Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 108

Apenas cruzaron el umbral del despacho, Marcos habló antes de que la puerta terminara de cerrarse.

—Lo que tengas que decir… —dijo sin mirarlo todavía— que espere a que me siente, por favor. La pierna me está matando.

Caminó hasta el escritorio con pasos desiguales, dejó el fajo de cartas sobre la madera y se sentó en la silla frente al mismo, exhalando despacio, como si el simple acto de detenerse le costará.

Gabriel no rodeó el mueble. En lugar de eso, se acomodó sobre él, frente a Marcos, con las piernas apenas abiertas y los brazos apoyados a los lados, mirándolo desde arriba.

—Me evitaste todo el día —fue directo—. ¿A qué estás jugando, Marcos?

Marcos alzó la vista, cansado.
—No estoy jugando. Solo trato de evitar problemas.

—¿Problemas conmigo? —preguntó Gabriel, ladeando apenas la cabeza.

—Contigo… con esto —hizo un vago gesto entre los dos—. No quiero más confusiones.

Gabriel soltó una risa baja.
—No te confundas. Si algo existe entre nosotros, no es confusión.

—¿Ah, no? —replicó Marcos—. Porque anoche me besaste como si te quemara la sangre, y esta mañana besás a Evelin como si fuera lo único que quisieras en el mundo.

Los ojos de Gabriel brillaron con ironía.
—¿Y eso qué es? ¿Celos?

Marcos se tensó.
—No. Es lógica. —apoyó una mano en el apoyabrazos—. No tiene sentido lo que hacés.

Gabriel se incorporó un poco sobre el escritorio.
—Dime entonces qué creés que pretendo.

—Que tal vez sea tu distracción mientras decides qué hacer con tu vida.

—No. Todo esto lo voy a arreglar. Pero necesito tiempo.

—Siempre necesitás tiempo —respondió Marcos, amargo—. Y mientras tanto, ¿qué hago? ¿Espero?

Gabriel bajó la voz.
—¿Confías en mí o no?

—¿Confiar? —Marcos rio, breve—. Me pides eso mientras besas a dos personas con la misma boca.

Gabriel se enderezó del todo.
—¿Y tú con qué sueñas, Marcos? —preguntó filoso—. ¿Con un hombre gentil? ¿Con alguien que te prometa seguridad y palabras bonitas?

Él apretó la mandíbula. Se levantó con esfuerzo, tomó el bastón y dio unos pasos hacia la puerta.
—No voy a quedarme para esto.

Cuando llegó al picaporte, Gabriel se movió de golpe. En dos zancadas estuvo frente a él y apoyó el brazo contra la madera, bloqueándole la salida.

—No he terminado —dijo desafiante, dominante.

Marcos alzó la vista.
—Estoy muy cansado para compartir mi noche con una discusión.

Gabriel le sujetó el brazo con firmeza.
—Sé perfectamente lo que quiero —dijo, inclinándose—. Y sé lo que tú quieres.

—Gabriel… —murmuró él—. No hagas esto.

La voz de Gabriel se volvió áspera, deseosa.
—No te imaginas lo que me provocas cuando me mirás así. Me hacés olvidar quién soy.

—Entonces recuerdalo —replicó él, con un hilo de furia—. Y no vuelvas a hablarme de esa manera.

Los ojos de Gabriel se volvieron posesivos, tensos.
—Y tú no te alejes demasiado.

Marcos sostuvo su mirada un segundo más, sintiendo que en ese espacio mínimo, entre el brazo que bloqueaba la puerta y su propio cuerpo, Gabriel estaba intentando imponer un control sobre él.

—¿Podrías soltarme y mover tu brazo? —pidió, con una calma tensa que le costó mantener.

Gabriel no respondió. No apartó los ojos de él. Hubo un silencio cargado, casi desafiante. Luego, con lentitud deliberada, retiró el brazo y dio un paso atrás, dejándole libre la salida.

—Supongo que no bajarás a cenar —dijo finalmente, como si nada hubiera pasado.

Marcos dio un pasó.
—Qué perspicaz.

No esperó réplica. Siguió avanzando hasta su habitación y, al entrar, cerró la puerta con firmeza. Giró la llave. El sonido seco del cerrojo fue un alivio inmediato, como si necesitara ese límite físico para respirar. Sacó la carta del bolsillo interior de su abrigo. Se sentó frente a la mesita de noche, encendió la lámpara y, tras un instante, tomó la pluma. Respiró hondo y escribió.

Querido Héctor:

He leído tus palabras una y otra vez. No sabés cuánto me desconciertan.

Te envié una carta y, al no recibir respuesta tuya, creí que habías decidido dejarlo todo atrás. Pensé que quizá tus compromisos habían ocupado el lugar que alguna vez me ofreciste, y que yo había quedado fuera de tu vida sin darme cuenta.

Sin embargo, ahora siento que nada de eso era cierto.

No entiendo qué ha ocurrido. La carta que dices haber recibido… no sé cómo explicarlo. Jamás sería frío contigo, y lo sabés. Yo te escribí, Héctor. Lo último que te dije fue que iría a París. Que te extrañaba. Que no entendía por qué una semana era demasiado tiempo para que esperaras. Que tus últimas palabras realmente me habían dañado.

Eso fue lo que envié.
Y juro que no fue mi voluntad apartarme.

Han sido días difíciles. Pensé en escribirte de nuevo muchas veces, pero me repetía que, si callabas, era porque habías decidido que lo nuestro no debía continuar. Ahora ya no estoy seguro de nada.

Solo necesito que sepas que nunca te mentí. Que cada cosa que te dije fue cierta.

Espero que estés bien.

Con afecto sincero,
Marcos Baker.

….
A la mañana siguiente, Marcos se obligó a despertar antes del amanecer. La pierna le protestaba casi al compás de la respiración, pero aun así se incorporó. Necesitaba hacerlo él mismo. No delegar. No postergar.

Salió cuando la casa todavía estaba medio dormida, el aire de afuera era frío y limpio. El edificio del correo acababa de abrir; fue el primero en cruzar el umbral y entregar su carta. Lo hizo como si en ese gesto se le fuera algo vital, como si al soltarla estuviera liberando una presión que llevaba acumulándose en el pecho.

En cuanto regresó, se detuvo unos minutos en la cocina donde algunos empleados ya desayunaban.

—Si llega una carta a nombre de Héctor Duval —dijo con calma medida—, entreguenmela directamente a mí. Sin falta.




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