Apenas dejaron los caballos en el establo y cruzaron el umbral, Gabriel giró bruscamente hacia Marcos. Su mirada lo decía todo, incluso la forma en que respiraba.
—Al despacho. Ya —ordenó.
Marcos asintió apenas y subió las escaleras, sabiendo exactamente lo que le esperaba. En su cabeza ya escuchaba el discurso que se le venía: la imprudencia, la irresponsabilidad, el no pensar en nadie más que en sí mismo. Lo había escuchado antes. Y, para ser sincero, sabía que esta vez se lo ganaba.
Apenas avanzó tres pasos dentro y Gabriel cerró la puerta de un portazo.
—¡Eres un imbécil! ¡Una nota, al menos! ¡Una maldita nota!
Marcos se volteó a mirarlo.
—Lo sé, lo sé. Debí dejarla.
—¡¿Sabes cuántas cosas pensé?! —dio un paso—. ¡¿Cuántas posibilidades?! Un caballo caído, un asalto, un accidente, un cuerpo tirado en algún camino.
—Y sin embargo, aquí estoy —soltó una media sonrisa sobradora—. Sano, salvo y bastante bien desayunado, debo decir.
Gabriel apretó los dientes ante su actitud.
—Te has vuelto un vulgar. ¿Todo esto para qué? ¿Para revolcarte en el fango con carne de burdel?
Marcos dejó de sonreír.
—Mira qué delicado el caballero… Qué te importa a ti dónde meta la entrepierna.
—Lo que me importa es tu patética falta de control. Te dejé en claro varias veces que hay una apariencia que mantener. Desapareciste todo un día. Pareces un animal en celo, no un hombre.
—¡Entonces encárgate tú de dar el ejemplo! Ocúpate de tu mujer y déjame a mí en paz.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Mi qué?
—¡Tu mujer! Evelin. O es que de lo tan enamorado que estás no te queda tiempo para planear tus formalismos.
Él apenas pestañeó.
—No sé qué quieres decir.
Marcos bufó con burla.
—No soy ciego, Gabriel. Te he visto. La miras con ojos de crío embobado ¿Crees que no me doy cuenta?
—Yo no estoy…
—Oh, por favor —lo interrumpió—. Me hice el tonto pero es evidente. Y te lo diré aún más claro: si hubieras sido sincero desde el principio, no habría habido una maldita manera de que te enamoraras de ella.
Gabriel sostuvo su mirada. Por un momento pareció que iba a negarlo; pero, en lugar de eso, inhaló despacio antes de declararlo.
—Sí. Me enamoré.
Tras escucharlo, Marcos soltó una risa cortante. Se dio la vuelta y se sentó en la silla frente al escritorio, dándole la espalda con toda la intención del mundo.
—Y la dejarías cuando todo esto terminara —dijo con sorna—. Todo un hombre de palabra, ¿eh?
—Ella no se irá —Gabriel no se movió de su sitio.
—Pero tú dijiste que…
—Sé lo que dije. Aún así, las cosas han cambiado.
—No puedes hacer eso a mitad del camino. Mírate... criticando mi falta de control cuando tú estás perdiendo la cabeza por una falda.
Fue recién entonces que Gabriel avanzó. Se acomodó en el borde del escritorio frente a él, obligándolo a levantar la mirada.
—Esto es lo que quiero. Y no tienes opinión válida para mi al respecto —al notar que Marcos solo lo miraba confundido, continuó—: Estoy intentando tener algo bueno. Tú mismo me lo dijiste: no todos los amores terminan mal.
—Y lo sigo creyendo, pero… —intentó no sonar decepcionado—. En verdad, ¿ella?
Gabriel sonrió apenas por su tono.
—Realmente me agrada.
—Mmm —apretó la mandíbula y asintió lentamente, mirando hacia otro lado—. Supongo que debe sentirse afortunada.
Para sorpresa de Gabriel, Marcos se había tomado bastante bien la noticia. Ahora si podía retomar a la conversación original:
—¿Por qué te fuiste? —preguntó tras un silencio de unos segundos.
Marcos volvió a mirarlo.
—Necesitaba hablar con alguien. Salir de esta casa antes de estallar. Nada más.
Gabriel lo observó detenidamente: el desorden en su cabello, la ligera hinchazón bajo sus ojos y la postura cansada.
—Puedes hablar conmigo. No hace falta que le pagues a alguien por un momento de atención.
Él frunció el ceño.
—Preferiría evitar que me juzgues por desahogarme con una prostituta.
—Preferiría saber que estás bien.
Incapaz de leerlo del todo, Marcos quedó mudo. Gabriel se irguió entonces para ponerse de pie.
—Ve a bañarte.
—¿Qué?
—Hueles a alcohol, sexo y drama. Te necesito despierto; hay mucho trabajo pendiente.
—Vaya. Tu preocupación me conmueve.
Gabriel alzó apenas una ceja.
—Estoy eligiendo no desquitarme contigo por tu insensatez. Considéralo un acto de misericordia.
Marcos resopló apenas.
—Sí, señor.
Al dirigirse hacia la puerta, antes de salir, Gabriel añadió:
—No vuelvas a irte sin avisar.
—No volveré a hacerlo.
….
Marcos se deslizó en el agua con un suspiro quebrado. Apoyó la nuca contra el borde de la tina y cerró los ojos.
“Tú mismo me lo dijiste: no todos los amores terminan mal”.
Debería haber sido un consuelo. Lo era, en parte. Pero también se sentía como una puñalada.
Abrió los ojos y miró el retrato entre sus dedos. La imagen ya estaba gastada de tanto manosearla, pero seguía intacto lo que le transmitía: compañía. La devolvió a su libro y entonces se hundió más en el agua, hasta que el pecho le quedó cubierto.
—Gabriel es de Evelin… —No había odio en su voz, solo resignación.
“Jamás debí pensar otra cosa”.
Se permitió soñar al dejar que pequeñas atenciones le hicieran creer que tal vez… tal vez… lo veía con otros ojos.
“Qué tonto”.
Ahora que sabía que Gabriel estaba enamorado de Evelin, ya no había espacio para engañarse. Ni siquiera lo tuvo y, aun así, lo perdió. Aunque el cariño de Gabriel era sincero, aunque lo protegía, lo cuidaba y lo consideraba alguien importante, nunca sería él quien terminaría a su lado en la cama.
Se cubrió el rostro con ambas manos sin poder contener el llanto, y las lágrimas se mezclaron con el agua que mojaba su cuerpo. Sabía que ya era hora enterrarlo, de sacarlo de su pecho, de dejar que Gabriel fuera feliz con quien decidiera.