Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 53

La luz de media mañana despertaba el olor del café recién hecho. Marcos estaba sentado solo en la mesa, con una taza entre los dedos y varios documentos extendidos delante de él. Leía en silencio, hojeaba, marcaba algo y volvía a leer otra línea.

Apoyado en el marco de la puerta, Gabriel lo observaba desde hacía unos segundos. Permanecía quieto y con los brazos cruzados, como tanteando el humor de su compañero. Marcos, sin levantar la cabeza, ya lo había advertido.

—No bajaste a cenar anoche —dijo por fin Gabriel, sin moverse.

Marcos levantó la mirada solo lo justo para encontrarlo.
—Estaba Evelin —respondió con llaneza—. Si bajaba, terminaríamos peleando o la mandaba al demonio, y te hubieras irritado.

Sin esperar una reacción, volvió la vista a los papeles.

—Hubieras bajado igual. No es costumbre tuya desaparecer para evitar una pelea.

Marcos giró una de las hojas.
—No desaparecí. Solo me ahorré el disgusto… —bebió un sorbo—. Y a ti también.

Gabriel entró del todo al comedor y se acomodó en una silla frente a él.

—Tenemos que revisar los números del libro mayor y los gastos del último trimestre —dijo Marcos mientras seguía hojeando.

Gabriel apoyó los antebrazos en la mesa.
—Lamento lo de ayer.

Marcos pasó otra hoja, marcó algo con un lápiz y siguió.
—Y también hay que cruzar esto con los pagos de suministros. El desglose de abril no llegó completo.

Armándose de paciencia por ser ignorado, Gabriel suspiró suavemente.
—Voy a procurar ser más discreto. O al menos más callado.

Marcos levantó la mirada de golpe, molesto.
—Eso debiste pensarlo desde un principio.

—Lo pensé. Pero no me importaba. Hasta que te escuché golpear la puerta como si quisieras derribarla.

Él apretó la mandíbula, pero no dijo nada, y Gabriel lo observó como si tratara de medir cuánto podía decir sin que estallara.

—No quise faltarte el respeto.

Marcos volvió la vista a su trabajo como si la conversación jamás hubiera ocurrido. Pasó una hoja y dijo sin mirarlo:
—Para el balance tendremos que pedir las facturas originales.

—Marcos, te estoy hablando —su paciencia se acababa, pero se contenía.

—Y yo estoy trabajando —respondió seco, sin alzar los ojos.

—Puedes ignorarlo si quieres, pero no voy a fingir que no actuaste como si fuera un delito lo que hacía.

Marcos soltó el lápiz con un chasquido leve y lo miró por fin, fastidiado.
—¿No te parece curioso cómo corriste hacia ella apenas la viste? Te veías aliviado, casi feliz.

Gabriel no parpadeó.
—¿Eso te inquieta?

Marcos frunció el ceño y volvió los ojos a los documentos.

—Me pareció lo correcto —agregó Gabriel—. No iba a ignorarla solo porque tú la detestas.

Él bufó apenas.
—Haz lo que quieras, no me afecta. Solo me sorprende que, al ser tan inteligente, cuando la observas a ella, te veas tan asustado.

Gabriel se inclinó un poco hacia él, un tanto indignado por el insulto.
—¿Eso ves?... Tal vez te estás equivocando de persona.

Marcos alzó la mirada.
—No pierdas el camino.

—No lo hago.

—Pero a veces pareces muy dispuesto a hacerlo.

La tensión se volvió un tanto agresiva, y Gabriel sostuvo su mirada.
—Entonces dime, ¿qué se necesita para complacerte? —preguntó, con una calma casi insolente.

Marcos arqueó apenas una ceja, como si esa pregunta lo hubiese tomado por sorpresa.
—No necesito que me complazcas. Necesito que recuerdes por qué empezaste todo esto.

—Lo recuerdo —se apoyó en el respaldo de la silla, sin apartarle los ojos—. Aunque no siempre te guste cómo lo gestiono.

Ambos se clavaron la mirada unos segundos más hasta que Gabriel, con un suspiro breve, se incorporó.
—Esta noche hay demasiado papeleo que revisar y elaborar —se alisó la manga—. Concéntrate.

—Me concentro mejor cuando no hay ruido innecesario —murmuró Marcos, volviendo a lo suyo.

Gabriel sonrió apenas, como si el comentario lo entretuviera. Entonces dio unos pasos, rodeó la mesa y se colocó detrás de la silla donde Marcos estaba sentado. Sin pedir permiso, apoyó ambas manos sobre sus hombros, haciendo que sus pulgares presionaran en un contacto que no era abiertamente afectuoso pero tampoco formal.

Se inclinó un poco, lo justo para que su voz rozara el oído de él.
—Hoy sí almorzarás conmigo.

Marcos ladeó un poco la cabeza, sin apartarse.
—¿Y estará ella? —soltó con un fastidio apenas disimulado.

Gabriel sonrió más abiertamente.
—No —hizo una pausa juguetona—. Así que tendremos nuestro almuerzo romántico. Solo tú y yo.

—Oh, qué detalle —recalcó con ironía—, ¿también habrá flores y música en vivo, o piensas declararte de una buena vez y ahorrarnos años de drama?

La sonrisa de Gabriel se marcó más en un gesto de diversión.
—Con que flores… —murmuró, como si lo estuviera considerando de verdad.

Marcos chistó, pero la risa que soltó, breve y entre dientes, disipó parte de la tensión.

Justo cuando Gabriel todavía seguía inclinado y con las manos en el cuerpo de Marcos, un carraspeo discreto los interrumpió. Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.

Thomas, el más joven de los sirvientes, estaba en el umbral con una bandeja en las manos y los ojos muy abiertos, como si acabara de interrumpir un ritual prohibido.
—Señor Whitaker… señor Marcos… yo… —balbuceó, intentando no mirar lo evidente de la cercanía entre ambos.

Marcos no dejó pasar la oportunidad.
—No te alarmes, Thomas. Me está cortejando. Aún no decide si llevarme serenata o mandarme flores, pero ya ves que el hombre insiste.

El pobre muchacho se quedó quieto, como si no supiera si reírse, desmayarse o pedir disculpas por existir. Mientras, Gabriel se enderezó y retiró las manos de los hombros de Marcos sin perder la compostura.

—Puedes dejar lo de la bandeja en el aparador —ordenó con toda su seriedad intacta, como si no acabaran de descubrirlo inclinándose sobre Marcos como un pretendiente obstinado.




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