Apenas desvió la mirada, Gabriel notó el sobre que había dejado en la mesa antes de sujetar a Evelin durante el altercado. Lo recogió y, sin prisa, caminó hacia su despacho. El silencio de la casa se sentía raro, casi como si aún conservara ecos de aquella disputa.
Se sentó detrás del escritorio cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.
Marcos ingresó despreocupado.
—Por si te interesa saberlo, Ivy está bien —comentó con un deje de ironía—. Apenas se le notaba la marca.
Gabriel no respondió; simplemente apoyó la carta sobre el mueble, mirándolo fijamente, mientras Marcos suspiraba y se acomodaba en una de las sillas frente a él antes de agregar:
—A tu mezquindad no le importa.
—Aun así, diría que Evelin salió victoriosa —sonrió apenas—. Su cachetada fue el cierre perfecto.
—¿Victoriosa? No, ¿cómo crees? Ivy la acorraló desde el primer instante. Evelin solo se defendió como pudo.
—Un golpe que inclinó la balanza —replicó Gabriel, recostándose en su asiento.
—O que demostró desesperación —corrigió Marcos con tono pícaro, cruzando los brazos.
Ambos se miraron un instante y luego rieron, cada uno defendiendo con obstinación su propio bando.
—Lo quieras admitir o no, la que ganó fue Evelin.
—Por favor —Marcos rodó los ojos—. Si no hubiera sido por esa cachetada a traición, se habría quedado muda. Ivy la estaba dejando en ridículo con cada palabra.
—¿Ridículo? —Gabriel sonrió con sorna—. Vi a tu mujer temblar cuando la mía levantó la mano.
—No era miedo, era furia. Si no la detenía, ahora mismo estarías recogiendo su cabello del suelo.
Soltaron unas risas más, imaginando la situación, hasta que Gabriel entornó los ojos y adquirió un tono un poco más adusto:
—Pero lo digo en serio, Marcos. No quiero volver a ver a esa mujer aquí.
La sonrisa de Marcos se desvaneció lentamente.
—¿Por qué no? Yo también merezco tener mis visitas. No todo tiene que girar en torno a tus reglas.
La firmeza en el rostro de Gabriel contrastó con el momento ligero que habían compartido segundos antes.
—Sí, mis reglas. Porque esta es mi casa. Y bajo este techo, yo decido.
—No es justo. También vivo aquí; no soy un invitado al que puedes mandar y traer a voluntad.
—Entonces deja de complicar las cosas —dijo Gabriel con dureza, inclinándose hacia adelante—. Si necesitas coger, ve a un burdel como cualquier otro. Allí nadie preguntará nada. Pero no la vuelvas a traer.
El silencio se extendió entre ambos. Gabriel se recostó otra vez en su asiento, tomó el sobre y, para cuando empezó a leerlo, sus labios se curvaron.
—¿Y eso? —preguntó Marcos con curiosidad.
—Una invitación de Lord Whitcombe —dejó entrever el papel para que pudiera leer el encabezado—. Una fiesta privada. Quiere conocernos en París.
—¿París? Eso suena interesante.
—Interesante, no. Es magnífico. Este es el tipo de puerta que, una vez abierta, no se vuelve a cerrar.
Marcos sonrió, aunque torció un poco la boca.
—Sí, magnífico… salvo por lo de “fiesta”. Yo habría preferido algo más formal, una reunión privada, negocios cara a cara. No me agradan los salones llenos de gente pretendiendo ser algo que no son.
—Siempre eres tan reacio a ellas y sin embargo, cada vez que te arrastró a una, eres el alma de la velada.
—Eso es porque soy encantador, no porque disfrute de esos espectáculos.
—Entonces será mi regalo para ti. Un viaje a París, con todo el fastidio de la alta sociedad incluido.
….
Evelin cerró con cuidado la puerta, conteniendo hasta el más mínimo chirrido, deslizándose por el vestíbulo como una pluma con el corazón golpeando al ritmo de la culpa. Cuando apoyó un pie en el primer peldaño de la escalera, sonrió victoriosa: había conseguido llegar sin ser descubierta.
Subió unos escalones más, segura de sí misma.
—¿De verdad creías que no te vi entrar?
Se detuvo de golpe, con el cuerpo helado. Giró lentamente y ahí estaba su abuela, firme en el umbral del salón, con los brazos cruzados y una mirada severa que la atravesaba como un puñal.
—Abuela, yo…
La señora Weaver levantó la mano para silenciarla.
—Te lo advertí. Ni una hora más, ni un minuto más. Has vuelto tarde, Evelin. No verás al señor Whitaker por una semana.
El color se le subió al rostro.
—¡No puede hacerme eso! —protestó, bajando un par de escalones con rabia—. No soy una niña para que me imponga horarios.
—Entonces aprende a ser responsable como una mujer hecha y derecha. Las reglas existen para formarte, no para complacerte.
—¡No! Usted lo único que quiere es controlar la vida de los demás porque ya no tiene nada interesante en la suya.
Los ojos de la señora chispearon ante el atrevimiento.
—¡Evelin!
Pero ella ya se había girado, furiosa, ignorando la voz de su abuela. Subió a toda prisa hasta perderse en el interior de su cuarto y cerró con un portazo.
Se dejó caer en la cama, con la rabia mordiéndole las entrañas.
—Todo por culpa de esa… esa mujerzuela —escupió entre dientes, pateando la colcha—. Si no hubiera aparecido yo habría llegado a tiempo.
Se incorporó y empezó a caminar por la habitación.
—Y Marcos… claro, él también. Siempre él, siempre metiéndose. Es igual de culpable que esa prostituta.
Golpeó la cómoda con la palma abierta y dejó escapar un gruñido.
—¡Lo odio!
Mientras tanto, la señora Weaver permanecía mirando hacia las escaleras.
—Insolencia… —murmuró para sí, sintiendo cómo la desobediencia de su nieta comenzaba a cruzar los límites de lo tolerable.
Sabía que estaba perdiendo el control. La muchacha ya no acataba las órdenes con la misma docilidad de antes y empezaba a desafiarla con palabras y gestos que jamás habría tolerado en otra época. No pudo evitar relacionar si aquello se debía a ese caballero.
Tal vez había sido muy permisiva mientras buscaba con interés que esos dos se llevaran bien.