Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 49

Aún ardido por la situación, Gabriel se quedó inmóvil unos segundos más. No dijo nada, pero el enojo le vibraba en los dedos. Dio media vuelta, regresó a su habitación y cerró la puerta con fuerza. Al permanecer allí un momento, sintió cómo la irritación le caminaba por dentro como un fuego lento hasta que, finalmente, tomó su abrigo y salió. No sabía exactamente a dónde iba a ir, solo que necesitaba aire y distancia.

Terminó caminando hasta los jardines de Luxemburgo. El sol caía tibio, alargando las sombras en el suelo prolijo, mientras él marchaba con el porte de siempre: recto, firme, confiado. A quien lo viera desde lejos le habría parecido sereno.

Observó a su alrededor y, sin motivo aparente, una figura femenina que reía con un sombrero claro, el vaivén de un vestido y una brisa con perfume a flores le trajeron a la memoria a Evelin.

Sonrió un poco recordando su voz, cálida y vivaracha; la manera en que lo provocaba solo para arrancarle una reacción; su piel, suave y perfumada; lo coqueta que se ponía para él cuando quería llamar su atención. La imaginó desnuda, con esa mezcla suya de descaro y gracia, mirándolo fijo, segura de que lo tenía enredado sin esfuerzo. Pensó, también, en lo mucho que le gustaba enseñarle cosas por cómo ella absorbía cada idea con interés… Y era cierto: se había acostumbrado incluso a verla discutir con Marcos, como si esas peleas fueran ya parte del ritmo natural de sus días.

La mueca se le desvaneció despacio y un hueco leve se abrió paso en su pecho. No era tristeza, pero sí una incomodidad al notar de golpe que Evelin estaba demasiado lejos.

Siguió caminando otro rato, con las manos a la espalda, hasta que el olor a café recién hecho desde una terraza cercana lo sacó del ensimismamiento. Frenó, miró el cielo claro y se encaminó hacia allí. No iba a desperdiciar una tarde hermosa solo por haber perdido la calma. Una mesa tranquila, una taza caliente y silencio eran lo único que necesitaba para volver a ordenar su mente.

Cuando la noche cayó sobre París con un aire fresco que anunciaba el final del día, Marcos y Héctor caminaban lado a lado por la acera, sin apuro, como si ninguno quisiera acortar el momento.

Una brisa fría los rozó y el francés, sin decir palabra, se quitó su abrigo largo y lo apoyó con suavidad sobre los hombros de Marcos. El gesto fue tan natural como deliberado.

—No era necesario —comentó Marcos, bajando un poco la mirada hacia el abrigo sin quitárselo—. Pero te lo agradezco. El clima parece cambiar de humor cuando se hace de noche.

Héctor sonrió apenas.

Ambos siguieron caminando hasta que, en medio de una conversación ligera, el militar, más bajo y grave, dijo al azar:
—No muchas personas me sostienen la mirada cuando hablo con ellas; me fascina que tú sí lo hagas.

Marcos lo miró de reojo con una media sonrisa.
—Es que ya tengo práctica con otras más duras.

—¿Te refieres a tu amigo? Whitaker. Es evidente el control que quiere ejercer.

—Sí, Gabriel. Siempre ha sido demasiado duro.

Héctor dejó escapar una pequeña exhalación con un matiz ambiguo.
—Hay durezas que protegen y otras que oprimen. Uno aprende a distinguirlas.

Marcos no respondió, pero el silencio bastó para que él entendiera que había tocado algo real.

Cuando llegaron a la entrada del hotel, otra vez Héctor sostuvo la puerta para que Marcos pasara primero. El vestíbulo estaba tranquilo, con un fuego discreto en una chimenea lateral.

—Entonces… —dijo, parado frente a él—, ¿tendré el privilegio de volver a verte?

—No lo sé —Marcos exhaló—. No estoy seguro de cuándo o si volveré a París.

Héctor asintió una sola vez, pero su gesto práctico se activó inmediatamente. Se acercó al mostrador de recepción y pidió un lápiz de grafito y dos papeles; luego escribió con trazo firme durante unos instantes antes de regresar hacia Marcos.

—Aquí tienes una lista de los lugares a los que suelo ir. Cafés, clubes, una librería y una casa de té bastante discreta. Si alguna vez vuelves, podrás encontrarme en alguno de ellos.

Marcos tomó las hojas, curioso. El segundo papel, al desplegarlo, estaba completamente en blanco. Alzó la mirada, intrigado, y Héctor le ofreció el lápiz:
—En ese, anota dónde podría escribirte. Una dirección, no importa si es tuya o de algún intermediario. Así, si yo deseo verte o tú a mí, podríamos arreglarlo.

Divertido por la insólita formalidad, Marcos arqueó una ceja.
—Vas a tener que prometerme que tu caligrafía no se ofenderá si la mía es peor —dijo con picardía mientras tomaba el grafito.

Se inclinó ligeramente sobre un pupitre de pie cercano y escribió con letra clara y algo inclinada. Terminada la nota, se la entregó. El leve roce de sus dedos apenas duró un segundo, pero fue demasiado cálido.

Héctor lo miró con una media sonrisa al ver su letra.
—Tu caligrafía no ofende a nadie —dijo con tono divertido—. Aunque si así fuera, encontraría la manera de disculparla considerando el encanto del autor.

Marcos soltó una pequeña risa.
—¿Siempre encuentras algo galante que decir?

—Solo cuando vale la pena —guardó el papel dentro de su chaleco y añadió, como quien comenta algo perfectamente razonable—: Te acompaño hasta tu habitación. Sería imperdonable dejar que te pierdas en los peligrosos pasillos del hotel.

—¿Y si me ataca una alfombra o una cortina? ¿Piensas defenderme con tu abrigo?

—Con mi abrigo, mi ingenio o mis manos, según lo que la situación exija.

Marcos volvió a reír, más suelto de lo que hubiera imaginado unas horas atrás. Caminaron juntos por el pasillo alfombrado, pasando por cuadros y candelabros murales, hasta llegar a la puerta de la habitación. Allí, Héctor, sin apresurarse, le tomó la mano con firmeza, como si fuera a despedirse con la cortesía esperada entre caballeros. Sin embargo, no la soltó enseguida.

Lo miró directamente a los ojos y, en ese instante, el apretón dejó de ser mera etiqueta. Marcos sintió su propio pulso, como si le golpeara en las sienes y el pecho a la vez. Y con un movimiento preciso, Héctor se inclinó. Al principio, parecía que iba a besarle la mano, como dictaba el ceremonial correcto, pero en el último segundo cambió la dirección: sus labios rozaron suavemente la mejilla de Marcos.




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