Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 63

El sol aún colgaba alto en el cielo cuando Marcos llegaba al burdel. El galope de Tzar se fue apagando hasta convertirse en un trote cansado frente a la entrada de la casona.

Descendió del caballo torpemente, con el rostro tenso y la mirada perdida. Se notaba en su porte la fatiga; pero más que cansancio físico, era ese abatimiento que nace del alma.

Tras tocar la puerta con los nudillos, la madame del lugar apareció. Una mujer con un vestido oscuro, ceñido, y el cabello recogido en un moño prolijo.
—Buenas tardes, señor —dijo con una sonrisa coqueta—. ¿Busca compañía? Tenemos hermosas señoritas disponibles.

—No… —respondió él, un tanto nervioso, pasándose una mano por el cabello—. Estoy buscando a Ivy.

—¿A Ivy? —lo observó con curiosidad—. ¿La conoces?

—Sí. Es una amiga.

La madame lo evaluó unos segundos más, sin borrar la sonrisa. Luego asintió y se hizo a un lado.
—Espere en el salón. Voy a enviar a alguien por ella.

Marcos cruzó el umbral, ingresando a un lugar invadido por el perfume, algunas risas, la presencia de varios caballeros y el sonido de un piano. La luz que apenas entraba por las cortinas cerradas creaba una penumbra dorada en el ambiente. Se sentó en uno de los sillones, con las manos entrelazadas y el pulso aún agitado por la rabia y la tristeza, hasta que el cortinaje lateral se movió e Ivy apareció. Al verlo allí, su expresión cambió de inmediato: la sorpresa se tornó en preocupación.

—Marcos… ¿Qué haces aquí?

Él se puso de pie al instante y, sin decir palabra, la abrazó. Ivy lo sintió rígido.

—Ven —le dijo en voz baja, tomándole el brazo—. Vamos arriba.

Ambos llegaron a una habitación con un olor tenue a incienso. Ivy cerró la puerta y lo miró con atención mientras él se sentaba al borde de la cama, con la cabeza baja. Entonces ella se acomodó en una silla.

Marcos habló al fin.
—Me siento mal.

Con el paso de los minutos, las palabras le salían entrecortadas. Le contó a Ivy lo que había pasado esa tarde, lo que había visto y escuchado: el tono de Gabriel, tan real cuando le decía a Evelin que la amaba. Eso, dijo, fue lo que le rompió el pecho.

Le relató también con melancolía sobre todo lo demás: las veces que Gabriel lo había rozado y esos gestos breves que parecían tener un significado oculto… Le habló de aquella vez en el sillón, cuando él se recostó sobre su pecho, del anillo que le regaló y del modo en que Gabriel lo observó al recibirlo; del chaleco comprado hacía apenas unos días, con esa mirada que ahora no sabía cómo interpretar.

Y, casi al final, nombró a Héctor, a ese hombre que conoció y que lo miró con ternura.

—Gabriel te confunde. Por lo que cuentas, un día te acerca y al otro te deja a la intemperie.

Marcos bajó la mirada.
—Sí, pero… pensé que… que estaba percibiendo lo mismo que yo. Había momentos en los que lo creía con todo el cuerpo, ¿sabes?

—Y después te das cuenta de que no.

—Después me doy cuenta de que ama a Evelin —dijo con una sonrisa amarga—. Y que yo solo soy su amigo. Alguien a quien quiere, pero no de ese modo.

Hubo una pausa. Ivy se levantó del asiento y se acercó a él, tomándole el rostro entre las manos.
—Marcos —le dijo, mirándolo a los ojos—. Amarlo es un sentimiento perdido. No porque no lo merezcas, sino porque él ya está en otro lugar. Y tú estás ahí, esperando algo que no va a llegar.

—Pero no sé cómo soltarlo. Siento que si lo dejo ir… me quedo sin nada.

—Estás tan aferrado que olvidas lo que necesitas ahora: tranquilidad, paz, alguien que te quiera sin enredos —le acarició el cabello—. Gabriel no va a darte eso si ama a esa mujer.

Marcos la miró en silencio, con los ojos vidriosos, e Ivy se enderezó un poco y añadió con una sonrisa leve:
—Ese tal Héctor del que me hablas suena a alguien bueno. Quizás deberías dejar que se acerque, dejar que te quiera un poco. A veces el cariño empieza ahí, cuando ya no se espera nada.

—No sé si pueda —soltó un suspiro largo—. En verdad sé que tienes razón. Gabriel solo me lastima… y no es su culpa. Soy yo el que sigue buscando algo que no existe.

Ivy lo soltó y se sentó a su lado.
—Entonces deja de buscarlo, ¿si?. Al menos por un tiempo.

—Sí… —murmuró él.

Ella apoyó la cabeza en su hombro, sin decir más, ofreciéndole un respiro después de una tormenta. Hasta que, luego de unos instantes, sonrió con cierta picardía.
—Tenemos que bajar. Si no me ven trabajando, la madame me va a echar a patadas.

Marcos soltó una leve risa, la primera en horas.
—No querría ser culpable de eso.

Bajaron juntos por las escaleras de vuelta hacia el salón, donde ahora apenas si se encontraban unos pocos hombres dispersos: algunos reían con una copa en la mano y otros hablaban bajo con las mujeres que los acompañaban.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ivy al detenerse junto a él.

Marcos observó el lugar por un instante.
—Quiero quedarme un rato —dijo finalmente—. No estoy listo para volver.

—Está bien. Quédate el tiempo que necesites. Nadie va a decirte nada.

Él asintió con una leve sonrisa agradecida. En ese momento, un hombre de traje oscuro cruzó la puerta y la madame le hizo a Ivy una seña.

—Tengo que irme —murmuró en voz baja, tocándole el brazo—. Cuando esté desocupada volveré.

—Ve, ve, no te preocupes.

Ella le sonrió una última vez antes de alejarse hacia el recién llegado, y Marcos se quedó solo. Caminó hacia uno de los sillones, donde el cuero ya estaba gastado por los años y las conversaciones ajenas, y se sentó, soltando un suspiro. Entonces hizo un gesto a un muchacho que pasaba con una bandeja.
—Una copa de whisky.

….
Gabriel venía de pasar el resto del día con Evelin; habían paseado por el jardín, leído un poco y compartido una merienda divertida. Ahora, mientras el reloj del pasillo marcaba la hora de la cena, se dirigía al comedor.




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