Gabriel se quedó un largo rato frente al espejo, sin moverse, observando sus propios labios como si fueran un recuerdo vivo. Los tocó apenas con la punta de los dedos. El beso de Marcos todavía estaba ahí, como un fantasma tibio que se negaba a irse.
Respiró hondo, apartó la mirada y terminó de secarse el cabello. Luego dio una orden breve y, sin perder más tiempo se dirigió hacia él.
Ni tocó la puerta, solo la empujó como si ese gesto dijera lo que no pensaba poner en palabras. Quería verlo, medirlo, sentirlo a su alcance; necesitaba saber que tenía el control de la situación. Además, una idea insistente le había nacido en algún rincón del alma: ya no quería que fuera de nadie más.
La habitación estaba en penumbras; Marcos seguía en la cama, dándole la espalda a la luz que entraba por la ventana. Gabriel avanzó despacio y se sentó al borde del colchón. Luego levantó una mano y, con un solo dedo, tocó su mejilla. Al principio suave, después con una presión apenas mayor, obligándolo a girar la cara hacia él.
—Si no estás muerto, levantate —murmuró, empujándole la mandíbula con una calma seca—. O voy a esconder tu bastón, y ahí quiero ver cómo te arreglás sin él. Vamos.
Marcos arrugó la nariz, apartando de nuevo la cara, medio dormido aún.
—Cinco minutos… —susurró.
—Cinco minutos —repitió Gabriel, chasqueando la lengua—. Curioso. Pensé que después de cómo me mordiste anoche, por lo menos hoy ibas a estar despierto temprano.
Marcos lo miró de golpe, rojo hasta las orejas.
—¡No te mordí!
—¿Ah, no? —Gabriel bajó la mirada hacia su boca—. Entonces debo estar soñando todavía. Porque te juro que sentí tus dientes aquí.
Y mientras hablaba, rozó el labio inferior de Marcos con el pulgar. Apenas un toque, pero suficiente para desarmarlo.
Marcos tragó saliva.
—No… no fue así.
Gabriel sonrió, casi en silencio.
—¿Quieres comprobarlo de nuevo?
Marcos abrió la boca, dudando entre negar o caer. Lo único que logró fue un murmullo torpe:
—Gabriel, no empieces.
—Tarde —dijo él, y recién entonces retrocedió, incorporándose—. Te van a traer el agua caliente. Bañate y bajá. Te espero para desayunar.
….
Cuando Marcos bajó las escaleras tenía el pulso alterado. No sabía si por el agua caliente, por el sueño o por el recuerdo del pulgar de Gabriel en su labio; pero cuando cruzó el umbral del comedor, todo dentro de él se tensó.
Gabriel estaba allí, sentado como si nada. Leía el periódico, una pierna cruzada sobre la otra, una taza de café humeante a su derecha. Tranquilo. Imperturbable. Como si no hubiese invadido su cuarto ni lo hubiese dejado temblando media hora antes.
Se sentó en su lugar sin decir nada. El silencio duró un par de minutos, espeso, incómodo, insoportable. Hasta que él lo rompió.
—Esperaba que me dijeras qué va a pasar ahora —dijo, mirando su taza vacía.
Gabriel bajó lentamente el periódico. Levantó la vista hacia él con una sonrisa que mezclaba curiosidad y algo que Marcos no lograba descifrar.
—¿Ahora? ¿Qué te hace pensar que algo tiene que pasar?
Marcos apretó la mandíbula.
—No es una broma, en serio te lo digo.
La sonrisa de Gabriel se desvaneció apenas. Enderezó la espalda.
—Lo sé. Por eso te escucho.
Marcos lo miró directo.
—¿Qué sientes por mí? —soltó, sin rodeos—. Porque después de lo de anoche… Necesito saber qué quieres, qué esperás. Solo dime algo y dejá de fingir que no está pasando nada.
Los ojos de Gabriel se afinaron, como si algo dentro de él hubiera sido tocado de verdad. Dejó el periódico sobre la mesa y apoyó las manos, entrelazando los dedos.
—A veces uno no elije quién le importa más de lo debido. Tú me importas. Más de lo que debería. Y necesito que estés conmigo.
Marcos alzó la barbilla, desafiante, intentando mantener el control.
—¿Necesitás que esté contigo para qué? ¿Para seguir jugando conmigo cuando te conviene?
Gabriel estaba por responder, la lengua preparada con algo que parecía feroz y honesto a la vez. Pero la voz de una sirvienta cortó la tensión.
—Señor Gabriel, la señorita Evelin ha llegado.
Gabriel parpadeó, sorprendido de que estuviera allí tan temprano, pero no tuvo tiempo de decir nada porque Evelin entró de inmediato al comedor, radiante, cargando un pequeño cuaderno en la mano.
—¡Muy buenos días! Perdona… decidí venir antes —anunció con entusiasmo mientras se acercaba—. Quiero ultimar los detalles de la fiesta, ¡ya no falta nada!
Gabriel se levantó para saludarla. Y ella, sin dudar, lo tomó de la mejilla y lo besó largo, lento, presionando su cuerpo contra el de él. Gabriel le devolvió el beso con la misma calma educada, como quien sigue un gesto esperado.
Mientras que de la otra esquina de la mesa, Marcos sintió cómo una vibración caliente le subía desde el estómago hasta la garganta. Los celos lo invadieron como fuego: rápido, brusco, imparable. A pesar de haberlos visto besarse mil veces, ahora le resultaba insoportable. Ahora le dolía, lo quemaba. Se puso en pie de golpe, la silla rozando el piso.
Gabriel se separó de Evelin lo justo para mirarlo.
—¿A dónde vas? —preguntó, frunciendo el ceño.
Marcos ni lo miró. Avanzo y gritó desde la puerta con una molestia evidente:
—¡A trabajar!
Evelyn frunció apenas el ceño.
—Qué odioso. Ni siquiera saludó.
Gabriel tomó aire con cuidado antes de responder. La salida de Marcos le había dejado un nudo áspero en el pecho, una sensación de abandono que lo irritaba.
—Está de mal humor últimamente —dijo, disimulando el fastidio con un tono neutro—. No te lo tomes personal.
Evelyn lo observó un segundo y luego sonrió con ligereza. Ambos se dispusieron a sentarse.
—¿Ya desayunaste? —preguntó él, más por inercia que por verdadera preocupación.
—Un poco, en casa. Pero no me vendría mal un café.
Gabriel hizo una seña discreta para que una sirvienta se acercara, y mientras tanto Evelin rebuscó entre las hojas de su cuaderno. Sacó un papel doblado con cuidado y se lo tendió.