El sol caía fuerte sobre la explanada de la bodega, iluminando el movimiento de los hombres. Varias carretas aguardaban preparadas, con las ruedas gruesas hundidas apenas en la tierra apisonada. Los empleados, en mangas de camisa y con el sudor brillándoles en la frente, rodaban pesadas barricas de vino hasta los vehículos antes de asegurarlas con sogas gruesas.
En medio de aquella actividad, Marcos se movía con energía, señalando aquí y allá, controlando la carga como si fuese un capitán entre marineros.
—¡No, no, cuidado con esa! —ordenó, alzando la voz con una mezcla de autoridad y picardía—. Si la dejan rodar, no la pagan ustedes, la pago yo… y créanme, no pienso invitar a nadie a beber de un barril costeado con mi sueldo.
Las carcajadas de los peones saltaron, incluso entre quienes cargaban con esfuerzo a pesar del cansancio.
Marcos giró hacia otro grupo que amarraba cuerdas.
—Más fuerte ese nudo, muchachos, que este vino vale más que la sonrisa de sus suegras…
Las risas se alzaron otra vez. Los trabajadores lo escuchaban atentos, agradeciendo en silencio la ligereza de su carácter que hacía más llevadera la faena, y a Marcos, le gustaba tener público, más aún cuando todos parecían rendidos a su encanto natural.
En un momento, se inclinó sobre una de las barricas recién aseguradas y pasó la mano por la madera.
—Bien, bien… así da gusto. Si seguimos a este ritmo, el vino llegará más rápido a las copas que a las bodegas.
Uno de los empleados más jóvenes, que apenas podía con la soga, lo miró con cierta admiración.
—Señor Marcos, con usted hasta da gusto cargar barriles.
—¡Ah! Pero no te acostumbres, muchacho. Mi encanto no siempre se incluye en la paga, eso lo cobró por aparte.
Las carcajadas se renovaron y él, divertido, chasqueó los dedos.
—Vamos, vamos, que los barriles no se mueven con risas.
Justo entonces, un sonido distinto se elevó entre las voces y el chirriar de las carretas. Marcos levantó la vista hacia el camino y distinguió el carruaje de Gabriel acercándose. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras se giraba hacia los trabajadores, que también habían advertido la llegada.
—¡Atentos, señores! Pongan cara seria y acomódense, que llega el mismísimo Gabriel Whitaker. No vaya a ser que piense que aquí solo nos dedicamos a reírnos de mis chistes.
Las risas se desataron una vez más, aunque muchos, obedientes, enderezaron la postura y se apresuraron a aparentar mayor formalidad, lo que solo aumentó la diversión de Marcos.
El coche se detuvo y Gabriel fue el primero en descender, con la dureza habitual en sus movimientos, seguido de Evelin, que acomodó con un gesto orgulloso el pliegue de su falda al poner un pie en tierra.
Al notar que Marcos ya había adelantado bastante trabajo con los hombres, Gabriel se sintió satisfecho.
Evelin giró su rostro hacia él con una ligera sorpresa.
—Pensé que solo íbamos a estar tú y yo. No dijiste nada de que Marcos ya estaría aquí.
—Él decidió cabalgar. Eso le permitió llegar antes y supervisar lo necesario.
Los labios de Evelin se curvaron en una sonrisa desdeñosa.
—Seguro lo hizo porque no quería compartir el viaje conmigo. Y créeme, fue una buena decisión, porque yo tampoco deseaba compartir el trayecto con él.
Gabriel no se molestó en responderle y avanzó hacia donde los trabajadores aguardaban. Estos, al verlo, inclinaron la cabeza en un saludo respetuoso que él devolvió con un leve movimiento de la mano.
Se volvió hacia Marcos.
—Has hecho un buen avance —comentó, evaluando las barricas ya aseguradas—. Me esperaba menos, viniendo solo.
Marcos se cruzó de brazos.
—Pues ya ves, cuando uno quiere, puede. Aunque claro, tener gente alrededor siempre me inspira.
Gabriel apenas sonrió antes de dirigir su atención de nuevo a los hombres.
Evelin, entretanto, había permanecido observando a Marcos con aire retador. Finalmente, dio un paso hacia él, alzando el mentón.
—¿Y tú? ¿No sabes saludar?
—Claro que sé —sonrió con ironía—. Solo que lo hago cuando se trata de gente educada.
La indirecta provocó que Evelin frunciera el ceño antes de dedicarle una mueca peleadora, como si estuviera lista para seguir con la provocación.
Al notar cómo la pelea entre ambos iba en aumento, Gabriel dio un paso al frente y dejó caer su voz con un tono firme:
—Basta. —Su mirada se paseó entre los dos, glacial, y los hombres que estaban alrededor bajaron los ojos de inmediato, como si el peso de esa palabra también los hubiera alcanzado.
Marcos contuvo una sonrisa y Evelin resopló en voz baja, pero ninguno de los dos se atrevió a seguir con el juego. Entonces, Gabriel la tomó del brazo y la apartó unos pasos para acercarse a las carretas.
—Todo este cargamento corresponde al negocio que tenemos con tu abuelo —le hizo saber, señalando las hileras perfectamente alineadas.
—¿Todo esto? —Su voz estaba cargada de asombro—. No imaginaba que fuera tanto.
Gabriel sonrió apenas.
—El volumen es clave. No basta con producir, hay que saber enviar. Mira… —se inclinó hacia una de las barricas, apoyando la mano sobre el hierro que la aseguraba—. Van reforzadas en esta parte para que no se desplacen durante el viaje. Los carros se cargan de a cuatro filas, con las cuerdas tensadas aquí y aquí… —señaló los puntos, explicando cada paso como si dictara una lección.
Ella lo escuchaba atenta, fascinada, mientras los empleados seguían con su labor. A unos metros, Marcos los observaba con un gesto ambiguo: disgusto y resignación. Porque sabía, mejor que nadie, que de toda esa impresionante cantidad solo la mitad llegaría al supuesto negocio de Weaver. El resto, como ambos tenían planeado, iría a engordar sus propios bolsillos.
Tras un largo rato de inspección y explicaciones, Gabriel y Marcos coincidieron junto a un carro que estaba por terminar de cargarse, surgiendo entre ellos una diferencia de criterio.