Clara avanzaba despacio por el sendero del jardín, sosteniendo la tetera con ambas manos para que no temblara. El vapor se escapaba en hilos finos cuando el aire fresco de la tarde lo rozaba. Detrás de ella, una de las sirvientas cargaba una bandeja con panes dulces recién horneados, aún tibios, cubiertos por un paño blanco.
Al llegar a la pequeña mesa de hierro forjado donde su madre conversaba con una visita, ella alcanzó a escuchar el final de una frase.
—…es un verdadero escándalo —decía la mujer, con la voz cargada de una indignación casi satisfecha—. Más aún tratándose de alguien de su posición económica.
La señora Blythe asintió, llevándose la taza a los labios.
—Una vergüenza. Quién sabe qué clase de actividades realizará. Deberían, como mínimo, encerrarlo por semejante ofensa.
Clara se detuvo un segundo. Frunció el ceño, dejó la tetera sobre la mesa con cuidado y tomó asiento, sin ocultar su curiosidad.
—¿De qué están hablando? —preguntó, mirando de una a la otra.
La mujer soltó una risa breve, casi cómplice.
—De una verdadera pérdida de hombre —dijo, inclinándose hacia adelante—. Tan apuesto, con ese porte tan llamativo. Una lástima, realmente.
La señora Blythe rió también, un poco sonrojada, como si el comentario la divirtiera.
—Es cierto —añadió—. Uno jamás lo hubiera imaginado.
Clara apretó los dedos sobre su falda.
—¿De quién hablan? —insistió—. ¿Qué está pasando?
La mujer ladeó la cabeza, evaluándola.
—Le comentaba a tu madre el último chisme importante que anda circulando —bajo la voz—. Dicen, y casi con seguridad, que el señor Marcos Baker… sí, el joven apuesto que vive en la residencia Whitaker… tiene una atracción indebida por los hombres. ¿Te lo imaginás?
Los ojos de Clara se abrieron de par en par. Sintió una punzada inmediata en el pecho, una mezcla de enojo y alarma. No necesitó pensarlo demasiado para saber de dónde provenía ese rumor. Evelin. Claro que había sido ella.
La señora Blythe suspiró.
—Una desgracia. Con lo bien que se lo veía. Esas cosas no traen nada bueno.
—Eso no es verdad —saltó Clara de inmediato, sin medir el tono.
Ambas mujeres la miraron, sorprendidas.
—¿Cómo estás tan segura? —preguntó su madre, arqueando una ceja.
Clara sostuvo la mirada.
—Porque lo conozco. Lo he visto un par de veces. Es amigo de Eduardo. Marcos es todo un caballero. Educado, correcto… no pueden reducirlo a un chisme malintencionado solo porque a alguien le conviene hacerlo quedar mal.
La mujer frunció los labios, escéptica.
—Querida, a veces una conoce menos de lo que cree…
—O a veces —interrumpió Clara, con firmeza— la gente prefiere creer lo peor antes que aceptar que se ha equivocado.
La señora Blyte la observó con una mezcla de desaprobación y condescendencia.
—Y si es amigo de ese tal Eduardo —dijo, dejando la taza sobre el platillo—, no creo que sea tan caballero como dices. Ya te hemos dicho tu padre y yo que dejes de permitir que el señor Pembroke continúe cortejándote. No es adecuado para ti.
Clara apretó la mandíbula.
—Eduardo es un buen hombre. Y Marcos también. No entiendo por qué insisten en juzgarlos sin siquiera conocerlos de verdad.
La mujer intervino con una sonrisa ladina.
—Al menos el señor Pembroke tiene una buena posición económica. Eso suele enmascarar bastante bien ciertas… descortesías.
—No es descortés —replicó Clara, ya sin disimular su molestia—. Solo tiene un sentido del humor que pocos saben apreciar.
Su madre negó con la cabeza.
—No quiero volver a oír ese nombre en esta casa —sentenció—. Tienes que ser más inteligente, Clara. Buscar un hombre correcto, respetable. Aprende de tu prima Evelin. Ella sí supo colocarse bien: el señor Whitaker es un caballero hecho y derecho.
—Eso dicen —añadió la otra mujer—. Me han comentado que el joven es muy serio, rígido e inteligente. Un hombre de verdad.
Clara soltó una risa breve, sin humor.
—Justamente por eso —dijo—. Ese no es el tipo de hombre que me atrae.
El silencio se instaló por unos segundos. Clara se puso de pie con cuidado, alisó su falda y habló con una cortesía tensa.
—Con su permiso. He perdido el apetito —y sin esperar respuesta, se alejó.
Con el malestar ardiéndole en el pecho se dirigió al salón, tomó sus pinturas, el lienzo que había estado trabajando durante el día anterior y cruzó la casa casi con prisa. En la entrada principal se detuvo, eligió un rincón donde la luz aún caía oblicua y se acomodó allí afuera, decidida a dejar que los colores disiparan la conversación que le había amargado el ánimo.
Pasó todo el tiempo en silencio hasta que el cielo empezó a teñirse de tonos más apagados. De inmediato, se dispuso a recoger sus cosas para entrar. Entonces escuchó el sonido inconfundible de un carruaje deteniéndose frente a la entrada. No necesitó verlo para saber de quién se trataba: bastó con reconocer el paso firme de los caballos.
Una sonrisa enorme se le dibujó en el rostro. Dejó el lienzo apoyado con descuido y avanzó hacia el carruaje a pasos rápidos, casi corriendo. La portezuela se abrió justo cuando ella llegaba, y Eduardo descendió con una sonrisa tan amplia como la suya.
—Qué recibimiento, ¿podemos repetirlo de nuevo? —bromeó él, mientras Clara se colgaba de su cuello.
Eduardo la rodeó con los brazos y apenas se apartaron un poco se inclinó para besarla; un beso breve, cómplice, que los hizo reír a los dos. Clara dio un paso atrás, lo miró de arriba abajo y alzó una ceja.
—¿Y todo ese despliegue? —dijo, señalando su atuendo—. Pareces dispuesto a conquistar medio Londres.
—Solo lo imprescindible para impresionarte —respondió él, con una sonrisa pícara—. ¿Funcionó?
—Un poco —admitió ella, divertida.
Luego frunció levemente el ceño.
—¿Qué haces aquí? Creí que nos veríamos mañana.
—También mañana —respondió Eduardo—, pero ahora vine a buscarte. Vamos a la fiesta en la casa de Whitaker.