Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 36

El aroma del café recién servido se mezclaba con el del pan tostado. Marcos, con el cabello algo despeinado, ocupó un lugar al lado de Gabriel y, como cada día, buscó el azucarero sin pensar demasiado.

Gabriel, con el semblante imperturbable, se limitó a observar en silencio cómo vertía generosamente dos cucharaditas en la taza. Ni un músculo de su rostro delató la travesura que había hecho minutos antes.

Marcos revolvió con desgana, llevó la porcelana a los labios y dio un sorbo. Apenas el líquido salado le tocó la lengua, su expresión se contrajo en una mueca.
—¡Dios mío! —soltó, escupiendo sobre la taza con brusquedad—. ¡¿Pero qué demonios?!

Gabriel arqueó apenas una ceja.
—¿Sucede algo? ¿Acaso ahora te disgusta el desayuno?

Eso fue suficiente para saberlo.
—¡¿Qué hiciste?!—se limpió los labios con la servilleta—. Esto es asqueroso.

—Oh, nada —dejó escapar una media sonrisa—. Solo pensé que tu vida necesitaba un poco más de sabor.

—Eres un… —volvió a mirar la taza y luego a Gabriel, intentando mantenerse serio pero sin poder evitar que la comisura de sus labios temblara—. Te juro que un día te vas a atragantar con tus propias bromas.

Gabriel se encogió de hombros, encantado.
—Posiblemente, pero moriré feliz.

Marcos resopló, pero la chispa de picardía le encendió los ojos. Tomó disimuladamente el salero y lo acercó a su plato. Pateó una de las patas de la mesa y, cuando Gabriel se distrajo por un segundo, aprovechó para espolvorear con generosidad sobre la mantequilla que acababa de untar.

—¿Sabes? —dijo con fingida inocencia—, creo que tienes razón. Tanta seriedad exige que el desayuno necesite algo distinto.

Gabriel levantó la vista, desconfiando, pero ya era tarde: el pan salado estaba en su boca. Apenas lo probó, frunció el ceño, y esta vez fue Marcos quien soltó la carcajada que llenó el comedor.

—¡Ja! En tu propia cara.

Gabriel lo miró fijamente, masticando despacio con resignación para terminar sonriendo.
—Bien jugado, Marcos. Bien jugado.

Todavía con el sabor en la boca, dejó el pan sobre el plato, se levantó de la silla y tomó la sal con gesto lento.
—¿Pero sabes qué pienso? Que te confías demasiado.

Antes de que Marcos viera sus intenciones, Gabriel le dio un leve sacudón con el salero abierto, dejando caer un puñado sobre su hombro y parte de su cabello.

—¡Eh! —protestó Marcos, dando un salto sobre la silla y sacudiéndose entre risas—. ¡Maldición, Gabriel! ¡Pareces un crío!

Gabriel dejó el pequeño contenedor en la mesa, fingiendo dignidad mientras sonreía de lado.
—Ya basta de juegos, tenemos que irnos.

Al verlo darse la vuelta, Marcos, aún riendo, se puso de pie y, en un impulso, se lanzó hacia él. Le pasó un brazo por encima de los hombros y se apoyó con todo su peso, dándole un par de palmadas exageradas en el pecho.

—Pues anda, niño, guíame al trabajo. Aunque lo más probable es que te derrumbes antes de llegar a la puerta —se colgó como un adolescente revoltoso.

Tratando de mantener el equilibrio, Gabriel gruñó un poco, pero no pudo evitar reír también. Durante un instante, mientras Marcos aún lo sujetaba por los hombros con esa confianza casi infantil, pensó que había pocas cosas que se sintieran así, tan raramente plenas, como esa risa compartida. Era otra clase de alivio: distinto al dinero, distinto al control.

….
Aún era temprano cuando se encontraban en el despacho de Weaver. La luz oblicua que entraba por los ventanales bañó la mesa donde Gabriel desplegó unos papeles; no demasiados, solo lo justo para no abrumar.

—Aquí lo tiene —dijo con calma—. Números de las últimas semanas. Ventas constantes, bodegas que ya empezaron a rotar producto… Le muestro los hechos.

Weaver se inclinó, ajustándose las gafas. Las cifras parecían modestas pero claras. Marcos dio un paso al frente y señaló una de las columnas.

—¿Ve esto? Es un ingreso limpio. Semana tras semana, siempre en positivo. Puede que no parezca espectacular, pero dígame: ¿qué negocio nuevo le devuelve algo tan pronto? La mayoría tardan meses en moverse. Aquí ya hay flujo.

El señor Weaver entrecerró los ojos, curioso, y Gabriel aprovechó entonces para abrir un sobre y deslizarlo hacia él.

—Un adelanto. Es ganancia líquida. No quiero que crea en palabras, quiero que lo vea con sus propios ojos.

Al tomar el sobre, Weaver arqueó las cejas al comprobar la suma.
—Esto… ¿ya está en movimiento?

—Desde hace semanas —respondió Marcos, sonriendo con esa seguridad que solía usar para ganarse a cualquiera—. Y si con poco capital logramos esto, imagine lo que se puede hacer si la red crece.

Gabriel inclinó la cabeza, firme:
—Cinco sucursales más y la rueda gira el doble. Es sencillo: más puntos de venta, más movimiento, más retorno. Usted no tendría que esperar años para ver frutos.

Weaver tamborileó los dedos sobre la mesa. Lo que veía lo seducía; las cifras hablaban, pero el dinero en el sobre pesaba aún más.
—¿Entonces me dicen que si invierto más, veré más de esto?

—Exactamente —replicó Marcos—. Usted pone confianza, nosotros ponemos el trabajo y la estructura.

Un silencio denso los envolvió, hasta que el hombre de la casa tomó su decisión.
—De acuerdo, invertiré más. Quiero ver esas cinco sucursales funcionando cuanto antes.

Marcos dejó escapar una risa.
—Le aseguramos que no se va a arrepentir.

Gabriel no sonrió, pero sus ojos brillaban con el fulgor de quien tiene exactamente lo que deseaba.

Tras aquella reunión, rechazar la invitación a quedarse a almorzar resultaba impensable. En el patio, un par de criados iban y venían acomodando copas y platos sobre la mesa dispuesta al fondo, mientras el aire se impregnaba del murmullo apacible de los pájaros.

Gabriel y Marcos se habían apartado unos metros, cerca de la fuente de piedra. La tensión del despacho ya había cedido, y por un instante pudieron bajar la guardia.




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