Marcos caminó por el pasillo en silencio, contando los pasos sin darse cuenta. Solo una vez al año se permitía ese atrevimiento: ingresar al cuarto de Gabriel sin anunciarse, sin esperar respuesta y sin moderar el tono. Ese día había llegado.
Empujó la puerta con la misma autoridad con la que otros tocan una campana de alarma y fue directo a las ventanas; tomó las cortinas y las abrió de golpe. La luz invadió la recámara como una bofetada.
—¡Despierta, su Excelencia! El mundo no puede girar si tú sigues babeando la almohada.
Gabriel gruñó algo entre dientes, enredado aún entre las sábanas, y se cubrió la cara con el antebrazo para bloquear el sol.
Marcos se acercó entonces al borde de la cama, lo miró un segundo con mala intención y le agarró el pie por el tobillo. Le dio un tirón seco, lo justo para moverlo unos centímetros.
—¡Oye! —Gabriel se sujetó del colchón como si lo estuvieran arrastrando a la calle—. ¡¿Qué demonios haces?!
—Despertándote… —dijo sin soltarlo—. El desayuno está preparado. Y esta es la única vez que te trato con tanta consideración.
—¿Así celebras que cumplo años? ¿Intentando echarme de mi habitación?
—Así es —le dio otro tirón, mínimo—. Feliz cumpleaños. Ahora muévete.
Gabriel resopló, medio sonriendo, y se incorporó mientras sacudía el pie para que lo soltara.
—No recuerdo haberte dado permiso para irrumpir —dijo mientras se sentaba al borde de la cama.
—Por suerte para mí, hoy no lo necesito —se acercó al ropero y empezó a hurgar entre las prendas.
Mirándolo de reojo, Gabriel consulto:
—¿Qué hora es?
—Hora de que actúes como un ser civilizado y no como un oso invernando —se acercó tendiendole una camisa—. Y antes de que empieces a quejarte: te concedo el día libre.
Gabriel tomó la prenda.
—¿Desde cuándo tú repartes días libres?
—Desde que cumples años y te pones insoportable si te hago trabajar. Haz lo que quieras: duerme, sal, rompe algo, qué sé yo… Déjame a mi, que me encargo de que nada se incendie en tu ausencia.
—¿Tan generoso te pondrás?
—Solo no quiero escucharte gruñir todo el día mientras intentas leer contratos.
Gabriel soltó una risa.
—No sé si confiar en que harás mi trabajo o preocuparme por lo que arruinarás.
Marcos hizo un gesto vago con la mano, quitándole importancia.
—No se te va a caer el negocio por descansar veinticuatro horas. Y si algo se quema, te prometo que fingiré que no fue culpa mía.
Tras ponerse de pie, Gabriel insistió:
—¿Estás seguro de que no necesitas que revise nada?
—Estoy seguro. Solo quiero que bajes a desayunar y te calles —apuntó hacia la puerta—. Te recuerdo que hice el esfuerzo de despertarte con luz del sol y no con una patada.
Gabriel se rio entre dientes y empezó a vestirse mientras Marcos esperaba apoyado contra la puerta, golpeando suavemente el marco con los nudillos, sonriendo para sí mismo.
Una vez en el comedor, sobre la mesa habían dispuesto un desayuno más abundante de lo usual: pan tibio, embutidos, frutas cortadas, mantequilla, mermelada, leche, jugo y café recién hecho. Gabriel giró hacia Marcos con una ceja levantada.
—Qué elegante todo esto —dijo en tono burlón.
—No te acostumbres —contestó Marcos, moviendo una silla para que Gabriel se sentara—. Hoy es cortesía; mañana vuelvo a tratarte como un patrón malhumorado.
Tomando asiento, dejó que Marcos lo ayudara a acomodarse.
—Caballeroso, servicial… pensaría que intentas conquistarme.
—Con lo difícil que eres, ni aunque me pagaran —se ubicó en su puesto.
Tras servir su propia taza y probar el café, Gabriel reconoció el sabor que le gustaba.
—Supongo que esto cuenta como regalo.
—No pude envolverte nada más irritante, así que sí.
Comieron sin apuro ni tensión, algo raro entre ellos dos en los últimos días, aunque de vez en cuando se cruzaban las miradas sin decir nada.
En un momento, Gabriel, con aire distraído, comentó:
—Si vas a encargarte de todo el papeleo, pasarás encerrado en el despacho.
Marcos se encogió de hombros.
—He tenido días peores. Y si el castigo es soportarte menos, lo considero un sacrificio noble.
—No sabía que sufrir por mí te hiciera sentir tan heroico.
—Créeme, podría escribir tragedias.
Un rato después, Marcos lo miró por encima de la taza.
—¿Ya pensaste en lo que harás hoy?
—Evelin me comentó que vendría más temprano a visitarme; de ahí veré.
Eso bastó para que el aire se transformará. El gesto de Marcos cambió, aunque intentó que no se notara.
—Claro… tiene que cumplir su cuota de novia.
—No seas dramático, solo vendrá a saludar.
—Sí, a recordarte que respiras por obra de su encanto.
Gabriel iba a replicar algo, pero dejó pasar el comentario con una mueca parecida a una sonrisa.
Cuando terminaron, Marcos se levantó y rodeó la mesa hasta quedar a su lado, apoyando una mano en el respaldo de la silla.
—Te veo esta noche. Aprovecha el día.
Y, sin aviso, le pasó la mano por el cabello, despeinándolo con deliberada saña.
—¡¿Pero qué demonios haces?! —se quejó Gabriel, girando la cabeza para quitárselo de encima.
—Le doy un toque de realidad a tu vanidad —dijo Marcos, retrocediendo ya con una media sonrisa.
Pero cuando se alejaba, Gabriel se incorporó de golpe y lo siguió.
—Ah, no. Ven acá —le dijo, alargando el brazo.
Marcos aceleró el paso hacia las escaleras, riéndose por lo bajo.
—No sabes perder, Excelencia.
—Y tú no sabes cuándo detenerte.
Gabriel le dio alcance justo antes del primer escalón, devolviéndole la jugada con la misma malicia. Marcos se cubrió como pudo, medio riendo, medio empujándolo.
—¡Ya basta, bestia!
—Tarde —respondió Gabriel, triunfante.
Marcos se escabulló un par de escalones arriba para tomar distancia, divertido.
—Anda, vete antes de que me arrepienta de ser amable.