En cuanto Marcos cruzó el umbral, Héctor, que estaba sentado en uno de los sillones, se puso de pie. Por un instante, ninguno habló. Solo se miraron. Fue entonces que al General se le cruzó un pensamiento: “Dios, es el hombre más hermoso que he visto.”
Marcos se estiró el chaleco.
—¿Te has acomodado bien?
—No sé qué tiene tu mirada —dijo Duval sin rodeos—, pero cada vez que me sostiene, me conquista un poco más.
Soltando una sonrisa, Marcos bajó la vista. Aquello lo tomó desprevenido.
—Y yo que creí que venías a saludar, no a atacar.
—Lo mío no es un ataque —alzó apenas una ceja—. Es una declaración de guerra abierta.
Marcos sonrió y se acomodó en uno de los sillones, señalando con la mano el de enfrente.
—Siéntate, antes de que entre alguien y nos vea de pie mirándonos como dos gallos de pelea.
—Yo no pelearía —contestó Héctor mientras tomaba lugar—. Hay mejores cosas que hacer contigo.
Él carraspeó, conteniendo la carcajada que le subía.
—¿Siempre hablas así?
—Solo cuando quiero algo.
—¿Y qué es lo que quieres?
—Tú.
Ambos se quedaron en silencio, contemplándose a los ojos. Entonces Marcos cambió de tema con elegancia:
—¿Cómo estuvo el viaje? Hasta aquí no es precisamente un paseo corto.
—Si, fue largo. Pero no voy a negarte que lo hice esperando verte otra vez. Eso lo volvió soportable.
—Pues aquí estoy. Vivo y entero.
—Y más guapo —agregó Héctor—. ¿Qué has estado haciendo?
—Trabajando. Justo veníamos de la bodega. Si vas a quedarte, podría llevarte. No sé si te interesa ver barricas y vino viejo.
—Si estás tú ahí, me interesa hasta el polvo del suelo.
Marcos soltó una risa más abierta.
—Te vas a cansar de mí si sigues así.
—Lo dudo.
Inclinándose un poco hacia adelante, Marcos recuperó cierta seriedad.
—¿Cuánto tiempo piensas estar aquí?
—Dos días, apenas. Tengo que volver a París por otros asuntos —lo miró fijamente y añadió—: Tal vez podrías venir conmigo.
—¡¿A París?!
—¿Por qué no?
—Bueno… porque soy hombre de responsabilidades.
—Y yo. Pero hay momentos en los que uno debe decidir si quiere cumplir esas obligaciones o vivir.
Marcos se quedó pensando que, por primera vez, alguien lo invitaba a algo sin prometerle nada más que su compañía.
—Lo pensaré —dijo finalmente.
—Eso es más de lo que esperaba.
De pronto, Gabriel apareció con Evelin del brazo. Sus ojos se posaron en ellos y algo en su expresión se endureció aún más.
—El almuerzo está por ser servido. Deberíamos ir al comedor.
Ambos se pusieron de pie y los cuatro cruzaron hacia la estancia. Gabriel iba adelante con Evelin, que le hablaba en voz baja de algo trivial mientras él asentía sin mucho entusiasmo. Detrás, Héctor le dijo algo a Marcos en un tono bajo que lo hizo soltar una risa.
Ante una mesa ya dispuesta, Gabriel cedió el asiento a Evelin a su derecha, mientras Marcos y Héctor se acomodaron a cierta distancia, frente a frente. El almuerzo comenzó y, pronto, la mesa se dividió en dos conversaciones.
—El problema con la política actual —comentaba Marcos mientras cortaba el pan— es que todos juegan a la diplomacia, pero nadie se atreve a actuar hasta que es demasiado tarde.
Héctor lo escuchaba con interés.
—Así es como las guerras empiezan. Cuando los cobardes en las mesas demoran las decisiones.
—¿Y tú decides rápido?
—Siempre que puedo. Si algo es valioso, se toma. Si es peligroso, se controla. Y si es incierto, se observa con paciencia antes de atacar.
—Suena más a filosofía que a estrategia.
—Son la misma cosa. El intelecto afina la espada.
Terminaron hablando sobre historias de guerra y análisis de gobiernos europeos. Marcos lo escuchaba con los codos apoyados en la madera, atento, sorprendido por su intelecto; Héctor, a su vez, se admiraba de lo rápido que el otro concluía ideas complejas, como si no necesitara más que una frase para armar un mapa mental entero.
En eso, del otro lado, Evelin remarcaba:
—Y en el capítulo del libro decía que el problema de muchos comerciantes es que piensan solo en vender rápido, pero no entienden que fidelizar a un cliente es más rentable a largo plazo.
—Una lealtad bien construida vale más que diez ventas rápidas.
—¡Exacto! Y pensaba que podríamos…
Pero él no la escuchó del todo. Sus ojos se desviaron, discretos, hacia el otro lado. Marcos reía; no exageradamente, pero sí lo suficiente como para que se notara que estaba a gusto. Y Héctor lo observaba con una mirada que Gabriel conocía bien: la de quien reclama terreno.
El pan en su mano se desmigajó ligeramente entre sus dedos.
“¿Desde cuándo sonríe así? ¿Y por qué con él?”
Intentó volver a la charla con Evelin, que seguía entusiasmada.
—…y si lográramos establecer contacto con mercaderes ingleses, podríamos abrir otra ruta de exportación.
—Sí, podría ser posible —respondió, esforzándose por parecer atento. Sin embargo, otra vez más, su mirada se fue hacia Marcos.
Al encontrar a ambos sonriendo, un calor le subió por el pecho: celos. Ahí estaba el sentimiento, claro entre los platos de plata y el vino servido. Sentía que se burlaban en su cara; entonces, justo cuando Héctor estaba por contarle a Marcos una anécdota de campaña, Gabriel, levantando un poco la voz, habló:
—Interesante verlos tan compenetrados. ¿De qué hablan con tanta pasión? Porque pareciera que estuvieran planeando una revolución.
Marcos lo miró apenas, sorprendido por el tono. Héctor, por su parte, respondió:
—Discutíamos si cruzar un desierto sin provisiones es hazaña o temeridad.
—Una locura brillante —agregó Marcos con media sonrisa.
Gabriel dejó los cubiertos sobre la vajilla.
—Yo diría que es simplemente imprudencia adornada de gloria. Pero hay quienes confunden coraje con falta de juicio.
—¿Entonces preferiría no arriesgar cuando algo importante está en juego?