Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 70

Una capa de nubes grises ocultaba el cielo. Aun así, el patio estaba animado: risas, copas alzadas y gritos saltaban a cada rato. Héctor apretó entonces la culata contra su hombro, con la misma seguridad de tantas veces en el campo de batalla. Respiró hondo y afinó la mirada hasta que el resto del mundo pareció disolverse. Al apretar el gatillo, el rifle soltó un golpe seco, una lata cayó con estrépito y todos estallaron en aplausos.

—¡Si estuviéramos en guerra, dejaría que cuides mi espalda hasta con los ojos vendados! —dijo uno de los generales, mitad en broma mitad en admiración.

Un capitán alzó la voz:
—¡Que ponga a prueba sus reflejos con oscuridad absoluta y veremos si nos protege luego!

Héctor sonrió.
—¡A ti por no confiar en mí dejaría que te disparen! El resto está a salvo.

El buen humor se pegaba al aire como el humo del tabaco. Héctor pasó el rifle al siguiente, que bromeó mientras levantaba el arma:
—¡Este va por mi esposa!, la mujer más encantadora del mundo.

—¿Seguro? Porque por la forma en que agarras el rifle, juraría que imaginas a tu suegra —le espetó otro entre risas.

El primero sonrió, apuntó y disparó. La lata tambaleó y cayó antes de que se soltaran más aplausos y vítores.

El arma siguió de mano en mano, con comentarios jocosos que iban más allá del tiro: dedicaciones fingidas, nombres de amores pasados, promesas de conquistar lugares y sueños.

Un oficial, con voz ronca, anunció:
—Yo voy a dedicar el mío a la señorita que me robó el corazón en Chaville. Si acierto, la invito a cenar. Si fallo... supongo que tendré que hacerlo con mi mujer.

Todos rieron; el hombre falló casi por poco, pero el objeto de todas formas rodó y cayó, como si la fortuna conspirara a favor. El caballero, todavía sonriendo, extendió el rifle hacia Marcos.
—Le toca, señor Baker. A ver si en sus ratos libres entre libros y cifras también ha afinado el ojo.

Marcos tomó la pieza con un gesto tranquilo; sin embargo, bajo el bullicio, varias miradas se habían quedado un segundo de más sobre Héctor, contemplando la forma en que lo observaba.

Se colocó frente a los blancos, sostuvo la respiración, levantó el arma y, por un instante, todo el lugar pareció contener el aliento. Pronto se dio cuenta de que apenas podía distinguir los contornos. Frunció el ceño e intentó alinear el disparo, pero la figura parecía bailar entre las sombras.

“¡Demonios…! ¿Cómo le atinaron todos?” “Para ellos esto es un juego de salón”.

Bajó el arma lentamente.

A su alrededor, todos se quedaron mudos por la derrota. ¿Ni siquiera iba a intentarlo? Uno estuvo a punto de abrir la boca para gritarle algo, un chascarrillo de ánimo, cuando, sin previo aviso, Marcos alzó el rifle de golpe y disparó. Un único movimiento rápido que hizo volar a la lata de la mesa.

Tras otro segundo de silencio, estalló la ovación.

—¡Así se hace! —rugió Héctor, cruzando la distancia en pocos pasos.

Lo tomó por los hombros y lo sacudió sonriendo, como si estuviera celebrando una victoria personal. Marcos se contagió por la energía del momento y los demás, sorprendidos, se acercaron a felicitarlo.

—¡Estuvo midiendo! —dijo uno entre risas—. ¡Nos estaba engañando!

—¿Dónde aprendiste a tirar así? —le preguntó Héctor.

—Del hombre que me crió. Decía que para defenderse no siempre hay tiempo para apuntar… así que me obligaba a disparar sin pensarlo demasiado.

—Sabio consejo —comentó el capitán de cabello castaño.

Marcos pasó el arma al siguiente y la ronda continuó con risas, retos improvisados y dedicatorias cada vez más absurdas. Finalmente, el aire frío empezó a colarse por los cuellos de los sacos y alguien propuso volver al interior.

Entre copas y cigarros, la conversación fue virando hacia los recuerdos: noches de trincheras con barro hasta las rodillas, cabalgatas de días sin dormir, ciudades que ya ni siquiera existían en los mapas... Marcos escuchaba e intervenía opinando y, cuando correspondía, devolvía alguna ocurrencia que alegraba al grupo justo antes de que el relato se pusiera demasiado melancólico. Héctor, por su lado, lo observaba responder a los brindis y a las bromas de hombres que le doblaban la edad, adaptándose sin esfuerzo.

Cuando el ron ya comenzaba a templar la sangre y las voces se habían vuelto más lentas, ambos, sin darse cuenta, se quedaron hablando en voz baja, casi aislados del resto.

—Si alguna vez vuelvo a España —decía Marcos, apoyado con un codo en el respaldo del sillón—, quiero ver esas montañas de las que hablan los viajeros. Me las imagino inmensas, grises y frías.

—La Sierra Nevada —asintió Héctor—. Están cubiertas de nieve incluso en verano. Algún día, si lo deseas, te llevaré. Pero tengo una condición.

—¿Cuál?

Héctor esbozó una media sonrisa.
—Que no me obligues a subirlas a pie.

Marcos soltó una carcajada, inclinándose hacia él, y Héctor se lo imaginó como si de verdad alguna vez fueran juntos.

Poco a poco fueron pasando a confesiones. Marcos hablaba de libros que lo habían marcado, de inventos que le gustaría construir algún día, de la idea absurda de abandonar su trabajo y de usar sus ahorros para viajar por el resto del mundo.

—¿Y tú? —pregunto curioso— ¿Qué es lo que todavía te falta por ver?

Héctor se quedó pensativo; luego respondió con franqueza:
—Un lugar en el mundo donde no tenga que explicar quién soy.

Marcos dejó de sonreír. No dijo nada, pero asintió despacio, entendiendo más de lo que podría expresar en voz alta.

Algunos de los presentes los observaban desde la distancia; uno murmuró algo en voz baja y otro soltó una risa. Un oficial alzó entonces la voz:
—Ustedes dos hacen una buena pareja.

Todos sonrieron y otro apoyó el comentario.
—Sí, se combinan bien. Eso se nota.

Ante las opiniones que surgieron de golpe, Marcos quedó sorprendido. Soltó una risa nerviosa mientras se llevaba una mano a la nuca, intentando disimular el rubor que le subía al rostro. Héctor, en cambio, sonrió con lentitud, volvió la cabeza hacia él y, sin decir nada, tomó su otra mano con una delicadeza que contrastaba con todo su cuerpo entrenado para la guerra.




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