La casa bullía con un movimiento inusual. Marcos ya llevaba un buen rato despierto, dando indicaciones a los sirvientes sobre el cuidado de cada rincón durante su ausencia. Revisaba con atención que no quedara nada fuera de lugar, indicaba que las ventanas estuvieran aseguradas y que el jardín recibiera el mantenimiento adecuado. Mientras, afuera, Gabriel supervisaba que las maletas quedaran acomodadas en el carruaje.
Cuando Marcos salió por fin, suspiró.
—Todo está listo. La casa quedará en orden.
Gabriel asintió con una leve sonrisa.
—Y aquí también, todo cargado. No habrá nada de qué preocuparse.
Ambos subieron al carruaje y marcharon rumbo a la estación. Las calles todavía estaban medio desiertas a esa hora temprana pero, al llegar, el bullicio los recibió: viajeros apresurados, vendedores ambulantes ofreciendo comida caliente y periódicos, silbatos y vapor escapando bajo las enormes arcadas de hierro. El tren aguardaba imponente, y los caballos de los carruajes resoplaban inquietos con tanta gente alrededor.
Cuando por fin abordaron el vagón de primera clase, un asistente se encargó de acomodar las maletas en los compartimentos superiores. En eso, Marcos se sentó en uno de los mullidos asientos tapizados en terciopelo, dejando escapar un resoplido. Miró alrededor y, al notar la absoluta soledad, bromeó:
—¿Será que espantamos a los demás pasajeros?
Gabriel, aún de pie, ajustaba la última maleta en su sitio con cuidado. Giró la cabeza y, divertido, le devolvió la risa.
—No, nada de eso. Compré todos los boletos de este compartimento.
—¡¿Qué?! ¿Todos? Pero… ¿Para qué semejante capricho?
—Prefiero llamarlo invertir en tranquilidad —se acomodó en el asiento frente a él—. Quiero viajar cómodo, sin miradas curiosas ni interrupciones innecesarias.
Marcos lo contempló un instante y terminó por sonreír, divertido.
—Definitivamente tus extravagancias nunca dejan de sorprenderme.
Gabriel arqueó apenas una ceja, con una mueca que se parecía demasiado a un desafío.
—Ya lo verás, al final me lo agradecerás.
El tren lanzó un silbido largo y, poco después, el vagón comenzó a sacudirse suavemente, marcando el inicio del trayecto. Ese era apenas el primer tramo que los esperaba: debían llegar hasta el puerto, donde abordarían un barco de vapor, y luego otra locomotora los conduciría finalmente a París.
Durante el viaje, Gabriel leía un libro con la serenidad de quien parece ajeno a todo lo que lo rodea. Marcos, en cambio, miraba distraído por la ventana, dejando que el paisaje le despejara la mente. De pronto, algo a lo lejos captó su atención.
—Mira —dijo inclinándose un poco hacia el vidrio, señalando con el dedo—, una manada de caballos.
Gabriel levantó la vista.
—¿Dónde?
—Desde aquí se ve.
Tras cerrar su libro, Gabriel se puso de pie y fue directo a sentarse a su lado. Desde allí pudo seguir el gesto de Marcos, descubriendo al grupo de caballos galopando en la lejanía.
—Es una vista magnífica.
Marcos notó de inmediato la cercanía; el hombro de Gabriel rozaba casi el suyo. No dijo nada, aunque su pecho se apretaba con una tensión que procuraba disimular.
Gabriel, en cambio, abrió el libro de nuevo, como si hubiese decidido quedarse allí sin más.
—¿Y no piensas volver a tu asiento? —preguntó Marcos en tono de broma, forzando una sonrisa.
—No —dijo sin levantar la vista—. Ya estoy cómodo aquí.
A medida que el vaivén del tren los arrullaba, Marcos comenzó a cabecear suavemente. Gabriel lo notó de reojo: los párpados pesados, la respiración cada vez más lenta. No dijo nada; intuía que el cansancio lo había alcanzado después de levantarse tan temprano.
Pasaron apenas unos instantes más antes de que el sueño lo venciera del todo. Y, tras unos minutos, en un movimiento inconsciente, la cabeza de Marcos se inclinó hasta quedar apoyada sobre el hombro de Gabriel.
Él, sorprendido al principio por el peso repentino, giró apenas el rostro y lo observó. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. No lo apartó y tampoco lo despertó; solo lo dejó descansar allí. En cuanto volvió a su lectura, cuidó cada movimiento: pasaba las páginas con lentitud, procurando no sacudirlo, y cada vez que cambiaba de postura lo hacía apenas, midiendo el ángulo.
En algún momento, levantó la vista de las letras y lo miró de nuevo. Había algo desarmado en su expresión al dormir, como una vulnerabilidad, que le provocó a Gabriel algún tipo de sosiego. Fue entonces cuando, al inclinar un poco más la cabeza, percibió el olor de su cabello: suave, con un dejo fresco a jabón y viento de la mañana. Respiró hondo, como si lo atrapara sin proponérselo; le era agradable.
El tren siguió su curso y, en ese compartimento vacío, solo quedaban el murmullo de las páginas, el sueño apacible de Marcos y aquella cercanía que Gabriel parecía no estar dispuesto a romper.
Unas horas después, Marcos al fin abría los ojos. Lo primero que notó fue la rigidez en su cuello, lo segundo, la calidez de la tela sobre la que estaba apoyado. Se enderezó de golpe, parpadeando, como si no creyera el momento.
—No te preocupes —dijo Gabriel mientras cerraba su libro—. Eres como una extensión de mí, aunque te faltan las mejores partes.
Marcos entrecerró los ojos, a medio camino entre la vergüenza y la risa.
—Eres un imbécil.
Gabriel soltó una carcajada casi juvenil y luego señaló hacia la ventana.
—Ya estamos por llegar a la estación. De ahí directo al puerto. El barco será un viaje más largo así que calculo que cuando desembarquemos ya caerá la noche.
—Entonces no estaría mal comer algo antes.
—Eso mismo pensaba. Mejor ahora que después arrepentirnos en medio del mar.
Una vez abajo, tomaron un coche que los dejó directamente en el puerto. Se ocuparon de dejar sus maletas y luego caminaron por calles donde los vendedores pregonaban pescado fresco, telas traídas de ultramar y baratijas de todo tipo. Entre el bullicio, se abría paso el constante desfile de carros cargados de mercancía y el silbido de los barcos a vapor que descansaban en el muelle, resoplando como bestias vivas.