Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 65

Apenas el sonido de la puerta resonó en el vestíbulo, Gabriel se asomó desde el pasillo. En el fondo, esperaba ver entrar a Marcos, quizá con esa media sonrisa suya y algún comentario que justificara la ausencia. Tenía ya preparadas unas cuantas palabras para reprenderlo por su osadía de desaparecer sin aviso.

Sin embargo, en cuanto el mayordomo se hizo a un lado, la figura que ingresó no fue la de él, sino la de Evelin. Gabriel sintió cómo la preocupación volvía a caerle encima. Fingió serenidad, saludándola con una pequeña sonrisa, aunque en su interior algo se contrajo aún más.

Durante el almuerzo, Evelin notó que él apenas probaba bocado, manteniendo el plato casi intacto. Cada tanto, Gabriel movía los cubiertos sin intención real de comer, con la vista fija en algún punto más allá de la mesa. Ella intentó entablar conversación, hablar del día, del clima, incluso del collar que ahora llevaba puesto; pero sus palabras parecían rebotar en el aire cuando apenas recibía monosílabos.

Dejó los cubiertos exhalando con cierta molestia.
—No puedo evitar notar que estás ausente, Gabriel. Supongo que tiene que ver con tu querido amigo, ¿no?

Gabriel la miró.
—¿Qué dices?

—Que no está —se encogió de hombros—. Y sinceramente creo que la casa se siente mejor así. Más tranquila. Ya sabes cómo llena todo con su ruido y sus fastidios.

—Ten cuidado con lo que dices, Evelin —dejó los cubiertos con una calma que no disimulaba el enfado—. No vuelvas a hablar así de él.

—Solo he dicho lo que pienso.

—Entonces piénsalo en silencio. No es a ti a quien le corresponde juzgarlo.

El ambiente se volvió casi irrespirable. Evelin bajó la vista al plato, ofendida, mientras Gabriel se reclinaba en la silla, reprimiendo la necesidad de levantarse de inmediato y salir a buscarlo.

En los siguientes minutos, ella ya había dejado de comer. Lo observó entonces, sintiendo cómo la distancia entre ambos crecía con cada segundo que él permanecía callado.

—¿Sabes? —dijo al fin, enfadada—. Si mi presencia te resulta tan poco notoria, quizá lo mejor sea que me vaya.

Gabriel le dirigió la mirada lentamente.
—Si eso crees conveniente, hazlo.

—¡¿Si eso crees conveniente?! ¿Eso es todo lo que tienes para decir?

—No me parece correcto fingir que todo está bien cuando no lo está. No tengo ánimo para discutir, Evelin. Si prefieres irte, no te detendré.

—Entonces me estás echando.

—Te estoy dejando decidir. Quédate si quieres, pero no voy a darte la atención que esperas ahora mismo.

Ella lo contempló unos segundos, furiosa, sin comprender la frialdad en su rostro.
—Es increíble… —se puso de pie con un movimiento brusco—. Ni siquiera sé por qué me esfuerzo.

—Yo tampoco —replicó Gabriel sin levantar la voz.

Evelin se quedó helada. Le lanzó una última mirada, cargada de enojo, y se giró. El taconeo de sus pasos resonó en el suelo mientras salía del comedor.

Gabriel permaneció sentado un momento más, mirando el plato frente a él con los restos intactos de una comida que nunca probó. Esperó unos minutos, lo justo para oír el carruaje alejarse, y solo entonces se levantó. Subió a su habitación, se colocó las botas de montar y bajó las escaleras. Afuera, el viento comenzaba a levantar polvo.

En cuanto sujeto las riendas de Taiko, Gabriel montó de un salto, se acomodó y, sin decir una palabra más, espoleó al animal. Mientras avanzaba a galope por el camino, repasó mentalmente las posibilidades. Una de ellas era la residencia de Pembrok. Tal vez Marcos habria decidido ir a visitarlo para despejarse un poco; eso le daba al menos un rumbo claro.

Apenas cruzó el portón de aquella casa, distinguió dos figuras en la entrada: Eduardo y, frente a él, una mujer de vestido claro y cabello recogido. Justo cuando aminoraba el paso, Pembrok se inclinaba para besarla.

Al levantar la vista, Eduardo lo vio acercarse.
—¡Señor Whitaker! Qué sorpresa.

Clara, algo sonrojada, se giró.
—Señor —saludó con cortesía, bajando la mirada.

Gabriel desmontó rápido.
—Señorita Blythe —inclinó ligeramente de cabeza. Luego, mirando a Eduardo, añadió—: Pembrok, necesito hablar con usted un momento. Es importante.

Eduardo percibió al instante la dureza en su voz.
—Claro. Deme un minuto —se volvió hacia Clara, tomó su mano y depositó un beso en el dorso—. Nos veremos pronto —le dijo, con esa mezcla suya de encanto y picardía—. Prometo no dejarte escapar tan fácilmente como esta vez.

Ella sonrió, todavía ruborizada.
—Veremos si cumples esa promesa.

—Oh, tengo una reputación que mantener.

Gabriel los observaba, serio, sin decir palabra. Clara se despidió con un gesto amable hacia ambos y subió al carruaje. Solo cuando el coche avanzó, Eduardo volvió su atención hacia él.

—Bien —dijo con tono más sobrio—. ¿Qué ocurre?

—¿Ha visto a Marcos?¿Pasó por aquí en las últimas horas?

—¿Baker? —arqueó una ceja—. No. Hace varios días que no lo veo. ¿Pasó algo?

Para evitar dejar ver su impaciencia, Gabriel respiró hondo.
—Desapareció desde ayer por la tarde. No está en casa y nadie sabe nada de él.

La expresión de Eduardo cambió al instante.
—¿Desapareció?

—Salió en uno de los caballos y no regresó. Ni siquiera dejó un mensaje —apretó las riendas; la tensión en sus manos era evidente.

Eduardo lo miró unos segundos y luego asintió.
—Bien, lo buscaremos. Aguarde un minuto, voy por una montura.

—Lo espero.

En pocos minutos Pembrok regreso, y Gabriel volvió a subir a su animal. Mientras ambos cabalgaban, Eduardo intentó romper el silencio con su humor habitual, lanzando una broma sobre cómo probablemente Marcos estaría en alguna taberna haciendo nuevos amigos. No obstante, en cuanto notó que el otro ni siquiera giraba la cabeza y solo mantenía el gesto serio, desistió.

Avanzando entre puestos y vecinos que barrían las aceras, de tanto en tanto se detenían para preguntar si alguien lo había visto. Gabriel dejaba que fuera Eduardo quien hablara; su propio tono era demasiado seco para obtener respuestas amables. La mayoría negaban con la cabeza. “No lo hemos visto”, “ayer no anduvo por aquí”, “hoy no ha pasado nadie así”.




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