La tarde se desvanecía cuando Evelin se marchó. Apenas Gabriel perdió de vista el carruaje, subió las escaleras sin dudar ni un segundo de su rumbo. Ni siquiera consideró llamar a la puerta; solo la abrió de lleno.
Marcos estaba sentado en una silla junto a la cama, abrochándose las botas de montar.
—Un día voy a estar escondiendo un cadáver, tú vas a entrar así —lo señaló con el pie— y no me va a dar tiempo ni de disimular.
Gabriel no le sonrió.
Al terminar de ajustarse el calzado, Marcos se incorporó. Fue entonces cuando Gabriel lo miró de lleno: llevaba un pantalón oscuro, un chaleco ceñido de tono profundo, una camisa clara en tono beige y el cabello peinado hacia atrás. Por un instante, Gabriel sintió un escalofrío interno ante la idea de que aquel hombre lucía demasiado bien. Demasiado atractivo; llamativo.
—Vas muy elegante para una cena con militares —comentó al fin.
Marcos se acercó al espejo, apreciando su reflejo.
—Eso lo aprendí de ti. Uno debe mostrar siempre una buena presencia. Nunca se sabe quién está mirando.
—Parece que tú sí sabes quién —dijo Gabriel, molesto.
Él se giró entonces.
—¿Cuál es tu problema?
—No haber mencionado que te escribías con ese hombre.
—¿Y desde cuándo tengo que informarte con quién lo hago? Soy lo bastante grande para responder por mis amistades. No necesito tu autorización.
—No se trata de que pidas mi autorización. Se trata de prudencia.
—¿Prudencia de qué? —Marcos avanzó un paso—. ¿De conversar con alguien que me aprecia? ¿O de aceptar una cena a la que me han invitado?
Gabriel dio un paso al frente también.
—Duval no te aprecia como tú crees. Tiene otras intenciones contigo. Si no lo ves, eres un ciego.
Marcos lo observó un segundo.
—Lo sé —dijo con serenidad—. Pero eso no significa nada. Solo somos amigos.
Gabriel frunció el ceño.
—Si entiendes perfectamente lo que estás provocando, ¿a qué demonios juegas? Le das señales equivocadas a un idiota que no invierte su tiempo en una simple amistad.
—No estoy provocando ni jugando a nada, Gabriel. Es solo una cena —se giró para tomar su abrigo y, antes de salir, apoyó una mano firme en su hombro—. Confía en mí. No necesito que me vigiles.
Él sostuvo su mirada.
—No me gusta cómo se ve esto.
—Y a mí no me gusta tener que excusarme por cada respiración que doy —retiró la mano como quien cierra una discusión—. Volveré a la medianoche —añadió con una media sonrisa—. A menos que termine arrestado por armar disturbios entre generales.
La puerta se cerró detrás de Marcos y el silencio volvió a ocupar la habitación. Gabriel permaneció quieto en medio del cuarto, con la mirada fija en el lugar donde su socio había estado segundos antes.
“Lo sé”.
Claro que lo sabía. Sabía que Héctor lo deseaba. Y Marcos lo había dicho con tanta soltura, casi como si lo quisiera y…
Frunció el ceño. No, no podía ser; no cabía en ninguna lógica posible. Conocía a Marcos; desde la adolescencia lo había visto lanzarse tras cuanta mujer le parecía graciosa, inteligente o simplemente bonita. Lo había observado cortejarlas con esa osadía torpe pero encantadora que siempre las atrapaba. Habían ido juntos, más de una vez, a burdeles de mala muerte, riendo entre copas y eligiendo compañía. Recordaba además que, en varias de esas ocasiones, tuvo que arrastrarlo de allí antes de que algún escándalo los salpicara o que su padre los encontrara a ambos en plena perdición.
Marcos siempre había sido eso: apasionado, impetuoso, descarado con las mujeres que le atraían.
Era absurdo pensar que pudiera sentir interés por un hombre. Y, sin embargo, recordó el almuerzo. Recordó cómo Marcos miraba a Héctor; cómo sonreía, cómo se inclinaba hacia él para escucharlo y cómo incluso su humor había cambiado.
Recordó, sobre todo, que apenas pudo soportarlo.
Sus celos nacían de ver a Duval provocar en Marcos aquello que él solía despertar; de ver que otro lo hacía reír así, que lo capturaba con una historia, le despertaba el interés y ganaba su atención. Pero, más que eso, el pensamiento inevitable y terrible: ¿Y si ese tipo llegaba a tocarlo? ¿Y si lo abrazaba? ¿Y si lo bes…? Gabriel apretó los dientes; no quería imaginarlo. Porque lo insoportable no era solo la idea de que lo hiciera Héctor, sino que fuera cualquier otra persona.
Ahora se daba cuenta de que lo irritaba el solo pensar que una mujer lo tomara del brazo y se lo llevara, peor aún que un hombre posara una mano en su nuca. En su mente, la idea de que nadie tenía el derecho de acercarse así a Marcos emergía. Y allí, una puerta interna se entreabrió.
Había empezado a suceder desde hacía tiempo. Lo sabía. En sus actos pequeños; en esa necesidad de rozarlo al pasar, de tocarle el hombro, la espalda, la muñeca. De no dejar ni un día sin oír su voz, verlo o estar cerca. Estaba al tanto de que le gustaba mirarlo reír, oír sus ocurrencias y sentirlo al alcance de su mano. Eso… eso no era propio de una amistad cualquiera.
Gabriel se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos.
No podía aceptar esa idea ni concebirla. Él no era así, no sentía cosas fuera de lugar ni se confundía. Él controlaba. Y, sin embargo, el nombre de Marcos latía en su pecho como una verdad que todavía no estaba dispuesto a pronunciar.
….
Apenas salió, Marcos alzó la vista al cielo. El aire estaba cálido, pero las nubes grises que se agrupaban sobre el horizonte advertían que la calma del clima no duraría demasiado.
Se encaminó entonces hacia el cochero, que se encontraba revisando los aperos.
—¿Usaron a Taiko y a Tzar hoy? —preguntó al notar a las dos monturas sujetas al vehículo.
—No, señor. Estuvieron aquí desde la hora del almuerzo.
Marcos dejó escapar una sonrisa torcida. “Gabriel… Mentiroso arrogante”.
—Bien. Ensillaremos a otros.
Se remangó la camisa y ayudó en la tarea. El cuero áspero de los correajes, el sonido del metal de las hebillas, el resoplido cálido de los animales… todo lo relajaba. Y mientras trabajaba, sentía que cada pensamiento complicado se deshacía en movimientos simples.