El coche avanzaba por las calles húmedas. La llovizna había comenzado hace varios minutos y el silencio reinaba entre ambos desde que salieron del hotel. El aire frío que entraba por la rendija de la ventanilla movía apenas el cabello de Marcos. Gabriel iba sentado frente a él, con los brazos cruzados y la mirada prendida en la ciudad.
En Marcos, la imagen de Gabriel leyendo el libro sin permiso seguía latiendo como una quemadura reciente; al observarlo, la rigidez de su expresión le devolvía un pensamiento incómodo: “le molesta porque Héctor es… como yo”.
El lugar se volvió demasiado estrecho para los dos, entonces Marcos suspiró fuerte.
—¿Vas a seguir así todo el camino? —Su voz sonó más cortante de lo que planeaba, pero no se corrigió.
Gabriel apenas giró el rostro, lento, sin responder. Sus ojos eran una sombra honda.
Marcos chasqueó la lengua, inquieto.
—Si algo te pasa, podrías decirlo —agregó—. No soy adivino.
Gabriel le sostuvo la mirada unos segundos. Luego volvió a girarse hacia la ventanilla.
—No pasa nada.
—Claro —esbozó una sonrisa irónica—. Nada, excepto que desde anoche me miras como si hubiese cometido una falta grave.
Sin responder, Gabriel frunció el ceño.
—¿O es que hablar con Héctor es demasiado escandaloso para tu moral impecable? —soltó Marcos, sintiendo cómo le ardía el estómago.
El comentario logró que Gabriel lo mirara, esta vez con irritación.
—No digas estupideces.
—Entonces, ¿qué es?. Porque pareces más molesto por con quién hablé que por cualquier otra cosa.
El carruaje giró una esquina y Gabriel no respondió.
Marcos sintió que el corazón le golpeaba el pecho con bronca.
—¿Te incomoda que alguien como él se me acerque? ¿O te incomoda lo que él es?
Gabriel apartó la mirada apenas un segundo, como si buscara una respuesta.
—No es por lo que él es —soltó con firmeza.
—¿Ah, no? Porque pareciera exactamente eso.
—No tergiverses. No tengo por qué explicarte cada cosa que…
—¡Claro que sí! —lo interrumpió, alzando la voz—. Porque me estás juzgando por algo que callas.
Gabriel lo miró fijo, los ojos tensos y las manos entrelazadas.
—No me gusta que confíes tan rápido en alguien que apenas conoces.
Marcos soltó una risa fingida.
—¿Es en serio? ¿Eso es todo? ¿O es más fácil decir eso que admitir que te molesta lo que él es?
—No estoy juzgando su vida íntima.
—¡Pero lo estás haciendo conmigo! ¿Qué diablos te pasa, Gabriel? ¿Tienes idea de lo que estás insinuando sin decirlo?
—No me hables en ese tono —le advirtió, subiendo la voz apenas un escalón.
Pero Marcos no se achicó.
—¡Te hablo así porque estás siendo injusto!
Hubo un silencio duro. Gabriel respiró hondo, como si contara hasta diez por dentro.
—No es por lo que él hace puertas adentro. Es por lo que quiere de ti.
—¿Y qué importa lo que él quiera? —Seguía igual de tenso—. ¿Por qué te afecta tanto?
Gabriel apretó los labios, como si acabara de pisar una trampa que él mismo armó.
—Porque no sabe cuál es tu lugar —dijo al fin, con una frialdad que apenas contenía algo más caliente debajo.
Marcos lo miró como si esa frase le hubiese cruzado el pecho.
—¿Mi lugar? —repitió, furioso y herido a la vez—. ¿Y según tú cuál es mi lugar?
La respuesta de Gabriel salió áspera.
—Definitivamente no siendo el trofeo que alguien puede exhibir después de una salida a solas. Si te lo advierto es porque veo algo que tú no ves. Pero si quieres ignorarlo, hazlo… luego no digas que no te lo advertí.
Marcos entrecerró los ojos, sintiendo cómo el enojo le subía a las mejillas.
—¿Advertirme de qué, exactamente? —espetó—. ¿De que alguien me muestra interés? ¿De que alguien me habla sin tratarme como si fuera tu sombra? ¿O es simplemente que te disgusta pensar que puedo elegir con quién estar sin pedirte permiso?
Gabriel negó con la cabeza y se inclinó hacia atrás, con esa frialdad que usaba cuando algo lo desbordaba.
—Ya basta con esta discusión —dijo, golpeando cada palabra con contención—. No pienso seguir hablando si vas a deformar todo.
—Claro —soltó una risa seca—. Porque cuando no puedes controlar la conversación, la terminas. Siempre lo mismo contigo.
El vehículo siguió avanzando y ninguno volvió a hablar, aunque los dos tenían mucho más que decir.
Cuando se detuvieron frente a la estación, la lluvia golpeaba un poco más fuerte. El cochero abrió la portezuela y una ráfaga de aire frío entró de golpe, mojando incluso el borde de los asientos.
De inmediato, Marcos salió primero, todavía molesto y con los hombros tensos. Pero apenas puso un pie en el empedrado mojando, su calzado perdió terreno. Sin tiempo para sostenerse, terminó sentado de golpe en un charco oscuro que salpicó hasta sus muslos.
—¡Por todos los demonios! —maldijo entre dientes, con más bronca que vergüenza.
Gabriel bajó detrás de él, aún irritado, pero la escena lo dejó entre exasperado y resignado. Se acercó y le tendió la mano, mojándose sin importarle.
—Eres increíble —gruñó, como si no supiera si reírse o ahorcarlo.
Marcos, empapado y con los dientes apretados, tomó su mano para incorporarse. Pero Gabriel, en un impulso de fastidio, cariño reprimido y ganas de romper algo del mal clima, le dio un leve tirón desprevenido hacia adelante, como queriendo embarrarlo más. Sin embargo, Marcos reaccionó al instante: lo jaló de la muñeca con brusquedad y Gabriel perdió el equilibrio.
El charco los recibió esta vez a ambos y, en un segundo, Marcos dejó escapar una carcajada sonora mientras que Gabriel soltó una maldición sonriendo. Los dos, sentados en el barro bajo la lluvia, respiraban entre risas contenidas y resoplidos. La hostilidad se había disuelto en lo absurdo del momento.
Gabriel se volteó a mirarlo. Estaba empapado, con el cabello pegado a la frente, pero divertido.
—No hay otro como tú —murmuró.