Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 57

El vestíbulo estaba silencioso cuando Marcos lo cruzaba, con un legajo de papeles en la mano y la mente aún pesada por lo del día anterior. Justo en ese instante, la puerta principal se abrió y entraron Gabriel y Evelin. Ella lo sujetaba del brazo mientras hablaba en voz baja sobre algo que a él parecía interesarle.

Marcos los vio y soltó, casi sin darse cuenta, un murmullo entre dientes:
—Por Dios…

Giró con intención de marcharse de inmediato; no quería presenciar ni un segundo más esa imagen. Sin embargo, alcanzó a dar solo dos pasos cuando escuchó su nombre.

—Marcos —dijo Evelin.

Él se detuvo y se dio la vuelta despacio. La miró con el ceño levemente fruncido, sin ocultar que esperaba lo peor.

Para sorpresa de ambos hombres, Evelin respiró hondo y habló con voz suave.
—Quiero… disculparme por lo de ayer. No debí entrar a tu habitación. Entiendo que tu enojo estuvo justificado.

Gabriel la miró de reojo, casi orgulloso de lo que consideró una muestra de madurez.

Marcos le sostuvo la mirada unos segundos. No había simpatía en su rostro, pero sí una especie de reconocimiento seco.
—Gracias —respondió simplemente, sin más adorno.

Mientras tanto, Evelin planeaba detrás de la sonrisa breve que fingía. Había comprendido que si quería desenmascararlo tendría que ser paciente. En aquella habitación, el libro y esas cartas que no pudo revisar le habían dado la sospecha de que Marcos escondía algo. Si quería descubrirlo, debía fingir calma, dejar que él bajara la guardia y esperar su momento.

Apartando la vista de ella, Marcos se dirigió a Gabriel.
—¿Nos dejas unos minutos?

Él vaciló brevemente, mirándolos a ambos. Aquellos dos a solas eran un desastre, pero de todas maneras asintió.
—No tarden —dijo solamente, y se retiró por el pasillo.

Marcos esperó a escuchar los pasos de Gabriel alejándose antes de hablar. Se cruzó de brazos y la miró sin una pizca de cordialidad.
—No sabes cómo me rompe el corazón tu disculpa —soltó con una ironía que no disimuló.

Evelin fingió no molestarse.
—Solo pensé que era lo correcto, por el bien de todos.

—¿Sabes que se perdona para estar en paz y no para seguir aguantando?

—Bueno, tal vez deberíamos intentar decirnos una buena mentira cada vez que nos crucemos. Al menos delante de Gabriel.

—¿Y cuál sería esa mentira?

—Que podemos intentar llevarnos bien. Que somos adultos civilizados, al menos por mi parte.

Marcos soltó una risa corta.
—¿Quieres decir que yo no soy capaz de hacer algo que tú sí podrías?

—Yo no dije eso. Digo que lo hago por Gabriel. No quiero darle más preocupaciones.

Él asintió apenas.
—Al menos tenemos algo en común.

Evelin sostuvo su mirada.
—¿Entonces sonreímos para fingir que nos caemos bien?

—Bien, acepto tu… tregua. Pero eso no cambia nada —sentenció—. Seguiré atento a cada paso que des.

—Yo tampoco pienso bajar la guardia. Descuida, que te vigilaré de cerca.

Marcos dio un paso atrás, marcando distancia.
—Entonces estamos de acuerdo.

—Lo estamos —esbozó una leve sonrisa que no llegaba a los ojos.

El silencio que siguió fue tan cortante como todo lo que no se dijeron. Ninguno confiaba en el otro, pero ambos estaban dispuestos a sostener el disfraz el tiempo que fuera necesario.

Cuando Gabriel regresó, al considerar que les otorgó el tiempo suficiente, se detuvo al verlos: seguían allí, separados por la distancia, cada uno con su postura rígida. No había gritos ni miradas de fuego. Solo una calma que él quiso creer auténtica.

—Vaya —dijo con una sonrisa ligera—, mis dos personas favoritas intentando llevarse bien. Esto es casi histórico.

Evelin esbozó una sonrisa perfecta, falsa hasta la última fibra, y Marcos la imitó con una mueca que apenas podía calificarse de real.

—Yo tengo cosas que hacer —anunció Marcos de inmediato, como si esa mínima convivencia ya fuera suficiente por un mes. Hizo una leve inclinación con la cabeza y se marchó sin mirar atrás.

Gabriel lo observó desaparecer antes de volverse hacia Evelin.
—Ven —le tendió la mano.

Subieron juntos las escaleras y entraron a la habitación de él. Gabriel cerró la puerta tras ellos y le dijo sin rodeos:
—Estoy orgulloso de ti. Actuaste con madurez.

Evelin lo miró con ternura.
—Por ti haría lo que fuera.

Gabriel alzó una ceja, acercándose lo justo para que la distancia fuera íntima sin llegar a ser estrecha.
—También debes hacerlo por ti. Aprende a ser una mujer correcta.

Ella no discutió. Dio un paso hacia él, levantó la mano hasta su rostro y lo besó con suavidad, como si ese gesto bastara para sellar cualquier pacto. Gabriel correspondió el beso, aunque su mente aún seguía midiendo consecuencias.

El beso de Evelin tenía ese efecto familiar y peligroso: le apagaba el juicio. Como una neblina caliente que se expandía desde el pecho hasta las manos. Cada vez que ella lo tocaba, algo en su mente cedía, como si un músculo agotado se rindiera sin luchar. No pensaba en Marcos en ese momento. No pensaba en planes ni en consecuencias. Solo en el perfume que ella llevaba en el cuello, en la calidez de sus labios y en cómo sus dedos sabían exactamente dónde posarse para suavizarlo.

Cuando se apartaron apenas, Gabriel apoyó la frente contra la de ella y dejó salir el aire con honestidad.
—Eres como un vicio —murmuró, casi con fastidio hacia sí mismo—. Sabes cómo adormecerme.

Evelin sonrió; acababa de escuchar una confesión que le otorgaba poder.
—Estoy ilusionada. Deseando que seas mío.

Por un instante, Gabriel cerró los ojos, tratando de aferrarse a lo que sentía y no solo a lo que reaccionaba.
—No sabes lo que dices. O sí… y por eso lo dices.

Ella volvió a rozar sus labios, suave, paciente, mientras Gabriel asimilaba que no podía retroceder. Evelin lo envolvía y él lo permitía, aunque supiera que no le convenía; aunque otra parte de sí —la que tenía nombre y ojos oscuros, la que se reía con insolencia desde un sofá la noche anterior— seguía ahí, enterrada pero palpitante.




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