Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 64

En plena madrugada, algunos clientes se marchaban tambaleándose mientras otros reían aún. Marcos seguía allí, en el mismo sillón, con el cuerpo ladeado y los párpados pesados. Tenía la chaqueta desabrochada y la mirada perdida en el borde de su copa vacía. La sonrisa que había usado durante toda la noche desapareció sin que se diera cuenta.

Ivy se acercó despacio, esquivando a un par de muchachas que aún charlaban en voz baja; se agachó un poco y apoyó una mano en su hombro.
—Marcos —dijo con suavidad. Al no obtener respuesta, lo sacudió un poco—. Marcos… ya es tarde. Y para serte sincera, bebiste demasiado. No puedes irte así.

Él alzó la vista, sonriendo apenas, con los ojos vidriosos.
—No te preocupes, puedo montarlo… digo, al caballo… —rio débilmente—. No es mi primera vez caminando…

—Justamente por como hablas no vas a llegar ni a la puerta. La madame me dijo que puedes quedarte esta noche. Hay un cuarto libre.

—No quiero ser una molestia —se llevó una mano al pecho, como si aún guardara un resto de dignidad—. Bastante hicieron conmigo, dándome de beber y escuchando mis tonterías.

Una de las chicas, que seguía cerca, sonrió.
—Si la madame dejó que te quedaras, es porque le caíste bien, cielo. Si no fuera así, ya te habría echado hace rato.

Marcos soltó una risa cansada, bajando la mirada hacia el cristal vacío.
—Vaya honor… Entonces no tengo escapatoria.

Ivy le sonrió, extendiéndole una mano.
—Vamos, antes de que te duermas aquí mismo.

Él la miró un instante y luego asintió. Se incorporó con cierta torpeza, sujetándose de su brazo, y dejó la copa sobre la mesa. Mientras caminaban hacia los dormitorios, con el eco de las voces y la música apagándose, la madame los observó desde el mostrador, con los brazos cruzados y una sonrisa apenas perceptible.

La estancia contaba con una cama sencilla, una mesa de noche, un lavamos rudimentario y una lámpara de aceite encendida.

—Puedes quedarte aquí —guió a Marcos hasta el lecho—. Mañana, cuando estés mejor, podrás marcharte.

Marcos se sentó al borde y la miró, aún con esa media sonrisa melancólica.
—Eres demasiado buena conmigo, Ivy —se dejó caer sobre el colchón—. Prometo no roncar.

Ella rio por lo bajo, apagando la lámpara.
—Descansa, Marcos. Ya hiciste bastante por hoy.

La puerta se cerró despacio, dejando el lugar en penumbra, y Marcos se recostó de lado, mirando la pared un momento antes de cerrar los ojos.

….
Le tomó unos segundos recordar dónde estaba. El techo desconocido, el aroma a perfume dulce mas el leve murmullo de voces femeninas detrás de la puerta le hicieron creer que todavía estaba en un sueño… Entonces sonrió.

Se pasó una mano por el rostro, notando la pesadez en su cabeza. Por suerte era una resaca amable, de esas que no duelen, pero que recuerdan una noche larga.

“Bueno, al menos sigo vivo”.

Se oyó una carcajada afuera y justo entonces golpearon.

—Un momento —dijo él. Se incorporó rápido, pasó los dedos por su cabello, se ajustó la camisa y fue a abrir.

Del otro lado estaba la madame, con su vestido oscuro y un abanico cerrado en la mano. Detrás de ella asomaban algunas de las muchachas, curiosas, sonriendo con descaro.

—Buenos días, caballero —dijo ella con una seriedad que ahora la hacía ver más severa.

—Buenos días —respondió Marcos, inclinándose.

—Quería asegurarme de que ya estuviera despierto. Mis niñas y yo vamos a desayunar. Pensaban que le agradaría acompañarnos.

Marcos se sorprendió.
—Por supuesto, yo… Me siento honrado.

—Entonces acepta —replicó la mujer, sin dejarle opción.

Las chicas, desde detrás, soltaron unas cuantas risas. Una de ellas murmuró: “qué guapo se ve incluso despeinado”, y otra añadió: “imagínatelo desnudo”.

Él las miró fingiendo no escucharlas.
—Si así son los recibimientos matutinos, tendré que venir más seguido.

Todas rieron con ganas, e incluso hasta la madame dejó escapar una sonrisa.
—Lo esperamos en la mesa. No tarde —dijo antes de darse la vuelta.

Marcos cerró la puerta y se quedó unos segundos en silencio. La cabeza le dolía un poco, pero el pecho se sentía más liviano: el amanecer no lo encontraba pensando en lo que perdió, sino agradecido por lo que aún tenía.

Unos pocos minutos después llamaron otra vez. Al abrir, se encontró con Ivy sonriendo, fresca y animada, con el cabello suelto y un deshabillé color lavanda.

—Así que aún estás aquí —dijo divertida—. ¿Qué esperas? Todas están aguardando emocionadas; es la primera vez que un hombre se queda a dormir hasta el día siguiente.

Marcos soltó una carcajada.
—¿De verdad? Entonces ya tengo algo que presumir sobre este lugar.

Ivy rió, divertida, y lo sacó de allí para guiarlo, caminando entre las paredes tapizadas con cortinas rojas. Antes de doblar hacia las escaleras, se detuvo y lo miró.
—¿Cómo te sientes? ¿Estás mejor?

Él la observó con un matiz de cansancio.
—Sí, estoy mejor. No excelente, claro, pero supongo que eso vendrá con el tiempo —hizo una pausa—. Ya no tengo esa sensación de ahogo en el pecho, al menos.

Ella asintió.
—Eso es lo que quería oír —apoyó una mano en su mejilla—. Tienes que pensar más en ti.

Él le devolvió una sonrisa, agradecido por sus palabras, y le ofreció el brazo en un gesto de cortesía juguetona.
—Entonces, ¿me llevas al festín antes de que las damas cambien de opinión?

El comedor era un hervidero de carne y seda. Apenas entraron, Marcos reparó recién en que todas vestían bata y camisola, riendo y estirándose de forma que sus siluetas se notaban naturales y fluidas.

Saludo con una reverencia general y tomó asiento. Enseguida, una muchacha de cabello castaño se acercó, inclinándose sonriente para servirle el té; el tejido de su prenda se abrió sutilmente, revelando la redondez pálida de su pecho y el contorno suave de su cuerpo libre de corsé. En la mesa, las risas agudas de las demás chicas se mezclaba con el olor dulzón de la mermelada y el perfume barato. Tiempo atrás, se dijo, aquel comedor habría sido su idea del paraíso. Hubiera sentido un rugido en la sangre, una sed violenta que lo habría empujado por completo a quedarse encerrado en ese edén de piel y cabello suelto. Sabía que cualquier otro hombre en Londres —desde el mendigo que tiritaba en el fango hasta el aristócrata más severo— se consideraría el ser más afortunado de la Tierra en su lugar.




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