Al separarse apenas unos centímetros, Héctor lo miró como si acabara de presenciar un milagro.
—No te imaginas lo que provocas —murmuró, rozando con el pulgar la mejilla de Marcos.
Él sintió que el pecho se le apretaba de emoción. Le temblaban los dedos, pero sonrió con confianza.
—Si esto te sorprende, espera a ver de lo que soy capaz.
La sonrisa se les escapó a ambos al mismo tiempo, y Héctor preguntó con un dejo de nerviosismo:
—¿Fue como lo esperabas?
—No lo sé —rio apenas—. Nunca me imaginé cómo sería, pero estoy dispuesto a volver a sentirlo.
Héctor no necesitó más. Lo envolvió en un abrazo firme, esta vez con todo el peso de su cuerpo, y lo besó de nuevo, pero de la forma en la que a él le gustaba: más varonil, más dominante. Sus manos ya no acariciaban; comenzaban a reclamar, fijándose con fuerza en las caderas de Marcos mientras este se dejaba llevar por el dulce vértigo de la entrega.
Cuando finalmente se apartaron, no rompieron la cercanía: quedaron con las frentes unidas, respirando el aire que el otro dejaba escapar.
—Será mejor que me retire antes de que pierda el control —bromeó Héctor.
Marcos soltó una carcajada.
—Y yo que pensaba dejarte avanzar un poco más.
—No me tientes.
Tras reír de nuevo, Marcos dio un paso hacia atrás y le tomó la mano.
—Vamos. Te muestro el cuarto donde podrás descansar. Así no terminas durmiendo aquí mismo en el suelo.
—Dormiría en cualquier lado si es cerca de ti.
Marcos se sonrojó, abrió la puerta de su habitación con cuidado y asomó medio cuerpo hacia el pasillo para escuchar. Solo cuando estuvo seguro de que nadie andaba cerca, miró a Héctor y asintió para salir. Ambos caminaron tomados de la mano hasta entrar a la alcoba de invitados.
—Aquí encontrarás todo lo que puedas necesitar. Si te hace falta algo más, ya sabes dónde estoy.
Héctor lo observó con una mirada dulce.
—Lo tendré en cuenta.
Marcos asintió y sonrió.
—Entonces te veo mañana. Que descanses bien.
Se dio la vuelta para salir pero, apenas puso la mano en el pomo, Héctor lo sujetó del brazo, lo giró y lo besó. Fue breve pero intenso, como un recordatorio; como un “no te vayas sin esto".
Tras soltarlo, Marcos se mordió el labio sin poder evitarlo y salió sonriendo. Héctor, por su lado, se quedó mirando la puerta durante unos instantes, esperando que se abriera de nuevo, pero no lo hizo. Así que se desvistió y se recostó con una sonrisa tonta que no recordaba haber usado desde hacía mucho tiempo. Y todo por un muchacho de risa fácil, palabras inteligentes y fuego en los ojos.
….
En la cama, Marcos se llevó los dedos a los labios. Besando a una mujer jamás se había sentido así. Con ellas era conocido, agradable y hasta divertido. Pero esto fue otra cosa: una mezcla entre seguridad y vértigo, ternura y fuego.
Sonrió, apoyando una mano en su frente.
—Estoy loco.
Y aun así, besar a Héctor le causó una electricidad que jamás sintió con nadie más.
“Es un buen hombre. Un hombre noble, fuerte, atento…”
Apenas esa seguridad tomó forma, el rostro de Gabriel se le apareció: frío, severo, peligroso y seductor sin querer serlo.
Marcos frunció el ceño, incómodo. Porque aunque Héctor lo había hecho sentir emocionado, Gabriel aún seguía dentro, en un rincón de su pecho. Ese sentimiento que llevaba callando no desaparecía solo porque otro lo hubiera hecho temblar. Seguía ahí, silencioso.
“Gabriel jamás me amará”, se recordó a sí mismo. “No como yo quisiera.” Inspiró hondo. “Pero Héctor… Héctor sí podría.”
Se giró de costado, abrazando la almohada como si así pudiera atrapar un poco del calor que aún sentía en los labios. Y sin darse cuenta, se durmió sonriendo.
….
A la mañana siguiente, el cielo se presentó encapotado. Marcos, de pie frente al espejo, solo podía pensar en una cosa: “¿Él habrá dormido bien?”
Estaba preparándose para ir a tocar la puerta de su habitación cuando unos golpes resonaron desde el otro lado de la suya. Tenía la certeza absoluta de que era Gabriel, probablemente para hacerle algún comentario ácido sobre el día anterior o buscar explicaciones de lo que hizo anoche en aquella cena.
—Adelante —dijo girándose.
Sin embargo, fue Duval quien cruzó el umbral, y Marcos parpadeó, sorprendido.
—Buenos días —dijo con una sonrisa que no pudo evitar.
Héctor cerró tras de sí.
—Buenos días a ti —respondió con voz ronca—. Pensé en venir a buscarte.
Directo, sin duda y con las ganas contenidas, Marcos se adelantó los pocos pasos que los separaban para besarlo. Héctor sonrió contra sus labios y, en lugar de contenerlo, se inclinó aún más sobre él:
—No tienes idea… de lo mucho que… deseaba volver a hacer esto —le dijo.
Luego de unos instantes, Marcos soltó una risa ahogada.
—Como sigamos así… no vamos a bajar a desayunar nunca.
—¿Podemos?
Marcos rió, empujándolo apenas por el pecho para separarse.
—Vamos, antes de que alguien suba a buscarnos.
Ambos se acomodaron la ropa, respirando hondo para recuperar la compostura, y salieron al pasillo como si absolutamente nada hubiera pasado.
….
Cuando Gabriel despertó, ya estaba listo para encontrar a Marcos e interrogarlo con sutileza sobre su velada. Sin embargo, al entrar al comedor, el desagrado le borró toda muestra de amabilidad.
—Buenos días —saludó con dureza.
—Buenos días.
—Buen día, señor Whitaker —añadió Héctor, inclinado apenas la cabeza.
Gabriel tomó asiento frente a ellos.
—Me sorprende verlo aquí tan temprano —comentó mirando a Héctor.
—Marcos tuvo la cortesía de invitarme a quedarme anoche.
Gabriel desvió la mirada hacia Marcos, con una sonrisa amarga.
—¿Ah, sí?
—Estaba lloviendo —explicó él—. No iba a dejar que se marchara en esas condiciones.
—Qué nobleza —murmuró Gabriel, seco.
Los tres se quedaron en silencio hasta que Marcos y Héctor retomaron su conversación, intentando devolverle ligereza a la mesa mientras Gabriel, sin disimularlo, los observaba.