Weaver los observó sin hablar por unos segundos. Ambos sabían que todo lo que el hombre creía ver en ese negocio era exactamente lo que le habían permitido.
—Estoy muy satisfecho con los resultados —dijo, haciendo el papeleo a un lado—. Las ganancias superan con creces mis proyecciones.
—Nos aseguramos de cumplir lo que se nos confía —respondió Gabriel con tono impecable—. Era lo menos que podía esperar de nosotros.
Marcos, con el cuerpo ligeramente hacia adelante, comentó:
—El ritmo de crecimiento no va a detenerse. Hemos conseguido satisfacer nuevos pedidos que antes no eran posibles.
El señor Weaver asintió, complacido, cruzando las manos sobre el escritorio.
—Diré algo que no suelo expresar fácilmente: este negocio ha resultado ser incluso mejor que los que manejo personalmente.
Gabriel sostuvo su mirada.
—Entonces hemos hecho bien en no defraudar su voto de confianza.
Weaver asintió una vez más y cambió de postura, recostandose sobre el respaldo del sillón.
—Caballeros, la razón por la que pedí esta reunión es para informarles que quiero hacer una inversión mayor. Un capital muy superior al actual.
Tras un breve segundo de cálculo, Gabriel preguntó:
—¿De qué magnitud estamos hablando?
—Del tipo de inversión que exige una estructura nueva entre nosotros.
Marcos intervino:
—Si va a poner más, querrá también más control.
—Eso —dijo Weaver con una leve sonrisa—. Será parte de lo que debemos discutir.
Gabriel se acomodó en su lugar, evaluando rápido cada implicación.
—Entonces estamos listos para escuchar lo que propone.
El anciano acercó la carpeta que descansaba a su derecha y la abrió.
—Si voy a inyectar un capital mayor —comenzó—, necesito ampliar mis facultades dentro del acuerdo. Quiero auditorías más frecuentes… mensuales, si es necesario. Y acceso libre a los libros, sin mediadores.
Ninguno interrumpió, y Weaver continuó:
—También necesito el derecho a vetar cualquier venta importante si no veo un beneficio proporcional. Y ningún gasto considerable podrá ser ejecutado sin mi firma —giró levemente el rostro hacia uno y otro para ver qué tanto les incomodaba lo que decía—. Además, incluiré otra condición obligatoria: una garantía formal por escrito y el derecho a nombrar un administrador.
Hizo una pausa y deslizó la carpeta sobre el escritorio hacia ellos.
—Este es el marco básico. Las cifras exactas y los términos legales se discutirán después… si están dispuestos.
Marcos la tomó y se dispuso a hojearla; en eso, Gabriel habló:
—Entenderá que debemos conversar ciertos puntos entre nosotros antes de aceptar cualquier modificación.
—Por supuesto, háganlo, no tengo prisa —se levantó despacio, apoyándose en su bastón—. Estaré en el salón; cuando terminen, me informan sobre su decisión.
Apenas la puerta se cerró detrás de él, Marcos se giró hacia Gabriel con molestia.
—Pide demasiado. No podemos aceptar todo esto sin meternos en el barro después.
—Lo sé, pero necesitamos esa inversión si queremos mover la siguiente etapa. Hay que darle algo que lo convenza sin entregarle las riendas.
Marcos se cruzó de brazos, pensando rápido, mientras Gabriel se levantaba y daba unos pasos cerca de la ventana.
—Podemos ofrecerle que la inversión se haga en dos entregas —dijo Gabriel al fin—. Primero un sesenta por ciento. Le decimos que es lo indispensable para arrancar la operación. La segunda parte treinta días después, una vez que haya visto informes resumidos de verificación.
Marcos alzó apenas una ceja, aprobando la idea.
—Eso nos da margen para maniobrar si algo se tuerce… Bien. Y respecto a los informes —chasqueó la lengua, calculando—. Podríamos darle reportes mensuales resumidos de ventas e ingresos. Si quiere ver los libros completos, que lo pida por escrito y espere cuarenta días para la preparación y exhibición.
Gabriel giró la cabeza para verlo.
—Le diremos que es por asuntos legales y de papeleo. Así no sospecha la demora. Recibe información, pero no acceso inmediato.
Una sonrisa leve curvó la boca de Marcos.
—Y le ofrecemos preferencia de pago. Si algo sale mal, que reciba primero su parte hasta recuperar un porcentaje de su inversión. Así siente que tiene seguridad económica, aunque en realidad su ganancia va a ser mínima con todo lo que ya desviamos.
—Eso va a tranquilizarlo. Bien pensado.
—Respecto a las auditorías… —murmuró Marcos, como recordando el punto más molesto—. ¿Qué dices?
—Solo aceptamos una cuatrimestral, no menos, y con treinta días de aviso. No quiero sorpresas.
—El auditor uno nuestro.
—Por supuesto.
—Conozco a alguien que nos debe un favor. Podría convencerlo.
Gabriel asintió, como si ya lo diera por hecho.
—En cuanto al observador que quiere nombrar, podemos aceptarlo. No nos afecta, siempre que dejemos claro que no tiene voto, ni poder de firma, ni veto. Solo presencia.
—Exacto. Puede sentarse, mirar y sentirse importante. Nada más.
Tras considerarlo un instante, Gabriel dijo:
—Falta la garantía. A eso no podemos negarnos si queremos dar la impresión de más seguridad en lo que hacemos. Estaba pensando en una de las bodegas secundarias.
Marcos frunció el ceño apenas lo oyó.
—¿Qué? ¿Cuál?
—La de Santa Aurelia.
Esa fue la chispa. Marcos apoyó con fuerza una mano en el escritorio, indignado.
—No.
—Marcos…
—Tú sabes perfectamente por qué no —interrumpió él, con los ojos endurecidos—. Esa fue la primera que manejé solo. Bajo las órdenes de tu padre.
Gabriel apretó ligeramente la mandíbula.
—Lo recuerdo, pero las otras mueven más volumen. No podemos exponerlas.
Marcos negó con la cabeza.
—Ya sé que Santa Aurelia no es la más grande y tiene ingresos menores en comparación con las demás; aun así, está abierta porque tú aceptaste mantenerla. ¿Y ahora quieres ponerla como prenda para ese hombre?