Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 41

A la hora del mediodía, el comedor de los Weaver se inundaba con el aroma a cordero y el sordo tintineo de la platería. Evelin almorzaba en silencio, picoteando la comida, distraída, cuando la voz de su abuela rompió la calma con su tono inquisitivo.

—Dime, Evelin —dijo, dejando el tenedor con suavidad pero con una mirada penetrante—. ¿Cómo fue exactamente tu “visita” a la bodega de Whitaker?

Ella levantó la vista de golpe, sorprendida por el énfasis en la palabra.
—Fue educativo, abuela —respondió, con un dejo de molestia en la voz—. Gabriel tuvo la cortesía de mostrarme un envío completo.

—¿Eso fue todo?

Evelin se irritó.
—Sí, eso fue todo. ¿Qué más podría haber pasado? —Giró la mirada hacia su plato, cortando un trozo de carne—. Me explicó cómo aseguraban las barricas, la preparación para el traslado, los papeles necesarios… En serio que me sorprendió. Manejaron un volumen tan grande que no me lo imaginaba.

El señor Weaver levantó la mirada con un brillo de interés.
—¿Grande, dices?

—Enorme, abuelo —se animó un poco—. Había filas completas de carretas listas para salir. Me dijo que era el cargamento de su acuerdo.

El anciano asintió.
—Debo reconocer que estoy muy satisfecho con esos dos muchachos. Sus balances están superando lo que me esperaba. Diría incluso que sus márgenes son un tanto mejores que los de mi propio negocio en este último tiempo.

La señora Weaver se volvió hacia él con sorpresa.
—¿Cómo dices? ¿Mejores que los tuyos? ¿Acaso las cosas andan mal en la cosecha?

Él levantó una mano sarmentosa, como para suavizar su reacción.
—No tan mal, querida. Pero los ingresos han sido muy bajos últimamente. Nada alarmante aún, pero comparado con lo que ellos están logrando, la diferencia es notable. Eso me está haciendo considerar seriamente invertir un poco más. Lo veo próspero. Y lo que se gane allí bien podría ayudar a impulsar nuestros otros emprendimientos.

La anciana entrelazó las manos, claramente preocupada.
—¿No es un riesgo poner más capital en manos ajenas? Recién estamos empezando a ver sus resultados.

—Todo negocio es un riesgo, querida. Pero negar lo evidente sería un error. Ellos manejan las cuentas con un orden admirable. Mucho mejor que algunos de mis socios de toda la vida.

Evelin, sin poder evitarlo, sonrió con orgullo.
—Yo también lo vi, abuela. Gabriel sabe lo que hace. Lo demuestra en cada detalle.

La señora Weaver soltó un suspiro cargado de desaprobación.
—Solo no quiero que se cometa un error por pura precipitación.

—No sucederá —el hombre tomó su copa de vino y bebió—. Al contrario, creo que este puede ser el movimiento más inteligente que hagamos en años.

Evelin miró a su abuela con un destello de triunfo en los ojos por el apoyo de su abuelo hacía Gabriel, mientras la anciana callaba, conteniendo la incomodidad el resto de la comida.

Después del almuerzo, la señora Weaver se retiró hacia la sala de costura y Evelin aprovechó el momento para acompañar a su abuelo al despacho. El hombre se sentó en su sillón de cuero, acomodando el bastón a un costado, mientras ella cerraba la puerta con cuidado.

—Abuelo… —empezó, avanzando hasta quedar frente a él—. Yo quería decirle algo.

El hombre la miró por encima de sus lentes, en silencio, esperando.

—Creo que hace bien en confiar en Gabriel —continuó—. Si quiere invertir más, no se equivoca. Él es un hombre que sabe cómo llevar las cuentas, el movimiento y el control de sus metas.

El señor Weaver sonrió apenas.
—¿De verdad crees eso?

—Sí. No tengo la menor duda de su potencial.

Él asintió, quedándose pensativo; luego carraspeó, como si se preparara para entrar en un terreno incómodo.

—Ya que estamos aquí, quiero mencionarte que tu abuela me comentó algo… Me habló de cierta incomodidad que siente, con respecto a ti y a Gabriel.

Ella se tensó de inmediato.
—¿A qué se refiere? —trató de sonar despreocupada, aunque sus manos se entrelazaban con nerviosismo.

—Me dijo que nota un cambio en ti. Que teme que tu sensatez haya flaqueado y te hayas entregado a él. —La miró directo a los ojos, como solía hacer cuando quería la verdad—. ¿Es así, Evelin?

Su corazón dio un salto. Por un instante pensó en decirle la verdad, pero el peso de la mirada de su abuelo la hizo vacilar. Tragó el nudo de la garganta y sonrió con lo mejor que pudo fingir.
—Claro que no, abuelo. Ella se preocupa demasiado, ya la conoces. Gabriel es un caballero y me respeta.

El señor Weaver no apartó sus ojos, manteniendo el escrutinio por un largo minuto, como si buscara la verdad detrás de esa sonrisa.
—Tal vez… —murmuró finalmente, aunque el tono denotaba que no estaba del todo convencido.

—¿No me cree?

—Quiero creerte, mi niña. Pero recuerda algo: un error de ese tipo puede costarte caro. Y no hablo de dinero, hablo de ti misma. De tu reputación y de tu dignidad.

Ella tragó saliva y asintió.
—Lo sé, abuelo. No tiene de qué preocuparse.

….
En el jardín de la residencia Whitaker, durante el atardecer de ese mismo día, el sol pintaba el cielo de un anaranjado melancólico y el aire olía a tierra húmeda. Gabriel estaba sentado en una de las bancas de piedra, con la mirada perdida en el horizonte, meditando.

Marcos, que cruzaba por el umbral, se detuvo al verlo. Durante unos segundos lo observó en silencio, intrigado por esa quietud, hasta que decidió acercarse.

El sonido de los pasos hizo que Gabriel se girara apenas. Al reconocerlo, exhaló resignado.
—Hoy no me siento con ganas de hablar.

—Pues qué mala suerte —replicó Marcos antes de sentarse a su lado—. Yo sí las tengo.

Aquella respuesta arrancó una ligera mueca en Gabriel, que lo miró de reojo.
—¿Hablar de verdad?

—De verdad.

Tras un silencio, la voz de Gabriel sonó más baja y pensativa que de costumbre.
—Dime algo, Marcos, ¿tú realmente crees que soy arrogante?




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