Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 44

Evelin se despidió de Gabriel con un beso rápido en los labios antes de subir al carruaje que la devolvería a su hogar.

Al ingresar de nuevo, Gabriel se dirigió a la biblioteca. Lo sorprendió encontrar a Marcos allí, sentado tras el escritorio con una copa en la mano. La luz de las lámparas resaltaba el ceño fruncido y la firmeza de su postura.

Gabriel arqueó apenas una ceja, pero no dijo nada. Caminó hasta el sillón largo y se dejó caer en el con deliberada calma. Cruzó una pierna sobre la otra, extendió los brazos por el respaldo y, con una media sonrisa, sostuvo la mirada de Marcos.

—Bien. ¿De qué querías hablar?

Marcos no apartó los ojos de él, como si buscara leerle hasta el pensamiento. Dio un sorbo lento a su vino antes de responder:
—De lo que pasó en la mesa. De cómo esa señora no dejaba de mirarte. Parecía que reconocía algo en ti.

—También lo noté —se inclinó apenas hacia adelante—. Supongo que habrá visto algo de mi madre. Me sorprende, más bien, que le haya tomado tanto tiempo.

—¿Y no te preocupa que se ponga a averiguar? Esa mujer no parece ser de las que se conforman con una sospecha.

—¿Pero quién demonios crees que soy? —le soltó Gabriel, alzando el mentón con soberbia—. ¿Un idiota que no previó esta situación?

Marcos bebió otro trago, esta vez más corto.
—No, pero no sé de lo que es capaz esa mujer. No deberías subestimarla.

Gabriel sonrió, apoyándose de nuevo contra el respaldo.
—La pregunta es: ¿crees que ella podría vencerme a mí?

—Lo que creo, es que si alguien va a intentarlo, será ella.

—Bueno, si esa mujer decide hurgar en mi vida —dijo con voz serena—, lo único que encontrará serán respuestas a medias y recuerdos inventados.

Marcos lo observó, con la copa ya medio vacía, y frunció apenas el ceño.
—A veces pienso que todavía hay cosas que no me has dicho.

Gabriel soltó una risa baja, inclinando la cabeza como si aceptara la acusación sin discutirla.
—No te corresponde saberlo todo, Marcos.

Él no replicó nada; solo asintió despacio, como quien entiende que no obtendrá más respuestas. Se levantó del escritorio y caminó hasta él, entonces le tendió la copa.
—Tómala.

Gabriel la recibió con una sonrisa, sus dedos rozandose apenas en el intercambio.

Marcos continuó hacia la puerta y, antes de salir, se giró un instante.
—Por cierto… —dejó caer con una chispa irónica en la voz—, acomodate el cabello. Estás despeinado.

….
Apenas llegó a su casa, Evelin fue directamente a la sala de costura, donde sabía que encontraría a su abuela.

—Abuela —dijo, acomodándose a su lado—, ¿quiere saber cómo siguió el té después de que se fue?

La señora Weaver alzó la vista un instante, con una sonrisa tranquila.
—Ah, sí… por supuesto querida. ¿Todo estuvo bien?

—Más que bien —sonrió—. Gabriel estuvo encantador. Siempre tan atento… —se inclinó un poco hacia adelante, como buscando complicidad—. ¿Ya vio que siempre se comporta como un caballero conmigo?

La mujer asintió suavemente.
—Eso noté mientras estuve allí. Fue correcto en todo momento.

—¿Entonces ya está convencida? Él siempre me respeta.

—Sí, niña —clavó la aguja en la tela—. Ya puedes dejar de insistir con el tema.

Evelin suspiró satisfecha.
—Me alegra que lo diga. Sabía que iba a darse cuenta tarde o temprano.

La señora Weaver sonrió, aunque por dentro la incomodidad persistía: el parecido imposible de ignorar.

—Y dígame… —continuó Evelin, buscando una aliada—, ¿qué le pareció el señor Marcos? ¿No notó nada raro? Yo siento que hay algo que no termina de cuadrar en él.

—¿Raro? No, hija. Al contrario. Me pareció un joven simpático. Tiene comentarios graciosos y parece saber desenvolverse.

—¿Simpático? —bufó, cruzándose de brazos—. Yo diría insoportable. Y muy desubicado.

Su abuela la miró con calma.
—No deberías ser tan dura. No tiene que caerte bien, pero eso no significa que no tenga sus virtudes.

Evelin giró el rostro hacia la ventana, fastidiada, mientras la señora Weaver volvía a su bordado.

Tras unos pocos minutos más de charla, Evelin se retiró dejándola nuevamente a solas y en silencio. La señora Weaver se quedó unos segundos observando su labor y luego se levantó en busca de su esposo.

Lo halló en su despacho, sentado en su sillón favorito, leyendo.

—¿Otra vez con las noticias del comercio? —preguntó, dejándose caer frente a él.

—Alguien tiene que mantener la cordura en esta casa —respondió con una leve sonrisa—. Y dime… —cerró el periódico—, ¿cómo estuvo tu visita de esta tarde?

Ella le habló de lo esperado: del té, de la amabilidad de Gabriel y de lo atenta que estuvo Evelin. Movió la conversación de forma ligera hasta que dejó caer lo que realmente la inquietaba.

—A ese muchacho, cuanto más lo trato, más me pregunto si no encuentras en él algo… familiar.

—¿Familiar? Pero si lo conocemos desde hace meses.

—Sí, lo sé —replicó ella, apoyando las manos en su regazo—. Pero hoy por ejemplo, cuando lo mire bien, no pude evitar recordar a nuestra hija. Hay algo en su porte que se asimila.

Su esposo guardó silencio un momento, pensativo, y luego se inclinó hacia atrás.
—Tal vez sean su cabello y sus ojos. Rasgos poco comunes, sí, pero cuando alguien los lleva con tanta fuerza es inevitable que evoque recuerdos. Pero no es más que eso.

Ella asintió lentamente, como si aceptara la explicación. Sin embargo, en el fondo, la duda seguía clavada como una espina que no lograba arrancarse.
—Quizás tengas razón…

El señor Weaver sonrió, satisfecho de haber zanjado el asunto. Sin embargo, cuando la observó con detenimiento, notó la inquietud en su mirada.
—¿Sucede algo?

—No, no, nada. Solo estoy cansada.

Él soltó una breve risa y negó con la cabeza.
—Llevamos demasiados años juntos como para que no sepa cuándo me mientes.




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