Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 62

Los días que siguieron a la firma tuvieron una calma engañosa, de esa que sólo precede a los grandes movimientos. La emoción de Gabriel, aunque discreta, se hacía notar en los gestos más pequeños: en la precisión de sus órdenes, en la rapidez con que revisaba los informes y en la manera en que, a veces, al hablar con Marcos, una sonrisa fugaz se le escapaba antes de volver a su seriedad.

Weaver, confiado y entusiasmado, venía autorizando una serie de envíos múltiples. La mayoría eran ficticios: barricas vacías, registros falseados y rutas inventadas. Ninguno de los informes despertaba sospecha; los números cuadraban con una perfección casi poética y cada ganancia en el balance reforzaba la ilusión del éxito.

Esa tarde, el bullicio de la bodega era ensordecedor. Los empleados iban y venían entre carretas, sogas y cajas apiladas. El olor a madera húmeda y a vino derramado se mezclaba con el de la tierra tibia.

Con una carpeta en la mano, Gabriel repasaba el inventario mientras, frente a él, varios hombres cargaban un carro destinado a un cliente importante: Lord Whitcombe. Ese sí era un envío real y, como tal, debía salir impecable.

A unos metros, Marcos trabajaba con energía. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos, el cabello despeinado y la frente cubierta de sudor. Reía con los peones mientras ayudaba a asegurar una de las barricas más grandes, tirando de la soga con fuerza. Su voz y su risa se alzaban por encima del ruido de las ruedas y las órdenes.

Gabriel levantó la vista del papel justo a tiempo para verlo. Durante un instante, notó el movimiento de sus brazos, la fluidez con que se movía y la manera en que hacía parecer fácil lo que no lo era.

En ese momento, uno de los empleados se acercó con un paquete rectangular envuelto en papel marrón.
—Señor, esto llegó ayer por la mañana. Lo dejaron con el resto de la correspondencia.

Lo tomó observando la etiqueta.
—Gracias —luego, alzando la voz—: ¡Marcos!

Este giró la cabeza al escuchar su nombre.
—¡¿Qué pasa?!

—Ven un momento.

Marcos dio unas últimas instrucciones a los trabajadores, se limpió las manos en el pantalón y se acercó un tanto agitado por el esfuerzo.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó curioso.

—Algo que llegó para ti.

—¡¿Para mí?! ¿Qué es?

Gabriel hizo un leve gesto con la cabeza hacia el interior del galpón.
—Acompáñame.

Marcos lo siguió, intrigado, atravesando el pasillo entre pilas de cajas y barricas hasta llegar al pequeño despacho del fondo. El ruido del trabajo se apagó detrás de ellos cuando Gabriel cerró la puerta.

El espacio era pequeño, con un escritorio cubierto de papeles, dos sillas, una repisa, un aparador con botellas de vino y un estante lleno de libros. Gabriel colocó el paquete sobre el escritorio y lo empujó hacia él.

—Ten —dijo—. Llegó ayer.

Marcos lo miró con desconfianza divertida.
—Si esto explota, haré que me entierren contigo.

—No te daría algo tan útil —replicó Gabriel con una sonrisa casi imperceptible.

Tras desplegar el envoltorio, Marcos se encontró con un chaleco de corte elegante, de tela azul oscura y suave, con botones dorados que resaltaban los detalles. Lo levantó, asombrado.
—¿Qué demonios es esto? —la sonrisa que se le escapó delataba lo encantado que estaba.

—Parezco un hombre decente a tu lado, y eso no puede ser.

Marcos soltó una carcajada.
—Eres un idiota.

—Y tú un desastre con piernas.

Girando la prenda entre sus manos, Marcos no pudo evitar comentar:
—Así que lo compraste pensando en mí.

Gabriel frunció el ceño.
—No exageres. Lo compré porque tus harapos me ofenden la vista. Anda, pruébatelo.

—¿Aquí?

—¿Hay algún otro sitio donde quieras hacerlo?

Marcos lo miró con desconcierto, pero al final rió y se quitó su chaleco viejo para colocarse el nuevo, bajo la mirada silenciosa de Gabriel. Cuando terminó, giró sobre sí mismo con aire de galanteo.

—Bueno… ¿y?

A Gabriel le pareció que le quedaba perfecto: marcaba su postura, afinaba su figura y acentuaba sus hombros y los músculos del pecho.
—Te queda muy bien.

Él sonrió, triunfante.
—No esperaba menos de mi modisto personal.

Gabriel bufó.
—Espero que te empieces a vestir más como corresponde.

—¿Como corresponde?

—Eres mi socio. No puedes aparecer siempre con cualquier cosa.

Marcos apoyó una mano en el escritorio, inclinándose hacia él.
—¿Desde cuándo te fijas tanto en mi ropa, eh?

—Desde que la tuya amenaza con desintegrarse cada vez que respiras.

Marcos sostuvo su mirada, con una sonrisa en los labios antes de darle una palmada en el hombro.
—Cuidado, Gabriel. Si sigues así, voy a empezar a pensar que tienes corazón.

Gabriel sonrió.
—No te hagas ilusiones. Solo invierto donde sé que hay retorno.

—Entonces debo de ser una excelente inversión —replicó Marcos, antes de salir riendo del cuarto.

Cuando la puerta se cerró, Gabriel se sentó sobre el borde del escritorio. Aún podía oír la risa de él resonando débilmente entre las paredes, como si nada en el mundo pudiera pesarle demasiado.

Miró el paquete vacío y, sin querer, una sonrisa casi invisible le cruzó el rostro. Claro que lo había comprado pensado en él. Desde el primer momento en que lo vio en aquel escaparate, supo que lo compraría. No por necesidad ni por imagen, sino porque algo dentro de sí —algo que se negaba a analizar— quiso tener un detalle, verlo sonreír y, de algún modo, dejar una huella en esa alegría despreocupada que tanto lo llamaba.

….
El almuerzo había terminado sorprendentemente tranquilo; para Gabriel, esos dos al menos hacían el esfuerzo de calmarse. Marcos se despidió poco después, alegando que debía revisar algunos asuntos de trabajo, y los dejó a solas.

Luego de unos minutos, Gabriel y Evelin se retiraron del comedor. La luz del sol caía cálida sobre el suelo del vestíbulo justo cuando pasaban por allí y, antes de subir las escaleras, Gabriel se detuvo, sujetándola del brazo para que ella también lo hiciera.




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