Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 35

Con el paso de las semanas, Evelin hizo de la casa de Gabriel casi un segundo hogar. Cada visita se alargaba más que la anterior, hasta que se volvió costumbre verla allí más tiempo del que él pasaba en la mansión Weaver. Compartían horas entre libros y catas, mientras Gabriel le enseñaba a distinguir matices, a comprender la complejidad del vino, a saborear cada detalle… Pero más allá del aprendizaje, era en la intimidad donde ella demostraba ser una alumna aún más aplicada.

Gabriel lo notaba: cada encuentro era distinto. Evelin recordaba qué lo encendía, qué lo desarmaba, y lo repetía sin titubeos en las citas siguientes. Había entendido lo que significaba sostenerle la mirada, no apartar los ojos cuando el deseo desbordaba. Aquello solo volvía todo más insaciable; era avivar esa necesidad carnal que aún no desaparecía en él.

Una tarde en particular, le quedó en claro que aquella mujer haría lo que fuera por complacerlo.

El aire en la habitación estaba cargado de ese calor que los unía. Evelin se movía sobre sus piernas, desnuda, aferrándose a sus hombros mientras él la poseía con fuerza. Gabriel hundía el rostro en sus pechos, besándolos, arrancándole gemidos entrecortados. Ella, incapaz de contener el estremecimiento, inclinó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Pero Gabriel no se lo permitió. La sujetó de la nuca, obligándola a alinear otra vez su rostro con el suyo. Entonces le susurró:

—No... Quiero que me mires mientras te hago esto.

Su mano descendió con destreza, encontrando el punto exacto del placer entre sus piernas. Evelin ahogó un gemido, sorprendida, y Gabriel sonrió.

—Eso es… —murmuró con un tono sensual, casi cruel—. Disfrutalo.

Evelin, jadeante, clavó sus ojos en los de él, sintiendo cómo cada caricia de sus dedos la hacía vibrar por dentro.
—Gabriel… —soltó entre gemidos.

Él apretó con más firmeza su nuca, acercando sus labios a su oído.
—Más fuerte, quiero escucharte. Quiero que cada vez que gimas, lo hagas por mí.

Ella gimió esta vez más alto, estremecida por esa mezcla de deseo y sometimiento, mientras Gabriel sonreía e intensificaba sus movimientos.

—Así te quiero, obediente y ardiente. —Sus dientes rozaron la piel de su cuello.

Con la respiración entrecortada, Evelin lo miraba con devoción. Sus caderas respondían instintivamente, buscando más, rogando por más. Entonces Gabriel detuvo por un instante sus dedos, provocando un gemido de frustración en ella.

La miró divertido, con esa sonrisa que la enloquecía.
—Te voy a enseñar algo más.

Pronto, él guió su mano hasta su intimidad, haciéndola rozar su virilidad endurecida. La mirada intensa de Gabriel no se apartaba de sus ojos mientras marcaba el ritmo, firme y lento al principio.

—Así… —dijo con un gemido contenido, apretando los dientes.

Evelin, encendida, tragó saliva, sintiendo el calor palpitante en su palma. Movió los dedos un poco más, tanteando.
—¿Así te gusta?

Un gruñido grave escapó de los labios de Gabriel, su cuerpo estremeciéndose bajo la caricia.
—Sí… —respiró entrecortado—. Así… exactamente así. No te detengas.

Ella obedeció, animándose a recorrerlo con más firmeza, disfrutando de verlo perderse por un instante. Gabriel dejó caer la cabeza hacia atrás, gimiendo bajo su toque, pero volvió a mirarla.

—Escúchame bien… —su voz estaba ronca por el placer—. La próxima vez, vas a iniciarlo tú sola. Quiero que me demuestres lo que aprendiste hoy.

—Lo haré.

Gabriel sonrió, acercandola a su boca para besarla con furia.
—Guárdalo en tu memoria, porque en nuestro próximo encuentro no aceptaré menos.

Así fue como en la siguiente vez ella no esperó sus instrucciones. Simplemente bajó la mano y tomó su miembro entre los dedos, repitiendo lo que le había explicado.

Él abrió los ojos de golpe, sorprendido.
—Maldición… —apretó la sábana con una mano y la sujetó de la cadera con la otra.

Evelin sonrió con picardía, inclinándose sobre él para rozar sus labios.
—¿Así querías que lo hiciera? —mantenía el ritmo, desafiándolo.

—Exactamente así —jadeó—. Así, así, así. Sigue… hasta hacerme acabar…

Por otro lado, Marcos había tomado una decisión silenciosa. Se obligó a aceptar aquellos encuentros, aunque cada uno le desgarrara el pecho. Sabía que Gabriel nunca se dejaría ordenar por nadie, mucho menos por él. Y como lo amaba, prefería soportar el dolor antes que arriesgarse a perderlo o, peor aún, romper esa confianza que habían construido juntos desde siempre.

En cierto modo, se convencía de que era mejor estar a su lado que no estar en absoluto. Así, en el fondo, se aferraba a la idea de que cuando todo aquello terminara, cuando Gabriel acabará con Evelin y su familia como planeaba, él sería el único que quedaría a su lado.

Se tragaba el dolor presente porque confiaba en un futuro donde Evelin ya no estuviera. Y en ese futuro, Gabriel sería solo suyo.

Las bromas hacia él, seguían siendo su vía de escape para ocultarse. En una oportunidad, Gabriel bajaba las escaleras con Evelin tomada de la mano, todavía con esa sonrisa despreocupada que le quedaba después de pasar horas con ella en la cama. Al llegar al vestíbulo, se encontraron con Marcos, que revisaba unos documentos sobre la mesa.

Por un instante, su corazón se apretó. Podía ver en el desorden del cuello de la camisa de Gabriel y en la expresión satisfecha de Evelin la evidencia de lo que acababan de hacer. Pero en lugar de dejar que esa punzada se notara, levantó la vista con una media sonrisa irónica y dijo:

—Al menos ten la decencia de arreglarte la corbata antes de bajar. Pareces un crío escapado de la alcoba.

Gabriel soltó una carcajada y se acomodó la tela. Evelin, en cambio, lo miró con menosprecio, como si no entendiera la broma, pero Gabriel sí, y eso bastó para él.

Además, las visitas de Ivy se hicieron más frecuentes. Siempre aparecía con una excusa sencilla —un mensaje, una risa, una botella a medio terminar—, pero la realidad resultaba diferente: ella era la única persona con la que Marcos todavía se permitía hablar abiertamente.




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