por eso no vamos a fallar… estamos listos. Ahora iré con el escribano a pedir que redacte los documentos. Por el momento solo encárgate de que los testaferros se presenten mañana sí o sí para firmar.
—No te preocupes. Lo haré.
….
Cuando la noche comenzó a caer, en su habitación, Gabriel se encontraba frente al espejo, alisando con paciencia su cabello hasta quedar conforme. Su reflejo le devolvía la imagen de un hombre impecable, dueño absoluto de cada gesto.
Un golpe en la puerta lo interrumpió.
—Adelante —dijo, sin apartar la vista.
Marcos entró, vestido con la misma pulcritud y elegancia, con porte sólido y sobrio, como si también supiera que esa noche debía irradiar presencia. Caminó unos pasos, observando a Gabriel con una atención demasiado prolongada, y finalmente deslizó la mano en el bolsillo de su saco.
—Traje algo para ti.
Sacó un pañuelo de seda oscuro y lo extendió hacia él.
—El color resalta mejor con tu traje. Un detalle… nada más.
Gabriel lo tomó, mirándolo unos segundos antes de asentir.
—Bien elegido —lo dobló con cuidado para colocarlo en el bolsillo de su chaqueta. Luego se giró hacia él—. Ahora sí. Estamos listos.
El carruaje comenzó a avanzar por calles que recién se iluminaban tenuemente por los faroles; y ya el interior, Gabriel permanecía con los ojos fijos en Marcos, deteniéndose en los detalles: la firmeza de su postura, la manera impecable en que la ropa realzaba sus facciones, la serenidad que transmitía.
“Se ve atractivo” pensó.
Notando la mirada sostenida, Marcos giró apenas el rostro hacia él, inquisitivo, aunque no dijo palabra. Entonces Gabriel sonrió.
—Te ves elegante. Muy atractivo, de hecho. Seguro dejas a varias señoritas suspirando esta noche.
—¿Eso crees? —replicó él, con un tono bajo, casi como si temiera mostrar la felicidad que le producía escuchar aquello de sus labios.
—Lo sé —afirmó Gabriel, volviendo la vista hacia la ventanilla pero dejando escapar aún la sombra de una sonrisa.
Marcos apretó los labios, tratando de contener la risa que insistía en brotar, pero al final cedió apenas.
Cuando el vehículo frenó suavemente frente a la residencia de los Weaver, el cochero anunció la llegada con un seco “Hemos llegado, señores”.
Gabriel se inclinó hacia Marcos antes de descender.
—No provoques a Evelin esta vez.
Él frunció el ceño.
—Yo no la provocó, es ella la que empieza.
—Claro… siempre es ella.
—¡Te lo apuesto! Vas a ver que será la primera en tirar la piedra.
Gabriel arqueó una ceja.
—¿Y qué propones?
—Si gano, me deberás un favor. El que yo elija, cuando lo necesite.
Una sonrisa lenta se dibujó en los labios de Gabriel, disfrutando tanto del riesgo como del juego.
—Perfecto. Y si gano yo, me deberás uno tú.
—Hecho —sentenció él, extendiendo la mano.
….
Una vez en el salón de la residencia Weaver, Gabriel se dispuso a conversar con el hombre de la casa mientras esperaban a que Evelin descendiera.
Pronto le extendió el pagaré.
—Con su firma, señor, formalizamos el primer depósito.
Weaver asintió, se inclinó sobre la mesa y estampó su rúbrica. Justo en ese momento, Evelin apareció, con un vestido en tono pastel lavanda que resaltaba el tono de su piel.
—Señor Baker —lo saludó con un gesto mínimo, sin interés.
—Señorita —replicó él, con la misma frialdad cortante.
Gabriel, en cambio, la recorrió con la mirada pensando que realmente estaba hermosa. Una sonrisa leve le suavizó los labios.