A la mañana siguiente, el aire en la casa tenía una sensación distinta. Una calma un tanto incómoda que parecía crecer en el despacho mientras Marcos revisaba un grupo de documentos y Gabriel anotaba cifras. Habían pasado varias horas en el mismo espacio, concentrados, aunque cada tanto el azar lograba hacer que sus miradas se encontrarán; un instante suspendido que ambos esquivaban de inmediato, volviendo los ojos a sus tareas.
Gabriel sabía que el anillo en su mano no era un regalo común. No era un gesto que un amigo soliera tener con otro hombre, y mucho menos con una fecha grabada. Pero, al mismo tiempo, no podía negar que el detalle lo conmovía. Aquel pequeño círculo de plata pesaba en su dedo como el recordatorio de un compromiso de vida compartida.
Marcos, por su parte, disimulaba bien. O lo intentaba. Tenía esa compostura práctica que usaba para ocultar lo que sentía, pero sus ojos, cuando se posaban sobre la mano de Gabriel, hablaban por él. Sabía que su compañero había notado el significado, que era imposible que no lo hiciera… y, aun así, ninguno mencionaba nada. Era como si ambos hubieran pactado un silencio tácito, una tregua entre la sospecha de uno y el deseo del otro.
—Terminé de revisar los balances —dijo Marcos de pronto—. Todo está en orden para la firma.
Gabriel levantó la vista.
—Perfecto. Weaver no encontrará nada que le dé motivos para desconfiar.
—Dos días más y todo quedará cerrado.
—Dos días —repitió Gabriel en voz baja. Se inclinó ligeramente hacia atrás, observándolo con atención—. Has hecho un buen trabajo, Marcos.
Él sonrió con un gesto leve.
—Solo hago lo que me corresponde.
—Haces más que eso.
Otro silencio incómodo se presentó entre ambos. Entonces Gabriel volvió la vista a su trabajo, intentando disolver el peso de su propia frase. Marcos, sin embargo, siguió mirándolo hasta que finalmente carraspeó y señaló un legajo:
—¿Quieres que revise también los contratos antes de enviarlos a revisión?
Gabriel asintió, retomando su expresión.
—Sí. Asegúrate de que todo esté perfectamente justificado.
Y así, entre el roce de las hojas y los murmullos de trabajo, la tensión fue quedando soterrada bajo la rutina. El día avanzó como si nada hubiera cambiado, aunque los dos sabían que sí lo había hecho.
Cuando la noche ya aparecía detrás de los ventanales, los papeles estaban desparramados sobre la mesa junto a dos tazas de café que se habían enfriado hacía rato.
Gabriel alzó la vista de repente, notando cómo Marcos lo miraba desde el otro lado con los brazos cruzados.
—La forma en que me observas me hace pensar que estás a punto de corregirme.
—No hay nada que corregir. Solo estoy pensando.
—¿En qué? —hizo una anotación.
—En todo esto… en lo que estamos por hacer, en cómo llegamos hasta aquí.
Gabriel lo miró unos segundos y se recostó en la silla, cruzando una pierna sobre la otra.
——Lo que estamos haciendo requiere concentración. Y tus acciones me demuestran que estás a la altura.
Marcos bajó la mirada por un instante.
—Solo espero que la lealtad no me ciegue ante lo que es verdaderamente correcto.
—Estamos aquí haciendo lo correcto —tomó la pluma y volvió a lo suyo—. Ya es tarde. Deberías ir a descansar, Marcos.
Él asintió despacio mientras se ponía de pie.
—¿Y tú?
—Aún me queda algo por revisar —respondió sin levantar la vista—. No tardaré mucho.
Marcos se quedó unos segundos inmóvil. Parecía querer decir algo, pero al final solo suspiró, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba a punto de salir, Gabriel habló de nuevo, sin mirarlo:
—Gracias.
Se volteó apenas hacia él.
—No me las des todavía. Aún no terminamos.
Tras marcharse, Gabriel permaneció quieto, contemplando la joya en su mano, tratando de ignorar su significado.
….
La tarde estaba gris pero tibia, y una brisa suave movía los pliegues del abrigo de Evelin mientras caminaba por la acera tomada del brazo de Gabriel.
—…el ferrocarril llegará con los insumos antes del invierno. Mi abuelo está convencido de que eso reactivará todo el comercio local.
—Puede que tenga razón —respondió Gabriel, aunque su tono sonó ausente.
Evelin lo miro de reojo.
—¿Estás escuchándome siquiera?
—Lo intento.
Ella sonrió.
—Se nota que tu cabeza está en otro lado. Supongo que sigues pensando en la firma de mañana, ¿verdad?
—Es un paso muy importante. Tu abuelo ha sido más que razonable —dijo sin mirarla—. Y quiero que todo salga sin imprevistos.
—Lo entiendo —apretó su brazo con un gesto afectuoso—. Pero no puedes pasarte la vida midiendo cada detalle, Gabriel. A veces las cosas salen bien… sin tanto cálculo.
—Lo dudo —murmuró.
Cuando llegaron a su destino, un salón de té, el mozo se apresuró a abrirles la puerta para ingresar a un interior cálido y con aroma a vainilla. Evelin escogió una mesa junto a la ventana y Gabriel se sentó frente a ella, aún con el pensamiento lejano.
—¿Café o té? —preguntó ella, quitándose los guantes.
—Café —levantó la mano para llamar al empleado.
Fue entonces cuando la luz se reflejó en su dedo. Evelin notó de inmediato el anillo que relucía y se quedó mirándolo.
—¿Qué desean, caballero?
—Dos tazas de café y scones, por favor.
El mozo se retiró y Evelin, todavía con los ojos fijos en el metal, extendió los dedos y lo tocó con suavidad.
—No lo había visto antes.
Gabriel se apartó.
—Es nuevo.
—¿Un regalo?
—Sí.
—¿De quién? —ella se dejaba llevar por la curiosidad femenina más que por la sospecha.
—De Marcos.
Evelin arqueó una ceja, un tanto confundida.
—Ah… es bonito. Aunque… —sonrió con ironía— no parece un obsequio que un hombre le haría a otro, ¿no te parece?
Gabriel sostuvo su mirada.
—Marcos tiene un gusto terrible para los regalos. Lo acepté solo porque insistió.